#64SSIFF | ‘Que Dios nos perdone’

En 2014, una película independiente surgida a partir de una idea para un cortometraje y financiada enteramente a través de una campaña de crowdfunding, supo dar el campanazo y posicionarse como uno de los mejores filmes españoles del año. Stockholm puso en el punto de mira a Rodrigo Sorogoyen como uno de los talentos a seguir, y éramos muchos los que esperábamos impacientemente su nuevo proyecto.

Con Que Dios nos perdone, el director se reúne con la mayoría del equipo con el que realizó su ópera prima, para producir un filme esencialmente distinto al anterior en cuanto a tono y dimensión se refiere. La premisa: en uno de los veranos más calurosos de la historia de Madrid, coincidiendo con la visita del Papa y el movimiento 15-M, dos policías se enfrentan a lo que parece ser un asesino en serie de ancianas. No partimos de una base especialmente novedosa: este tipo de thrillers, bien nacionales o bien internacionales, pueblan la cartelera con excesiva regularidad. ¿Cómo destacar en un panorama tan saturado?



Por suerte, la genialidad de Sorogoyen en Stockholm no era fortuita: estamos probablemente ante uno de los directores más ingeniosos que haya dado el cine patrio en los últimos años. Que Dios nos perdone respira “diferencia”, no-convencionalidad, originalidad cinematográfica. Es una película que, pese a los clichés del género, decide salirse de la norma y brillar por sí sola. Gran parte de este triunfo descansa sobre los hombros de Sorogoyen que, casi como un artesano, construye lenta pero progresivamente una atmósfera sofocante y pesadillesca, en la cual el calor actúa de la misma forma que en ‘Seven’ actuaba la lluvia. En ese Madrid agobiante, sin esperanzas para ninguno de los personajes, el director desdobla las diferentes capas que componen su historia con la absoluta maestría de un auténtico profesional del medio (volvamos a recordar que esta es su segunda película), usando la cámara no solo de forma artística (queda para el recuerdo el sobrecogedor plano secuencia de cierto personaje huyendo de una casa a través del balcón), sino también como vehículo para penetrar en la interioridad de sus personajes. Y es que, pese a la importancia del misterio como elemento central de la trama, Que Dios nos perdone no excluye el factor humano permitiendo a Roberto Álamo construir uno de los personajes más empáticos que he visto en años a partir de un carácter absolutamente despreciable. Tampoco se queda atrás Antonio de la Torre, cuya versatilidad ha llegado a tal punto que parece un actor distinto con respecto a su trabajo en Tarde para la ira. Y todo esto en una película cuya aparente única pretensión es entretener.

Que Dios nos perdone es un logro tras otro, un orgullo para la realización cinematográfica española, y se posiciona muy por encima de la mayor parte de thrillers que nos llegan del “otro lado del charco”. Es cine con mayúsculas.


una crítica de MIGUEL ALCALDE

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