El cine en el que confío | Editorial

Vivir el Zinemaldia siempre me resulta un punto catártico, no sé si fruto de su coincidencia en fechas con el final del verano y el inicio extraoficial del nuevo año (con su consiguiente balance entre repasos a lo vivido en los calurosos, o no tanto, días pasados y todo lo nuevo que está por venir) o por el mero atracón de experiencias dentro y fuera de las salas donostiarras.

“Esa es la imagen en la que más confío”

(‘La idea de un lago’, Milagros Mumenthaler, 2016)

Existe un sentimiento, o al menos yo así lo percibo, de comunión entre toda la comunidad cinéfila – en mayor o menor medida, de un ámbito u otro – que se aglutina en San Sebastián durante estos días. Un sentimiento casi dogmático que nunca me abandona pero late con más fuerza aún tras una experiencia como esta, tras una dosis de energía e ilusión única: ese sentimiento es el de confianza pura, acompañada a veces de una rendición casi devota, hacia el cine.

No es que este Zinemaldia me haya devuelto esa confianza hacia el cine porque nunca se fue, pero sí la reafirma. Reafirma que confío en el cine pese a que me engañe tantas y tantas veces, que confío pese a que alguna vez intente pasarse de listo. Lo hago aun siendo consciente de que es puro truco y artificio e incluso aunque en ocasiones me haga sentir estafado, sigo confiando.

Confío en el cine a pesar de que me enfrente a situaciones de las que intento escapar (o evitar) en la vida real. O quizás sea ese el motivo por el que confío tanto, como si lo que llamamos “cine” fuese de verdad una autoridad con entidad única, propia, material. Sí, confío en el cine porque me revuelve, me agita, me emociona y me pone frente a frente con mis miedos. Porque me cuestiona y me hace cuestionar. Ese es el cine en el que yo confío: el que arriesga, arrebata desde la imagen, proyecta al mismo tiempo que recupera y convierte en cuasi terrenales las sensaciones más elevadas y los sueños.


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Ha habido mucho de ese cine en mi aventura, breve pero intensa, en esta edición número sesenta y cuatro del Festival de Cine de San Sebastián. Todo eso está presente en la monumental y asfixiante Nocturama (Bertrand Bonello, 2016), que combina un réquiem pesadillesco con el estallido más brutal (nunca mejor dicho) del vital sentimiento de insurrección y rebeldía juvenil rompiendo las barreras de la moral y ética del arte, o en La tortuga roja (M. Dudok de Wit, 2016), lírica existencialista en clave de preciosa fábula animada donde todo flota y levita, incluso el espectador. También está en algunas líneas de diálogo de la sencilla Verano en Brooklyn (Ira Sachs, 2016), que avanza inofensiva hasta introducir reveses varios de sensibilidad que se quedan dentro; en los bruscos y atrevidos cambios de tono de las magníficas Toni Erdmann (Maren Ade, 2016) o Elle (Paul Verhoeven, 2016), ambas despojadas de prejuicio alguno, desengañadas e hilarantes y por supuesto en los recuerdos nocturnos, construidos abrazando lo evocador de la magia esencial del cine en vez de la nostalgia burda, en la parafraseada La idea de un lago. De todo eso os hablaremos en los próximos días. Esperamos que nos acompañéis.


un editorial de JESÚS CHOYA ZATARAÍN

1 Comment

  • maxi 21 septiembre, 2016 at 08:00

    preciosa editorial, jesús. como siempre da gusto leerte.

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