Desde Londres | Sobre ‘Frantz’ y ‘Personal Shopper’

Dos de los autores franceses más relevantes en el panorama cinematográfico actual estrenaron sus últimos trabajos en el Festival de Londres, tras sendas competiciones (con premio) en Cannes y Venecia. Se trata de Olivier Assayas, quien tras Viaje a Sils Maria repite con Kristen Stewart en el thriller psicológico Personal Shopper y François Ozon que revisita a Lubitsch en el melodrama Frantz.


Sobre ‘Frantz’, de François Ozon.


“Ozon decide optar por un juego estético (de parvulario) que añade la sensación de que la película se mueve dentro de la más absoluta frivolidad.”

Obviamente, realizar un remake de un filme de Ernst Lubitsch es cuanto menos arriesgado –y en mi opinión, ciertamente pretencioso–. Sin embargo, esto no detuvo a François Ozon a la hora de llevar a la pantalla su versión de la película Remordimientos, estrenada en el año 1932. Como aquella, Frantz cuenta la historia de un joven francés que, atormentado por la culpa, decide visitar a los padres y prometida del soldado alemán al que mató en la guerra. Ozon busca imprimir el clasicismo propio de la obra de Lubitsch en cada plano de su película y, sin embargo, apenas logra aprehender el refinamiento propio de un filme de época. Y es que probablemente la mejor palabra para definir Frantz sea “intento”. Es un intento de remake, un intento de homenaje, un intento de aportar algo más a un género excesivamente manido y, lo que resulta más sangrante, un intento absolutamente estrepitoso de recuperar el comentario antibelicista de una película que ya lo hacía de manera brillante. En Frantz solo hay espacio para el melodrama más rastrero que, como en el caso de la anterior película de Ozon Una nueva amiga, puede llegar en ocasiones hasta el punto del bochorno.

Por si fuera poco, e intentando resultar innovador, Ozon decide optar por un juego estético (de parvulario) basado en la alternación constante entre secuencias en blanco y negro y secuencias en color, dependiendo del estado anímico de los personajes, algo que no hace sino añadir a la sensación de que la película se mueve dentro de la más absoluta frivolidad. Además, Ozon insiste en convencer al espectador de la supuesta belleza atemporal de su filme, brindándonos de cuando en cuando escenas en las que hace uso del fabuloso Nocturno No. 20 de Chopin o en las que enfatiza lo hermoso de un cuadro en concreto. Sin embargo, y pese a una necesidad acuciada por elevar su película a un nivel artístico superior –el de estas obras–, Frantz no es más que el intento de Ozon por imitar lo inimitable: un conato de reproducir la brillantez de un genio imposible de alcanzar.


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Sobre ‘Personal Shopper’, de Olivier Assayas.


“Stewart nos brinda la que probablemente sea la mejor interpretación de su carrera: contenida y sobria cuando el guión lo requiere, desgarradora y sobrecogedora cuando se le permite jugar con su rango de emociones.”

Antes del pase de Personal Shopper tuve la suerte de poder escuchar a Olivier Assayas –director de una de mis películas favoritas de 2015, Clouds of Sils Maria– dedicar unas palabras a su nuevo filme y, en especial, a la actriz sin la cual éste no habría sido posible. El idilio Assayas-Stewart, que redefinió la carrera de esta última cuando su interpretación en Sils Maria le valió el César y el NYFCC a la mejor actriz de reparto, es especialmente interesante al ser un director europeo –y no americano– quien la hizo resurgir de las cenizas. Oír a Assayas profesar la fascinación que sintió por Stewart durante el rodaje de Sils Maria y la necesidad que de repente sintió por crear una película entera a su alrededor resulta admirable, más aún al tratarse de una actriz que hasta hace poco era repudiada por la mayor parte del público. Pero Kristen ha sabido ganarse a pulso su consagración como actriz, escogiendo proyectos arriesgados y eventualmente gratificantes desde que en 2012 concluyera la saga Crepúsculo. Su segunda colaboración con Assayas es mucho más atrevida que Sils Maria, tanto a nivel narrativo como interpretativo. La misma premisa resulta bizarra a primera vista: una personal shopper de celebridades permanece en París a la espera de que su hermano mellizo muerto se ponga en contacto con ella. Por lo que sé, la película fue recibida con abucheos y malas palabras por parte de la prensa en Cannes. Sin embargo, el público le dedicó una standing ovation de unos cinco minutos y el propio Assayas se llevó el premio a Mejor Director en dicho festival. Semejante división de opiniones únicamente puede incrementar el interés general por un proyecto, y ese es precisamente el ambiente que se respiraba en la sala mientras Assayas, evidentemente nervioso, explicaba al público lo que había querido conseguir con la película. Este es un filme cuyo peso recae exclusivamente sobre los hombros de su actriz principal; sin una interpretación creíble por su parte, no creo que el resultado hubiera sido exitoso. Por fortuna, Stewart nos brinda la que probablemente sea la mejor interpretación de su carrera: contenida y sobria cuando el guión lo requiere, desgarradora y sobrecogedora cuando se le permite jugar con su rango de emociones. La cámara prácticamente sigue al personaje allá donde va durante la totalidad del metraje, por lo que es imposible no establecer una conexión íntima con Maureen y su silenciosa lucha contra lo invisible. Y es que, de forma muy inteligente, la película explora la obsesión tecnológica actual (muy en la línea de Black Mirror) a través de lo que podríamos considerar una historia de fantasmas puramente clásica. Así, el fantasma ya no es corpóreo ni hace sus apariciones en la oscuridad de la noche, sino que está siempre presente al otro lado de la pantalla del teléfono de Maureen o bien en la mente de la protagonista. Esta forma de presentar el terror como una constante en nuestro día a día no es especialmente nueva, pero sí la manera en la que Assayas la ejecuta, dedicando enteramente el segundo acto de la película a una conversación virtual entre el fantasma y el personaje de Stewart. De tal forma la tensión se construye poco a poco, lentamente entre viajes de tren y armarios de celebrities, alentando la imaginación del espectador (que nunca ve al verdadero “espíritu”) mientras la protagonista continúa realizando sus actividades cotidianas. El resultado se presenta más efectivo que el de una película de terror al uso puesto que el espectador no está seguro de hasta qué punto aquello que atormenta a Maureen es algo más que una idea, un pensamiento obsesivo. Y es eso lo verdaderamente terrorífico de Personal Shopper: su innegable capacidad para difuminar los límites entre la realidad y los fantasmas que habitan nuestra cabeza. Es una película tremendamente astuta en el aspecto más puramente psicológico, algo aplicable a la técnica cinematográfica que, en un momento en concreto en el que Maureen recibe una cantidad considerable de mensajes por parte del espíritu, brilla por conseguir hacer crecer en el espectador un sentimiento de angustia tal que resulta casi equiparable a la forma en la que Hitchcock construía la tensión en sus películas.

Personal Shopper es quizás la película más infravalorada del pasado festival de Cannes. Recomiendo encarecidamente su visionado porque estoy seguro de que el verdadero cinéfilo no la dejará pasar desapercibida.


un artículo de Miguel Alcalde desde el London Film Festival.

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