Desde Londres | Sobre ‘La ciudad de las estrellas (La La Land)’

Desde el estreno de The Artist, allá por 2011, ¿cuántas películas han tenido que cargar con la etiqueta de “homenajes a la edad de oro de Hollywood”? Está claro que la nostalgia es un factor clave en el cine contemporáneo pero solo en el último año tanto Ave César como Café Society han venido acompañadas de esta expresión. No me entendáis mal: obviamente ambos filmes evidencian un amor profundo hacia un tipo de cine actualmente inexistente y funcionan perfectamente como muestras de admiración hacia los orígenes del medio. Pero muchas veces esta categorización impide ver lo que hay más allá del “homenaje”, lo que define si verdaderamente la película puede funcionar por sí sola cuando el factor nostálgico pierde fuerza. Ese era quizás mi mayor temor antes de ver La ciudad de las estrellas, título español para La La Land, el nuevo filme dirigido por Damien Chazelle –que ya en Whiplash demostró su descomunal talento– y cuyo pase levantó la mayor expectación de todos a los que asistí en el festival. La cola doblaba varias esquinas y el ambiente de excitación que se respiraba en la sala era casi contagioso. Y entonces el telón se abrió (qué maravilla que todavía haya cines con telón) y el primer número musical, un plano secuencia en un atasco a las afueras de Los Angeles, dio pie a una incontenible ovación por parte del público. El despliegue de movimiento, ritmo y alegría presentes en la escena evidenciaban que estábamos a punto de presenciar algo único, algo que se diferenciaba expresamente de cualquier musical cinematográfico en la memoria colectiva reciente. Y es que esa primera escena, y más tarde la totalidad de la película, muestran una intención por ir más allá del mero “homenaje” y rescatar algo perdido en el cine – ya no solo musical– actual: la magia. La incorporación de la sensación de maravilla que antaño acompañaba al celuloide, apoyada casi exclusivamente en el hecho de que éste pudiese capturar el movimiento y la canción, es una constante en la película de Chazelle. De esta forma, el director se propone recuperar la esencia de aquello que como espectadores nos hizo enamorarnos profundamente de los misterios de la imagen en movimiento, intención que el espectador recibe con natural entusiasmo.


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Una vez concluida esa primera escena conocemos a los personajes de Emma Stone y Ryan Gosling; ella una aspirante a actriz que se gana la vida como “barista” en una cafetería próxima a los estudios de Hollywood. Él, un pianista de jazz frustrado que interpreta versiones de villancicos en un restaurante. Ambos sueñan con la posibilidad de una vida mejor, y es en este contexto que sus caminos se cruzan. Después de la usual reticencia inicial a demostrar su atracción –tan reminiscente de películas como Sucedió una noche– la pareja protagoniza una secuencia absolutamente magistral en plena madrugada sobre las Hollywood Hills, donde el primer intento de flirteo se convierte en una auténtica explosión musical espléndidamente coreografiada (con guiño a Rogers & Astaire incluido) que además sirve como punto de inflexión para que la película empiece a tomar forma y fluya en la dirección adecuada. A partir de esta manifestación de esperanza, evidente en ese boom de expresión corporal y armonía vocal, ambos personajes encaminan sus vidas en una dirección muy clara: cumplir sus sueños. Y es en este momento que la película se descubre completamente como lo que es, una oda a los soñadores del mundo, a los ilusos enamorados de la vida y del propio amor a los que de forma tan hermosa hace Emma Stone referencia en la escena que muy posiblemente le otorgue su primer Oscar. En este sentido, el cinéfilo se siente llamado, abrazado, comprendido, pero es casi seguro que cualquier persona con cierta debilidad por el mundo de la creatividad caerá rendida ante la forma en que La La Land aborda las sensibilidades del artista. Una vez mostrado su propósito, la película avanza siempre de forma ascendente hacia un clímax que se acerca a la definición de gloria cinematográfica, en el que Chazelle juega como un auténtico maestro del medio (¡esta es su tercera película!) con un sinfín de referencias a los orígenes del género. Piensen en películas como Cantando bajo la lluvia, Ha nacido una estrella y Un americano en París, su sentido del ritmo, su fuerza visual, la facilidad con la que se permiten sacar una sonrisa en el espectador gracias a su verdadera ingenuidad, un flagrante positivismo y la explosiva sensación de felicidad en que resulta la unión entre danza y música. Ahora trate de imaginarse todo esto combinado con los avances técnicos que ha experimentado el medio en nuestro siglo y, por si fuera poco, bajo la dirección del director de Whiplash que, como trompetista profesional, es conocedor absoluto de las artes musicales y su influencia en el cine. Si consigue imaginarse una unión semejante, ya ha visto La La Land en su cabeza. Si, por el contrario, se siente abrumado ante la posibilidad de que una sola película pueda reunir tantos elementos maravillosos, acérquese al cine más cercano el próximo 13 de Enero. Y es que, por mucho que me empeñe en intentar describir y/o explicar lo sencillamente sublime que es esta película, no creo que sea capaz de conseguirlo. La La Land es una experiencia y, como tal, el espectador debe vivirla. Es la película capaz de devolver al mundo el color que hoy en día tanto parece costarnos ver; la recompensa para los ilusos que sueñan.


una crítica de Miguel Alcalde desde el BFI London Film Festival 2016

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