Desde Londres | Sobre ‘Moonlight’ y ‘El nacimiento de una nación’

Desde el Festival de cine de Londres nuestro redactor Miguel Alcalde os habla de otras dos películas con sabor a Oscar que buscan superar el #OscarsSoWhite: por un lado la gran triunfadora del último Festival de Sundance, El nacimiento de una nación, y por otro la gran revelación de las últimas semanas, Moonlight.


Sobre ‘Moonlight’, de Barry Jenkins.


“El filme de Barry Jenkins, en todo su esplendor cinematográfico, es un hermoso canto de rabia

A medida que el cine contemporáneo ha sabido adaptar al medio asuntos de creciente importancia social, la problemática de la identidad es un tema que, progresivamente, ha ido obteniendo la atención que se merece. Son muchas las películas que, en un paisaje cinematográfico todavía conservador, incluyen exploraciones identitarias con objeto de resultar progresistas. Sin embargo, también es habitual que éstas no lleguen a buen puerto y que, en el mejor de los casos, se queden en un intento de probar su relevancia ante las minorías, que exigen con cada vez más ímpetu una representación justa ¿Qué falla entonces? ¿Por qué no avanza la industria a la velocidad que debería? Es más que posible que factores como la edad, sexo e ideología de la mayoría de ejecutivos de los grandes estudios en Hollywood nos dieran la respuesta a estas preguntas. Pero ese no es el objeto de esta crítica. Por lo pronto, quedémonos con el hecho de que la cultura mainstream ha fallado estrepitosamente en dicha representación. Hasta ahora.

Moonlight de Barry Jenkins, es la película que pone fin a una representación sexual y racial condicionada por prejuicios conservadores. Es la película que, en un mundo post Oscars-so-white dice “basta” a los estereotipos y se atreve a explorar vehementemente la infancia, adolescencia y madurez de un hombre homosexual negro criado en los suburbios de Miami de una forma totalmente accesible para el público de masas. De hecho, son muchos los críticos que han comparado su formato con Boyhood, principalmente porque ambos filmes utilizan determinados momentos de una vida (convenientemente separados por elipsis) para mostrar el crecimiento físico y emocional del protagonista. Pero Moonlight es extremadamente distinta al filme de Linklater: si la segunda apostaba por una visión realista y sobria de la cotidianidad, Barry Jenkins sorprende con una película de un lirismo y poesía descomunales. El propio director reconoció en el Q&A posterior al pase haberse preocupado ante la posibilidad de que la belleza visual de su película, reforzada por decisiones estéticas muy potentes, se impusiera sobre el verdadero mensaje. Nada más lejos de la realidad: Moonlight, en todo su esplendor cinematográfico, es un hermoso canto de rabia puesto en boca del personaje de Chiron quien, a lo largo de los tres capítulos de su vida a los que se nos permite acceder, comienza y termina el proceso de búsqueda de su propia identidad. De una forma sencilla pero hábil, el director denomina los dos primeros capítulos de acuerdo a los motes de Chiron para finalmente presentarnos su nombre: quien verdaderamente es en contraposición a aquello en lo que la vida le ha convertido. Así el acto final, basado casi enteramente en una conversación en la que no importan tanto las palabras como las miradas, se convierte en la culminación del silencioso llanto de un hombre que se ha pasado media vida intentando entender quién es. “Who is you, man?” le pregunta su amigo en un momento determinado. Chiron calla entonces, como lo hace durante la mayor parte del filme (la interpretación de los tres actores principales es un monumento al silencio y al predominio del trabajo expresivo por encima del vocal), pero cuando por fin habla el impacto es enorme.

Jenkins ha sabido imprimir en su obra todo aquello que nos hace humanos, utilizando la individualidad de un personaje “atípico” para llegar posteriormente a lo universal. Ese es el gran triunfo de Moonlight, lo que la hace una película absolutamente imprescindible. Es imposible no verte reflejado en Chiron y en su lucha interna por controlar sus emociones, ya seas blanco, negro, mujer, hombre, homosexual o heterosexual: porque ante todo, Moonlight es una película que apela al ser humano y, que yo sepa, eso lo somos todos.


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Sobre ‘El nacimiento de una nación’, de Nate Parker.


“La película acaba convirtiéndose en un canto al odio racial, a la necesidad de la imposición de un color sobre el otro por la que el exterminio de uno de ellos se presenta como única solución al problema.”

Mucho se ha hablado de la ópera prima de Nate Parker en los últimos meses, en ocasiones por razones que poco tenían que ver con la película en sí, pero tal despliegue mediático evidenció un hecho incontestable: El nacimiento de una nación se convertía entonces en un must-see para todos aquellos que “vivimos” la temporada de premios. Además, desde los primeros pases en Sundance (en los que las ovaciones tuvieron lugar antes y después del estreno), el filme de Parker había venido acompañado del adjetivo transgresor: es la primera vez que en una película se cuenta la historia de la rebelión liderada por Nat Turner contra el esclavismo en 1831. Es la primera vez que al público se le permite acceder a un episodio silenciado de la historia norteamericana y, lo cierto es que, en cuanto a oportunismo se refiere, El nacimiento de una nación no podría haber llegado en un mejor momento. En medio de la conversación actual acerca de la necesidad de una mayor diversidad en la industria, los infames “Oscars so White”, el movimiento denominado “Black Lives Matter” –aparecido en redes a raíz de la creciente violencia policial racista–, la película de Parker parecía presentarse como un soplo de aire fresco, una especie de himno a la valentía negra en un mundo que, desgraciadamente, sigue caracterizándose por un conservadurismo aplastante. La premisa es clara y muy necesaria. Sin embargo, El nacimiento de una nación es posiblemente una de las peores películas que he visto este año.

El filme se atiene a lo básico: una estructura lineal en la que determinados actos violentos perpetrados por los blancos hacia los esclavos acaban desencadenando la furia en Turner que, machete en mano, decide acabar con todos los que pueda. El principal problema de este desarrollo es que Parker, ensimismado como está en realizar y contar la historia desde un punto de vista extremadamente personal, acaba imprimiendo en su película un sentido del narcisismo y la egolatría que poco tiene que ver con esa supuesta película definitiva realizada en nombre del sufrimiento de su pueblo. En cambio, el entendimiento ya no solo de Nat Turner, sino del propio Nate Parker como una figura salvadora, una especie de trasunto de Jesucristo venido para salvar a los negros de los blancos, acaba por relegar la película a un terreno irrisorio que descalifica totalmente la masacre que tiene lugar en el acto final.

Además, amparándose en la filosofía del “ojo por ojo”, la película acaba convirtiéndose en un canto al odio racial, a la necesidad de la imposición de un color sobre el otro por la que el exterminio de uno de ellos se presenta como única solución al problema. El discurso de Parker es claro: no hay posibilidad de entendimiento entre ambos y nunca la habrá; la igualdad racial es un mito. En la época que vivimos, este argumento, ya venga de una de las partes como de la otra, me parece cuanto menos peligroso.

Alejándonos del punto de vista ético y centrándonos en su aspecto más técnico, la película también falla a múltiples niveles. No existe pulso ni ritmo en la dirección, y, en más de una ocasión, Parker evidencia su intención de “homenajear” (por no usar un término más agresivo) el magistral trabajo de Steve McQueen en 12 años de esclavitud. Pero ni Parker posee el talento de McQueen ni su película contaba con el presupuesto de la anterior: el resultado es un trabajo cinematográfico que, más allá de su mezquindad moral –si es que alguien es capaz de obviar esto– podría haber pasado por el trabajo de fin de curso de algún cineasta primerizo. He observado que son muchos los críticos que definen el filme como un producto diseñado para arrasar en la próxima edición de los Oscar (cosa que, después del escándalo protagonizado por Parker meses atrás, parece bastante improbable). Sin embargo, me resulta imposible ver en este producto algo que, ni tan siquiera remotamente, pudiera atraer a los académicos.


un artículo de Miguel Alcalde desde el London Film Festival.

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