Lo que duelen los fantasmas | ‘Julieta’

Escribir sobre Julieta (Pedro Almodóvar, 2016) es hacerlo sobre una de las obras más generosas que el cine español reciente nos ha regalado. Es hacerlo, en otras palabras, sobre una armonía maestra que se libra de imposturas sin renunciar a una intachable brillante formal y donde todo encaja, incluso sus preguntas. Una película que se abre en canal para ofrecer un ejercicio cinematográfico puro y radical, contenido pero no frío, sino todo lo contrario, deliberadamente pasional. Escribir sobre lo último de Almodóvar es escribir con la certeza, la inseguridad y la responsabilidad de quién sabe que está escribiendo sobre una inabarcable obra maestra.

Hay un momento en Julieta en el cual el totalmente abatido personaje de Adriana Ugarte, que más tarde hará suyo también Emma Suárez, viaja a Madrid para comunicar a su hija adolescente una pérdida. Antía, la mencionada hija, permanece ajena a todo lo que no sea su fortuito pero profundamente estrecho vínculo con Beatriz, primero desconocida compañera de campamento, luego amiga íntima y más tarde algo mucho más fuerte. Cuando la Julieta del título es capaz de verbalizar lo ocurrido – uno de los únicos momentos del filme en los que la tragedia se hace explícita, en vez de implícita, en boca de los personajes -, Antía se derrumba en brazos de su madre. Un abrazo materno filial de gestos desencajados, llantos y demasiadas preguntas que enseguida cesa ante la presencia inocente de Beatriz, a la que la niña recurre en una muestra de afecto mucho más cálida y cómplice que la anterior, dejando a su madre abandonada al impacto, el dolor y, he ahí la clave, la soledad tras una pérdida cuyo impacto hace que no sea solo una, sino dos. O incluso más.

Tras ese momento asistimos a una serie de secuencias de transición en las que Antía crece y madura junto a su inseparable Beatriz, la evolución de su relación es una de las subtramas más sutiles y estimulantes del filme, mientras Julieta envejece anclada en un limbo que la vuelve una mujer aislada incluso de sí misma. Esta desconexión termina con una elipsis abrumadora y un fundido a negro que te deja, como a la protagonista, en un estado de total abstracción. Todo eso es Julieta.

Hay mucho que decir sobre Julieta, precisamente, porque en Julieta se dicen muchas cosas. De la aceptación a la identidad, Almodóvar – combinando lo eminentemente literario con lo más puramente cinematográfico – recorre treinta años en la vida de una mujer hablando del dolor de quien se atreve a bucear en lo más profundo de sí mismo.

El nuevo Almodóvar transcurre a través de sentimientos extremos. Lo hace, sin embargo, desde la contención y la sutileza de lo ajeno a estridencias dramáticas – que no, afortunadamente, a su desbordante personalidad artística – emparentándose más con el cine de impacto que con lo lacrimógeno, más con el ‘shock’ emocional que con la sensiblería. En Julieta, la emoción late (y fuerte) fuera de plano, brota entre líneas y en los silencios y explota definitivamente cuando comienzan a correr los títulos de crédito finales, tras una última secuencia abrupta y cortante pero, como casi todo en este excelente drama, con un valor simbólico de fuerza arrolladora: la tela roja, el ciervo, la maleta vacía, el fiero mar, la literatura clásica… funcionan como elementos que esconden bajo su apariencia de accesorio estético que respalda el minucioso trabajo visual de una película calculada al milímetro, un sentido narrativo prácticamente sobrecogedor: la pasión, la huida, la búsqueda, la soledad, la pérdida, el destino.

Madre e hija (Susi Sánchez y Adriana Ugarte), el dolor de otra ausencia en vida.

Madre e hija (Susi Sánchez y Adriana Ugarte), el dolor de otra ausencia en vida.

Julieta es una película que articula su relato en territorios comunes del fantástico (hay fantasmas, brujas y casas encantadas e incluso un tono de cuento desangelado) y presenta su drama bajo un halo de misterio hitchcockiano, como un thriller sin respuestas. Si nos detenemos un momento a pensarlo, el filme bien podría servir de contrapunto a otra almodovariana obra maestra: Volver. Cuando aquella abordaba la culpa en las relaciones materno filiales desde un costumbrismo socarrón y un poso dramático embravecido y emocional, en esta se trata el mismo aspecto desde una óptima igualmente sensible pero más contenida, quizás áspera, en la que el humor se abandona y relega a un par de risas más tensas que divertidas provocadas por el siniestro personaje de Rossy de Palma, otra concesión del drama al cine de género y una de las únicas del filme a la excentricidad. Donde en aquella los fantasmas adquirían un estado cuasi tangible, en esta no aparecen físicamente pero se hacen notar tanto o más que en la anterior. Casas que son únicos testigos de la soledad, dolorosos fantasmas que en esta ocasión no revelan muerte sino ausencia y culpa; una, especialmente, con nombres y apellidos: Antía Feijóo, cuya huída se esgrime de forma silente pero paralela a la de la Julieta protagonista.

Todo el reparto está en su justo tono en Julieta. El binomio Ugarte/Suárez se vuelven una para conformar un personaje que pasará a la Historia de nuestro cine, rodeadas de un plantel de secundarios en estado de gracia. Es justo mencionar también el enorme trabajo del compositor Alberto Iglesias, que acentúa el mestizaje de géneros del filme con una banda sonora realmente mayúscula.

Junto a Almodóvar, unas impecables Adriana Ugarte y Emma Suárez dan forma a un personaje lleno de aristas en una filigrana que deconstruye y fragmenta para poder reconstruir, como las piezas de esa fotografía rota en pedazos, una vida lastrada por el infortunio y las dudas. La Julieta madura escribe y narra su historia en el que es un recurso no solamente práctico en lo narrativo sino también ejemplar a la hora de dotar a las secuencias de la Julieta joven de un tono que trasciende lo idealizado para erigirse más como una ensoñación de quien mira al pasado con una mezcla de nostalgia y arrepentimiento (aquí la muy estimulante y onírica escena del tren sirve como máximo exponente). Escribe a su hija pero sobre todo, se escribe a sí misma, para encontrarse y explicarse. Lo hace con arrojo y desgarro pero también con un efecto balsámico que se traslada al espectador. Julieta es una experiencia que revuelve pero también cura pues, con ella, Almodóvar toma el pulso al más doloroso sentimiento de duelo sin recrearse en la desgracia; con la sutilidad, empatía y verdad de los grandes humanistas.

Porque al final, Julieta no solo revela, otra vez, que su director conoce y maneja como nadie los códigos de las emociones en el séptimo arte sino también una apasionada y luminosa declaración de amor a la imperfecta condición humana por parte de un director en plena madurez y plenitud artística. Y eso siempre es digno de agradecer.

JESÚS CHOYA ZATARAÍN

1 Comment

  • Mawi 11 abril, 2016 at 22:41

    Bonitas y delicadas palabras Jesús, para expresar los sentimientos que refleja esta peli. Una peli q no me ha dejado indiferente, que hace reflexionar, me gustó

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