Desde Londres | Sobre ‘La llegada’ y ‘Manchester frente al mar’

Desde el Festival de cine de Londres os hablamos de dos películas con sabor a Oscar: el nuevo trabajo del cada vez más cotizado Denis Villeneuve, que tras competir en Venecia llegará a cines españoles el próximo mes de noviembre, y el drama Manchester frente al mar que desde su estreno en Sundance viene acompañado de una oleada de entusiastas críticas.


Sobre ‘La llegada’, de Denis Villeneuve.


“La diferencia de ‘La llegada’ con respecto a otras películas del género reside en que su poderosa resonancia emocional sobresale por encima de sus pretensiones genéricas”

La llegada es una película tremendamente ambiciosa. En la industria este adjetivo suele ser indicativo de peligro, ya que es difícil que el director lleve a la práctica de manera exitosa la complejidad de ciertos temas. Y es que este es uno de los pocos filmes que, pese a basarse enteramente en una premisa sci-fi, albergan un objetivo bien distinto: cuestiones sobre la importancia de la comunicación además de un profundo comentario acerca del sentido de la vida humana en el universo. Otro director se habría centrado en los aspectos más comerciales de la película (aquellos que la productora se ha encargado de vender maravillosamente bien): la enésima invasión alienígena acontecida en distintos puntos del planeta y sus repercusiones para la vida en la Tierra. Pero como espectadores hemos visto eso tantas veces que ya ni siquiera somos capaces de contarlas. Y estamos hablando de Denis Villeneuve, el responsable de películas como Enemy o Sicario, producciones que no se quedan en lo superficial, que ahondan en el comportamiento humano, en la psique del individuo. La llegada no iba a ser excepción en ese sentido, y aquí tenemos a Amy Adams que, a través de una interpretación repleta de matices parece hacerse eco del mensaje de la película: si el filme aboga por la importancia de superar la inhabilidad comunicativa en general, Adams sorprende con una capacidad asombrosa para comunicar al espectador el sufrimiento emocional de su personaje sin necesidad de abrir la boca. Se trata de un personaje complicado, cuyo mundo interior supera a aquello a lo que se enfrenta, y el director decide desde un primer momento que el foco va a caer de forma absoluta sobre ella. Así, desde las primeras escenas queda patente que los alienígenas son un añadido, el móvil para que el personaje de Adams crezca y evolucione a medida que la película avanza. Y ahí reside precisamente la diferencia de La llegada con respecto a otras películas del género: su poderosa resonancia emocional sobresale por encima de sus pretensiones genéricas. Pero ojo, esto no excluye una atención absolutamente minimalista hacia las convenciones del género: a fin de cuentas, La llegada es un sci-fi, y como tal, existen una serie de demandas por parte del público que Villeneuve debía satisfacer. Y de qué forma. Creo que es seguro afirmar que actualmente en la industria no hay un director con la capacidad para crear una atmósfera como la del canadiense. En esta ocasión, además, no es Roger Deakins quien le ayuda en dicha tarea, sino que corresponde a Bradford Young (director de fotografía de Ain’t Them Bodies Saints) la labor de contribuir a la elaboración de un ambiente angustioso –ya sea mediante la sofocante simetría de los planos en la nave como a través del juego entre lo pulcro y lo sombrío en la iluminación–. Sin embargo, y a pesar de la belleza y abrumadora perfección de la composición cinematográfica, existe otro factor que entra en juego a la hora de construir ese particular vibe tan característico de Villeneuve (quizás hasta ahora el mejor desde Enemy), y este es la magnánima banda sonora de Johan Johannson. Presente únicamente cuando se hace necesaria, el espectador no puede evitar dirigir toda su atención a ella cuando hace su aparición (en especial en el momento en que vemos por primera vez la nave). El conjunto te arrastra como un imán, juega contigo como al director le place y no te suelta hasta el bellísimo acto final, donde Villeneuve pone todas las cartas sobre la mesa y, sorprendentemente, les da la vuelta. Es muy probable que tu corazón también lo haga.


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Sobre ‘Manchester frente al mar’, de Kenneth Lonergan.


“Un impresionante tour de force de Casey Affleck (…) un drama bastante convencional”

No soy muy partidario del hype que se construye alrededor de determinadas películas a lo largo de la temporada de premios ya que, en muchas ocasiones, resulta perjudicial para el espectador. En el caso de Manchester frente al mar fueron cientos las voces que se alzaron después de los primeros pases en Sundance y Toronto para proclamar que el nuevo drama de Kenneth Lonergan era tan genuinamente rompedor y conmovedor que su presencia en los Oscar se daba por descontada. La reacción en el pase de prensa del LFF fue curiosamente distinta: fría, de hecho. No hubo una sensación de consenso entre el público, la interacción de los espectadores con lo que veían en la pantalla fue mínima (a excepción de contadas escenas protagonizadas por Lucas Hedges) y apenas hubo aplausos al final. De camino a la salida escuché la decepción de boca de un espectador, que no entendía el porqué de una reacción tan excesiva ante lo que, a su parecer era simplemente un buen drama. Posteriormente, ciertos comentarios en redes sociales dieron a entender que el montaje había cambiado considerablemente con respecto a la primera versión que se vio en Sundance, pero esto no está del todo claro. Personalmente me posicionaré cerca de la opinión de aquel desconcertado espectador: Manchester frente al mar es un buen filme que se beneficia de un impresionante tour de force por parte de Casey Affleck y que sin embargo no aporta nada especialmente nuevo al género dramático. La película es un interesante estudio acerca de las consecuencias de la pérdida en un personaje, llevado a la pantalla con sobriedad pero de manera efectiva. Quizás ese sea uno de los aciertos más claros del filme: su capacidad para alternar entre la comedia negra y el más puro melodrama casi sin pestañear, obteniendo el balance perfecto entre ambas. Si Casey Affleck brilla por una contenidísima y en ocasiones impenetrable interpretación, Lucas Hedges vierte las dosis exactas de fanfarronería y levedad para hacer clarear una historia que, de otra forma, habría resultado demasiado negra. Este triunfo no recae únicamente sobre los actores: los diálogos son afilados e inteligentes, e impiden inmediatamente que la película caiga en el peligroso terreno del telefilme (cosa que cada vez tiende a verse más en este tipo de películas). Duele, sin embargo, que el tiempo en pantalla de Michelle Williams sea tan limitado, y que la escena que probablemente le garantice la nominación al Oscar parezca forzada, como si se le hubiera reservado únicamente para ello. Afortunadamente el resto de la película no tiene como objetivo arrasar en las ceremonias de premios, y eso es algo que el director deja muy claro desde un comienzo: sus pretensiones son minúsculas. Aun así, Manchester frente al mar no es más que un drama bastante convencional, bien filmado y mejor interpretado que carece de esa cualidad extraordinaria que al parecer los críticos de medio mundo están predicando.


un artículo de Miguel Alcalde desde el London Film Festival.

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