Cupcakes para desconectar | ‘No culpes al karma…’

Vivimos un momento en el que hasta las comedias se empeñan en ponerse tristes o, al menos, en observar el presente con una resignación que se sitúa entre lo melancólico y lo nostálgico, tomando cierta distancia cínica con respecto a sus propios gags, a sus propias risas. Comedias de risa congelada y mente procesando a toda velocidad entre las que, por supuesto, hay excepciones. Y como en todo, a veces se agradecen.

Tras el éxito veraniego Ahora o nunca, la realizadora María Ripoll sigue indagando en la comedia de masas con la adaptación del best seller No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas de Laura Norton, una película de fórmula tan conocida como eficaz que redunda en la prototípica y recurrente idea de la perdedora con final de cuento de hadas. Lo hace, al contrario de lo que se podría pensar y para fortuna del espectador, con gracia y cierto ingenio estético que llevan a la propuesta a transitar entre los recursos de la rom-com indie norteamericana y la dirección más funcional, despuntando así entre otros ejemplos recientes de manufactura cómica como las exitosísimas ‘Ocho apellidos vascos’ y su correspondiente secuela.

No culpes al karma es una comedia romántica de manual pero tremendamente eficaz que conquistará a fans de la novela y adeptos del género con sus personajes encantadores y sus momentos musicales.

Tampoco nos engañemos: las ambiciones de No culpes al karma… no van más allá de cumplir como refrescante producto de entretenimiento de naturaleza crowdpleaser – eso que tan complejo es conseguir y que a veces equivocadamente tendemos a observar con un punto de condescendencia – pero sí es destacable cómo Ripoll se esfuerza en dotar a la producción de empaque e identidad artística, mediante el aprovechamiento de fórmulas visuales conocidas y afines a la generación millenial, desde el lenguaje publicitario hasta el de los videoclips. Entre estas propuestas resulta inevitable mencionar la banda sonora tanto en su vertiente jukebox como en lo que respecta a las composiciones originales de Simon Smith, que se adaptan como un guante a cada secuencia y nos regalan una de las sorpresas de la película: un par de momentos musicales, clímax en clave de flashmob por Malasaña incluido, que son una pequeña delicia romántica, puro “happy place”. Gracias a todo esto, y a un guión honesto con sus propias pretensiones que si bien se permite algún alivio tímidamente mordaz cumple minuto a minuto con lo esperado de una comedia blanda de humor blanco como la que nos ocupa, el filme mantiene un tono agradable y simpático y controla su ritmo prácticamente sin altibajos, generando más sonrisa que carcajada pero con algunos picos genuinamente hilarantes (atención especial a ese momento de cibersexo frustrado entre los personajes de Echegui y Verdaguer, que tras 10.000km se está convirtiendo en un maestro de este tipo de escenas).

El otro punto fuerte del filme es un entregado reparto desbordante de carisma que demuestra sobrado manejo en el terreno cómico. Verónica Echegui da vida a Sara, una especie de “Betty la fea” que construye con ternura y desparpajo, y la revelación Alba Galocha (recientemente vista en el thriller de Alberto Rodríguez El hombre de las mil caras) sorprende mostrando también seguridad interpretativa a la hora de generar ese encanto rebelde que requiere su personaje. En el lado masculino, tanto Álex García como David Verdaguer destacan de igual forma y continúan asentando una carrera prometedora que los confirma como actores versátiles a tener muy en cuenta en el futuro de nuestro cine. Tanto Jordi Sánchez, como Elvira Mínguez y Cecilia Freire cumplen también en sendos papeles de reparto.

Como si Bridget Jones se enganchase a los filtros de Instagram, No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas es un ejercicio de pura evasión con apariencia colorista y azucarada, alguna idea creativa agradecida, un reparto de gente guapa y con no poco talento y un corazón tan irresistible y cuqui como una cupcake. Y, oye, qué bien sienta de vez en cuando.


una crítica de JESÚS CHOYA

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