Monstruos del cine español | ‘Colossal’ y ‘Un monstruo viene a verme’

Dos de los realizadores españoles con más proyección internacional estrenaron en San Sebastián sus nuevas obras, con un curioso punto coincidente: una criatura monstruosa como premisa para hablar del ser y las relaciones humanas. Son Nacho Vigalondo y J.A. Bayona con ‘Colossal’ y ‘Un monstruo viene a verme’.


Sobre ‘Colossal’, de Nacho Vigalondo.

Tras la (a mi parecer) desastrosa Open Windows, cuando Vigalondo anunció Colossal muchos fueron los que se echaron las manos a la cabeza. Solo hacía falta echar un vistazo a la sinopsis, en la que se describía el filme como una especie de Pacific Rim con retazos de drama psicológico. Una mujer –para colmo interpretada por la universalmente odiada Anne Hathaway– descubre una misteriosa conexión entre su mente y las acciones de un temible kaiju que está aterrorizando Seúl. Buf. Pero por favor, dejemos los prejuicios y preconcepciones a un lado, ya que no son sanos. Son tantas las veces en las que uno se puede equivocar estrepitosamente con respecto al resultado final… Colossal es uno de esos casos. Y cómo me alegro de poder decir que Vigalondo me ha cerrado la boca de un “zarpazo” (pun intended).

La película demuestra ser desde el principio algo más que un divertimento pirotécnico sensacional: hay otra intención en Colossal aparte de satisfacer los impulsos más lúdicos del espectador. Hay personajes, hay complejidad emocional… hay un comentario más profundo escondido bajo las múltiples capas de la narrativa: principalmente, prevalece un comentario acerca de las relaciones tóxicas y la corrupción del alma humana a causa de la envidia. El hecho de presenciar cuestiones tan complejas y esencialmente filosóficas (exploradas pausadamente a través de conversaciones “de tasca”) en un filme de “monstruos y robots gigantes” resulta cuanto menos sorprendente.

Pero es que Colossal es también una comedia (hilarante, si se me permite añadir), que sabe sacar provecho de la vena más teatral de Anne Hathaway, aquella que no estábamos acostumbrados a ver desde Princesa por sorpresa. La actriz saca a relucir rápidamente ese patetismo encantador tan propio de su yo más joven, desprendiéndose del glamour de estrella de Hollywood que parecía acompañarla últimamente (y que tan nervioso parece poner a todo el mundo) y otorgándonos una bonita interpretación que nunca desentona ni resulta forzada.

Quizás el aspecto más interesante de Colossal es que encuentra el balance perfecto entre los diferentes tonos que presenta. Unas veces funciona perfectamente como comedia descacharrante; otras como drama sobrecogedor; otras como blockbuster de una epicidad deslumbrante. No sé hasta qué punto estará Hollywood interesado en vender al gran público un filme que es, básicamente, una de las obras magnas de un autor muy, muy especial. De momento, gracias señor Vigalondo por compartirla con nosotros.


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Sobre ‘Un monstruo viene a verme’, de J.A. Bayona.

Cuando en 2007 se estrenó El Orfanato, un éxito sin precedentes para el cine español, el por aquel entonces desconocido Juan Antonio Bayona deslumbró al público con una habilidad incomparable para introducir sentimiento y emotividad en una película de terror psicológico. Esto, unido a una destreza técnica más similar a la que nos tiene acostumbrados el cine americano –en cuanto a pulidez se refiere– abrían las puertas a una nueva forma de hacer películas en nuestro país. El Orfanato no tiene nada que envidiar a las producciones hollywoodienses del género: es más, muchos nos atreveríamos a decir que las sobrepasa. Parecía inevitable entonces que la carrera de Bayona virara hacia las altas esferas; ‘Lo Imposible’, sin embargo, supo mantener un cariz absolutamente intimista en mitad de un despliegue visual incomparable.  Era 2012 cuando se estrenó la segunda película de Bayona y recuerdo que, casualmente, me encontraba en una librería de Madrid ojeando el libro promocional que publicaron acerca de su realización cuando me topé con una pequeña novela ilustrada llamada Un monstruo viene a verme. Inmediatamente, los poderosos dibujos llamaron mi atención –así como el beneplácito del autor Philip Pullman en la portada– por lo que decidí comprarla y devorarla en pocas horas. Por aquel entonces no se me ocurrió pensar en Bayona para dirigir una adaptación cinematográfica de la novela; es más, nunca imaginé que semejante historia –tan dura, tan brutalmente conmovedora– sería llevada al cine. Sin embargo, desde aquel momento y en plena excitación mediática con motivo del estreno de Lo imposible, el monstruo y el cine de Bayona quedaron asociados para siempre en mi mente. Quizás es por eso que, cuando se anunció una versión cinematográfica dos años después, no me sorprendió comprobar qué director tomaría las riendas del proyecto: para mí era la elección más natural.

Dos años más tarde, la idea ya es una realidad y, aunque soy consciente de que mi motivación es esencialmente personal, Un monstruo viene a verme es una de las películas que con más ansias esperaba este año. La historia es peliaguda (un cualquiera no sería capaz de dirigirla): un monstruo acude a ayudar a un niño cuya madre está a punto de morir a causa de una enfermedad terminal. Existen muchos modos de aproximarse a una premisa de este estilo, en la que drama humano y fantasía van de la mano –ya se ha hecho en múltiples ocasiones (Un puente hacia Terabithia, El laberinto del fauno)– pero, de alguna forma, Bayona realiza un acercamiento novedoso. En primer lugar, sorprende la contención de la película en cuanto a emotividad se refiere, más aún teniendo en cuenta que Lo imposible era una especie de “festín de la emoción no contenida”. La historia es triste de por sí, por lo que el director decide dar tregua al espectador y permitir que la reacción emocional se origine dentro de él, progresivamente, y no produciendo una reacción forzada a través de la dicotomía imágenes-música. Destaca en este sentido la partitura de Velázquez por ser extremadamente más sutil, pero igual de conmovedora que en los dos filmes anteriores.

Así, Un monstruo viene a verme se convierte en la película más madura (temática y cinematográficamente) de la filmografía de Bayona. En ella no hay trampas: es realmente pura en todos los sentidos de la palabra. El director sabe encontrar el balance adecuado entre la espectacularidad visual (las secuencias animadas te quitan el aliento) y el peso de la tragedia que está tratando. Una vez encontrado el tono, ritmo y sensibilidad adecuadas, Un monstruo… se convierte en una película tremendamente compasiva, imprescindible para todo aquél que ya haya experimentado el dolor de la pérdida en sus propias carnes (e incluso para el que todavía no). Una película necesaria, benevolente con el espectador, maravillosamente interpretada y, en definitiva, extremadamente bella.


un artículo de Miguel Alcalde

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