And the Oscar goes to…

Ha llegado el día que estábamos esperando.

La carrera por el Oscar llega a su fin con la entrega de los premios de la academia de Hollywood. Unos galardones que, este año, han permanecido inciertos hasta el último momento. La épica salvaje de El renacido de González Iñárritu parece gozar ahora mismo de cierta ventaja sobre sus competidoras, aunque las ganadoras del PGA y el SAG La gran apuesta Spotlight – permanecen con opciones de arrebatar la segunda estatuilla consecutiva para una película del realizador mexicano. George Miller por su reinicio de Mad Max aguarda dar el campanazo mientras que las independientes y emocionales Brooklyn La habitación y las nuevas películas de estandartes del cine estadounidense como son Steven Spielberg (El puente de los espías) y Ridley Scott (Marte) buscan materializar alguna de sus nominaciones para no irse de vacío. Los redactores de LLA enfrentamos nuestras opiniones sobre las mencionadas ocho películas candidatas a la principal estatuilla, ¿a favor o en contra?

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‘El renacido’, de Alejandro G. Iñárritu

A FAVOR (por Sofia Pérez Delgado)

De un tiempo a esta parte no es fácil defender el cine de Alejandro González Iñárritu. Nada que ver con cuando irrumpió en el panorama en el albor del nuevo siglo con una ópera prima de unánime aclamación, Amores perros. Dieciséis años después, la veneración que la crítica y el público le profesó se ha vuelto contra el realizador, que continúa ensalzándose a sí mismo incluso en sus obras más cuestionables. El año pasado por fin consiguió lo que se venía viendo desde hace tiempo: ganar el Oscar, con Birdman, su particular renacimiento como autor. Y no solo eso, sino que lo hizo venciendo a un trabajo tan poderoso como era Boyhood de Richard Linklater. Bien, hasta ahí vale. Pero hete aquí que este año vuelve a estar nominado en los premios de la academia de Hollywood, y además… ¡parte de nuevo como favorito! ¿Y por qué es eso? Quizás es que en una edición de nominadas muy débiles y de escasa personalidad, El renacido, enmarcada (o mejor dicho, conducida) por la magistral fotografía de Emmanuel Lubezki, hace del ego de Iñárritu y de su búsqueda de la trascendencia su mejor virtud. Se alza así como un ejercicio monumental, más técnico que humanista, exento de romanticismo, pero aun así épico, que remite a los mejores clásicos de aventuras.

EN CONTRA (por Luis Fernández Ferreira)

Alejandro González Iñárritu, el director que nos enamoró con Amores Perros o 21 Gramos y que ha conquistado Hollywood en los últimos años está a punto de repetir victoria en los Oscar por segundo año consecutivo. Lo hace gracias a El renacido, su película menos inspirada junto a Biutiful. Una cinta de brocha gorda, lenta, repetitiva y larga. El director ha conseguido que Leonardo Dicaprio ejecute uno de los peores papeles de su carrera, y que supondrá su primer Oscar. Es tan fácil caer hipnotizado en sus bellas imágenes como aborrecer su narrativa plana, su vago guión y su falta de ambición. Todo el cariño que Lubezki e Iñárritu imprimen en cada escena en lo visual no se ve reflejado en el desarrollo narrativo. Como película de supervivencia resulta aburrida, como viaje iniciático floja y como “revenge movie” sorprendentemente decepcionante. Que los personajes secundarios, incluyendo a la osa, tengas más carisma e interés que el principal raya en lo sangrante. Un mundo cruel bellamente retratado que cae en la mayor de las apatías.


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‘Brooklyn’, de John Crowley

A FAVOR (por Luis Fernández Ferreira)

John Crowley ha filmado quizá la película más pequeña de todas las nominadas pero la de más corazón. El viaje a través del océano de Saoirse Ronan no es especialmente dramático, tampoco sencillo, pero sabe transmitir de forma comedida el drama que supone dejarlo todo atrás y abandonar a tu familia. Lo hace sin grandes histrionismos, sin grandes dramas, dejando que una soberbia Saoirse Ronan lleve la película sobre sus espaldas en una de las mejores, o la mejor, interpretación de su carrera. Crowley ha filmado una cinta que consigue la emoción a través de los pequeños gestos, que enamora a través de sus cuidados diálogos y que duele a través del día a día. No tiene el perfil de ganadora de los Oscar, es demasiado pequeña, demasiado clásica y no tiene la épica necesaria; pero no lo necesita. Su gran baza está en ganar al espectador a través de la honestidad de lo que cuenta, de ser parca en palabras y sincera en motivaciones. John Crowley ha conseguido una película encantadora y ha construido un monumento al talento de Saoirse Ronan.

EN CONTRA (por Sofia Pérez Delgado)

Si comentábamos antes la falta de nivel autoral en esta edición de los Oscar, Brooklyn es un prototipo claro de ello: no es una película de su director, John Crowley, sino que lo sería más bien de su guionista, Nick Hornby. Y ni siquiera es tanto así, ya que el escritor no adapta una de sus novelas, sino una historia ajena: la que escribió Colm Tóibín sobre una chica irlandesa que en los años 50 decide irse a Estados Unidos en busca de un futuro mejor. Habría que plantearse cuánto del éxito de Brooklyn, un trabajo de formas automáticas, sin identidad o búsqueda de transgresión (más bien todo lo contrario), se debe a tratar un tema que puede trasladarse con tanta facilidad y empatía a la época actual. Y es que su intención es clara: la de emocionar a los espectadores predispuestos a ello. No podemos decir por tanto que trate de una película en absoluto engañosa. Y si estuviéramos hablando de un telefilme de buena calidad, nada que objetar. Pero a una cinta nominada al Oscar principal, debería exigírsele un poco más.


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‘Mad Max: Furia en la carretera’, de George Miller

A FAVOR (por Nacho Vázquez Luna)

Mad Max: Fury Road es un triunfo del cine de autor y un gran paso para el medio cinematográfico. No hablo solo de su calidad técnica ni de suapartado artístico, ni decómo ha producido un avance importante en la unión entre efectos digitales y efectos físicos, sino de sus decisiones narrativas. Pocas películas, incluyendo el cine de autor y los blockbusters, se atreven a no verbalizar la evolución de sus personajes, sus temas, su historia… Confiando puramente en sus imágenes, dejando la acción como impulso narrativo para hablar del mundo fílmico de Mad Max. La manera en que los personajes ejercen la violencia explora precisamente como son, hace que la acción en una película de acción tenga un propósito narrativo. Es una muestra de economía en la forma de contar historias, teniendo los recursos precisos para explorar toda la complejidad de la psicología y la profundidad de su historia. Solemos confundir esa economía con que no tiene historia, ni personajes ni profundidad, cuando es precisamente lo contrario, da las herramientas para encontrar por ti mismo los temas de un universo fílmico vivo y complejo en matices. Además de ser uno de los tour de forcé feminista más importantes de la década por desmontar un género cinematográfico masculino desde dentro.

EN CONTRA (por Jesús Choya)

Hay multitud de cosas que no puedo negar sobre las virtudes de esta Mad Max: Furia en la carretera: su heroina es un estandarte feminista ya icónico interpretado por una estupenda Charlize Theron, su magnitud luce impresionante en pantalla y, probablemente, si ganase el Oscar sería una de las estatuillas más relevantes – por el tipo de película – de la Historia reciente. Pero no debe hacerlo. No debe, en primer lugar, porque se enfrenta a competidoras mucho mejor construidas narrativamente y, en segundo lugar, porque esta vistosa demostración megalómana de pulso y músculo cinematográfico no deja de ser un ejercicio de estilo carente verdaderamente de trasfondo. Si bien es cierto que la mano de George Miller es absolutamente maestra a la hora de filmar imágenes poderosas y absorbentes, el relato de Furia en la carretera se deja llevar por la fiereza de dichos planos en los que todo se muestra y nada se deja a la intuición. No hay sensibilidad en el filme, sino intenciones explosivas que le convierten en una gigante pero repetitiva sucesión de set-pieces abrumadoras, en una road-movie de ida y vuelta con personajes interesantes pero ajenos a cualquier evolución. Mad Max es pura energía y furia pero, desgracidamente, acaba por caer en algunos de los vicios comunes del cine de acción actual; acaba por preferir la espectacularidad de las explosiones al desarrollo de algunos meritorios y memorables puntos de partida.


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‘La habitación’, de Lenny Abrahamson

A FAVOR (por Jesús Choya)

Parece que este año los Oscars apostarán por el músculo cinematográfico de mastodónticas producciones como Mad Max: Furia en la carretera El renacido. Un cine insobornable e implacable de técnica irreprochable que decide voluntariamente relegar a la emoción a un segundo plano. Sin embargo, por suerte, este año también hay películas que sirven como contrapunto a las mencionadas: La habitación, producción irlandesa de presupuesto muy austero en comparación con sus competidoras, es probablemente el filme más inteligente de las ocho nominadas en esta edición. Siempre al borde del abismo de lo emocionalmente obsceno propios de telefilms de sobremesa, Lenny Abrahamson sabe crear un relato que transcurre a través de emociones extremas, combinando tragedia e inocencia en un largometraje que se desdobla para hablarnos de la fuerza de los vínculos maternofiliales, la gestión del duelo y el pasado como salvavidas esperanzador pero también como carga insoportable. La habitación parece boicotearse así misma cuando, tras una primera parte de tensión latente que juega con elementos del cine de género y termina con un clímax abrumadoramente intenso, parece convencionalizar sus formas para abordar así la cara contraria de su conflicto inicial. Pero nada más lejos de la realidad: si bien la primera parte es un ejercicio audiovisual total, la segunda apuesta por una disección minuciosa de las consecuencias emocionales del drama, esquivando los subrayados y la manipulación con un plantel de conflictos y personajes secundarios breves pero perfectamente dibujados. Sin lugar a dudas, La habitación esquiva lo que podía haber sido un absoluto desastre para acabar uniéndose a Donde viven los monstruos Bestias del sur salvaje en el grupo de películas maestras sobre la fortaleza de la infancia a la hora de descubrir el mundo; un viaje profundamente emocionante liderado por la contenida pero fantástica Brie Larson y esa explosión de naturalidad que es el niño Jacob Trembley. Que sea tan buena es casi un milagro que debería ser reconocido.

EN CONTRA (por Nacho Vázquez Luna)

A pesar de llenarse de buenas intenciones, La habitación es una película que no termina de concretar sus pretensiones y, sobre todo, no termina de captar como cuenta la historia. Durante instantes, intenta captar un tono distante y respetuoso, donde su principal baza es el subtexto; y la forma de entender el auténtico drama que subyace en la narración. Sin embargo, hay muchos momentos donde se decide extraer ese subtexto para explicarlo y manipular de forma burda al espectador, añadiendo cámaras lentas, música emocional y llantos desbordantes. Esas decisiones producen dos tipos de lenguajes en la misma película, uno donde se juega desde la perspectiva del niño que no termina de comprender su propia situación (puro trabajo de subtexto) y otro donde se explica al niño (y al espectador) los temas de la película y por qué debería emocionarse en ese preciso momento. La propia dulcificación de la historia, dejar los detalles escabrosos en la imaginación y potenciar los momentos dramáticos, crea una sensación de cobardía en una historia que no termina de captar su propio mundo. Como representación clara de ese miedo a centrarse, intenta abarcar dos historias (las dos partes están claramente diferenciadas) sin llegar a manejar ninguna con soltura.


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‘Spotlight’, de Tom McCarthy

A FAVOR (por Jonathan Sedeño)

La película de Tom McCarthy, totalmente clasicista, fundamentalmente academicista, cumple totalmente con los requisitos impuestos a una película para ganar el Oscar. Es una película de consenso realizada con un gusto por las interpretaciones y totalmente volcada en la historia (y la importancia en la Historia) y su impacto en la sociedad. Spotlight es una película de su tiempo pero justamente realizada con pulcritud que no hace sino recordar a las grandes películas periodísticas como Todos los hombres del Presidente o Network. Una película objetiva que no arrastra subjetividades aunque haya personajes que subrayen ese hecho. Spotlight es una película actoral que abandera una actitud valiente ante otras competidoras más extrañas. La principal virtud de Spotlight es que es una película que el tiempo pondrá en su lugar como ejemplo de cómo el cine sirve para contar historias, denunciar injusticias y concienciar al público. Bien es cierto que si su presencia ha mermado en las menciones, no hay que olvidar que la película de McCarthy defiende un tema muy controvertido en las sociedades modernas, y por ello mismo es la contendiente menos artificiosa de las ocho de este año. Es una película tan necesaria como todos los premios que pueda llevarse.

EN CONTRA (por Alfredo Martínez)

La pederastia es uno de los actos más atroces que se pueden cometer, como tal, su plasmación en el cine se trata de un asunto peliagudo en el que se suele maniobrar con el mayor de los cuidados con la precisión de un cirujano. Si además se lleva a cabo por miembros de la Iglesia en los que gran parte la comunidad deposita su confianza e incluso respeto, su traslación a la gran pantalla resulta aún más delicada. Spotlight es bien consciente de ello y desde el primer segundo hace de la pulcritud tonal y objetivad narrativa sus mejores armas a fin de relatar modélicamente la investigación realizada a cabo por el equipo del Boston Globe los abominables crímenes cometidos por la Iglesia católica en la ciudad que da nombre al periódico. Pero sus ambiciones y sus posibilidades acaban viéndose limitadas por la rigidez del corsé de corrección y rigurosidad que se enfundaba en un primer momento para no pecar de truculenta. Tom McCarthy logra una buena película ante la oportunidad de rodar una película que realmente sacudiera la conciencia del espectador. Si la virtud queda en el punto medio, aquí estaría entre la austeridad de un documento periodístico y el sensacionalismo de un tabloide.


THE BIG SHORT

‘La gran apuesta’, de Adam McKay

A FAVOR (por Alfredo Martínez)

En una época en la que las películas basadas en acontecimientos reales recientes tienden a buscar la sobriedad narrativa y estilística con el fin de no desviar la atención de los ya de por sí impactantes hechos, La gran apuesta supone todo un soplo de aire fresco. Esta adaptación de un libro de no ficción que relata los días previos al apocalipsis financiero que se desató (¿desataron?) en el 2008 se desmarca por su frescura a la hora de incorporar toda clase de recursos visuales para agilizar la compresión de los enrevesados tinglados financieros de los que habla. Pero quizá Margot Robbie desnuda en un jacuzzi de espuma no solo nos está facilitando la explicación de un complejo concepto económico. Puede que esas violentas rupturas de la cuarta pared sean una (agresiva) llamada de atención a nosotros los espectadores, que hemos sido pasivos demasiado tiempo ante el escándalo que se ha ido edificando delante de nuestras narices. También puede que simplemente la película se esté burlando de nuestra ignorancia y desidia para desplazar la culpa última de la crisis financiera a nuestras conciencias. En cualquier caso, es algo estimulante, y eso, en un panorama plagado de corrección política y películas demasiados rigurosos para salirse de los cauces narrativos canónicos en este tipo de historias se agradece mucho.

EN CONTRA (por Jonathan Sedeño)

The Big Short es el hermano bastardo de El lobo de Wall Street. Y ni Adam McKay tiene el talento de Martin Scorsese ni Ryan Gosling el carisma de Leonardo DiCaprio. Las intenciones de la película son buenas, pero no su resultado: una película muy mal montada, con unas interpretaciones gritonas y personajes odiosos, en lo que resulta un film repetitivo, autoconsciente de sus imperfecciones y que siempre tira por el camino fácil. La gran apuesta de la noche del domingo es saber si no habrá algún inconsciente que considere que una película que quiere ser otra y que grita en todo momento ser un wannabe de algo mejor debe ganar algún premio que no se merece. El poso que deja The Big Short es llamar tonto al espectador, por ser éste el que ha provocado la situación. No hay un guión medianamente bien escrito porque resulta que se lo han cargado en la sala de montaje, a base de repetir una y otra y otra vez las mismas ideas, y a base de utilizar una y otra y otra vez los mismos recursos para contar una historia. Si The Big Short quería ser como El lobo de Wall Street tal vez debería haberse fijado otra meta: reunir todo el talento de Scorsese.


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‘El puente de los espías’, de Steven Spielberg

A FAVOR (por Miguel Alcalde)

Spielberg es oro para los Oscar. En el mismo momento en que se anuncia la preproducción de una nueva película del rey Midas de Hollywood, los académicos se frotan las manos, ansiosos en sus mansiones de Los Angeles. Y es que las nominaciones de El puente de los espías estaban cantadas desde el principio de la carrera, ya no tanto por la potencial calidad de la película, sino por el talento detrás de su realización. Ahora bien, ¿merece la vigésimo novena película de Spielberg llevarse el gran premio de la noche del domingo?

En un año en que la frontrunner brilla por su ausencia, no debería desestimarse el valor artístico del filme de Spielberg. El puente de los espías es un interesante thriller, ensamblado con una maestría técnica apabullante. Es también lo que hoy en día se conoce como “una película de actores”, que da prioridad al lucimiento de sus intérpretes sin por ello descuidar aspectos narrativos y/o creativos. Cuenta además con uno de los mejores guiones del último año, inteligente, tenso, sorprendentemente divertido, en ocasiones sinuoso… y escrito por los Coen, que no son precisamente desconocidos entre los que entregan las estatuillas. Pero El puente de los espías es, ante todo, un enorme crowdpleaser que ensalza los valores americanos con tanta frecuencia premiados por la Academia. Spielberg, haciendo honor a su nombre, pone especial énfasis en los aspectos más emocionales de la historia, golpeándote el corazoncito con un bote de mermelada, o con el juego tan visual como efectivo del “abrazo o el coche”.

Probablemente El puente de los espías sea la mejor película de Spielberg desde La lista de Schindler. Creo que, teniendo en cuenta el listón, tal logro no debería pasar desapercibido.

EN CONTRA (por Immaculada Pilar)

Entiéndase. No en contra de la película propiamente dicha, sino de su victoria como Mejor Película. Y no porque no crea que no tiene méritos suficientes, es una cuestión de que ni su temática, ni su planteamiento audiovisual, parecen aportar nada nuevo en el panorama cinematográfico actual. Desgraciadamente, todo en la película ya lo hemos visto con anterioridad. Desde la interpretación “soy un hombre íntegro” de Tom Hanks (vista, vista y vuelta a ver), a la resolución de ciertas escenas. ¿Intento poner la maestría de Spielberg en duda? Ni mucho menos. Lo que sucede es que esta vez ya conocemos los trucos. Y aunque todo esto no le reste interés como cinta, es algo a tener en cuenta a la hora de seleccionar la película que ha de representar el curso 2015. Hay quien dice que en el séptimo arte está todo inventando, pero en una candidata a Mejor Película esperamos una chispa, algo distintivo que la convierta en una película especial. No es el caso.

Es posible que la película requiera ese aire añejo, pero nada sorprende en ella. Es todo lo contrario a lo que sucede con Carol. En la película de Haynes todo está orquestado para llevarnos a una época concreta, pero cada fotograma tiene la apariencia de un lienzo de Edward Hopper, y se recrea en ello de una forma distintiva. Incluso la anterior cinta de Spielberg, Lincoln, que obviamente tenía una estética clásica, contaba con una dirección artística y de fotografía tal, que la convertían en una coreografía magistral. Una chispa que echamos en falta en El puente de los espías.


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‘Marte (The Martian)’, de Ridley Scott

A FAVOR (por Immaculada Pilar)

La película de Ridley Scott es de esas películas que nadie ve ganando en la categoría reina, pero que tiene todos los ingredientes para ello. Tiene a favor el ser una historia de supervivencia sin excesos dramáticos ni sentimentales, con toques de humor bien colocados, buen reparto, buen guion y buena dirección. Además ha funcionado bien en taquilla y Matt Damon cae bien, algo que de cinematográfico tiene poco, pero nadie dijo que esto no fuera un negocio. Ridley Scott normalmente criticado (en ocasiones de manera justa), esta vez consigue que todos los ingredientes del pastel aparezcan en las cantidades juntas, y le da el horneado que requiere. Técnicamente muy buena, con buenos montaje y fotografía, lo que hace de Marte una película redonda es, que aún con todo ello, es la historia que nos cuenta lo que resulta interesante, que el guion no es una excusa sino un buen motivo para el alarde técnico de la película.

Marte es una cinta singular en su planteamiento: el miembro de una misión al Planeta Rojo que, tras un accidente, es dado por muerto y abandonado a su suerte. Un botánico que se las ingeniará para ponerse en contacto con la Tierra y sobrevivir, a la espera de un rescate. Y lo que es, y debería ser, un drama se convierte en una película en la que dicho drama está presente pero siempre con una capa superpuesta de ligereza, otra de acción, y la guinda de un personaje que nos cae bien. Los últimos quince minutos, son un “in crescendo” y explosivo punto final, una guinda perfecta. Así que apostar por ella es hacerlo por dos horas de magnífico entretenimiento.

EN CONTRA (por Miguel Alcalde)

“Talk about crowdpleasers…” No es que Ridley Scott haya estado en su mejor momento. Prometheus, El consejero, Exodus… la lista de fracasos críticos y económicos parecía no tener fin. Hasta que llegó Marte. La adaptación del libro de Andrew Weir volvió a poner al director de Alien en el punto de mira de los académicos, que se dejaron encauzar por la historia de supervivencia de un astronauta abandonado en el planeta rojo.

Pero ¿por qué gusta tanto Marte? Probablemente por su simplicidad técnica y argumental, que la aleja inmediatamente de propuestas espaciales anteriores, criticadas por un pretencioso afán de profundidad (ejem, Interstellar, ejem). Dicho esto, de haber sido este año más “jugoso” en cuanto a calidad se refiere, Marte no estaría nominada a Mejor Película. Y es que el filme de Scott, si bien entretenido y visualmente atractivo, es bastante derivativo y cansino. Curiosamente, este año hay dos películas que representan a hombres enfrentados a entornos hostiles, y ambas parecen presentar el mismo problema: la sosería temática enfrentada a una excesiva duración. ¿Hasta qué punto está el espectador interesado en contemplar el sufrimiento de un único hombre durante casi tres horas de metraje? Marte es herencia directa de la fórmula Robinson Crusoe, quizás más exitosa en el ámbito literario que el cinematográfico. La película de Scott se vendió como el nuevo Argo ante los académicos: otro crowdpleaser con un final excitante, casi grandioso, que hace imposible que el espectador salga del cine con mal sabor de boca. Ahora bien, esto no quiere decir que Marte sea una mala película. Simplemente no destaca como pieza cinematográfica en unos premios que presuntamente celebran lo mejor de este arte.

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