Desde el Zinemaldia | Volumen II

Segunda jornada de Zinemaldia donde nos encontramos la obra más accesible de Cesc Gay, Truman; Terence Davies saca su vertiente más melodramática con Sunset SongEvolution, que apuesta por un cine que olvida géneros y definiciones; Mi Gran Noche muestra al Álex de la Iglesia más cínico e infantil y Sicario que vuelve a demostrarnos el gran trabajo visual de Villeneuve.

La despedida

(Truman, C. Gay – S.O. A competición)

Cesc Gay ha creado con Truman una bonita historia sobre las despedidas. De una forma ligera habla de la importancia de las relaciones humanas más allá de lo material cuando se acerca la muerte, siendo el eje principal la relación entre Julían y Tomás. Cesc plantea la película con simpleza visual y apuesta por los diálogos como bandera de la película, defendiéndose cargando cada frase de los personajes con muestras de su personalidad, haciendo que ningún dialogo sea innecesario. A pesar de tratar a base de iconografías conceptos como la muerte o la fe y la religión, es imposible odiar una película tan inofensiva como Truman, y veo incapaz que alguien se sienta ofendido por los temas y su tratamiento de los mismos. Porque tampoco arriesga en su simpleza, no busca hurgar en ninguna llaga, solo busca que pases un buen rato con Ricardo Darín y Javier Cámara dando personalidad a unos personajes con los que disfrutas. Utiliza la dramedia como arma para emocionar y hacer reír a partes iguales, siendo especialmente destacable el encuentro de Julián con su hijo. A pesar de ello, el personaje de Paula y las circunstancias que repercuten en ella (sobre todo en los últimos minutos) rompen unas caracterización de personajes que destruye ciertos momentos de la película. A pesar de ello, es una despedida tierna, sincera y con corazón.

El Terence Davies más melodramático

(Sunset Song, T.Davies – S.O. a competición)

Terence Davies realiza con Sunset Song su película más irregular, pero la que contiene al Davies más puro, ya que une las contradicciones de su cine con las maravillas del mismo. Su apartado técnico es realmente impecable, ya no solamente por crea algunos de los paisajes más bellos de su cine, sino porque da al paisaje y a la tierra un carácter narrativo referente al viaje de la protagonista. No es precisamente sutil, cuando encuentra a un chico que le gusta el campo se incendia, por ejemplo. Pero lleva esas ideas tan al límite que solo puedes quedar impresionado ante unas premisas narrativas referente a los paisajes tan impresionantes, además de una primera hora y media realmente buena. A pesar de tener fallos en la forma de manejar su tono, la evolución de los personajes y sus temas, siendo elementos que cambian de forma arbitraria haciendo sentir que Davies quería contar tres películas a la vez. Un ejemplo claro de ello es como la película trata, generalmente sobre la guerra, sin ser ella participe directo de los personajes hasta el último acto además de aparecer de improviso en un drama familiar a la hora de haber empezado. Podemos apreciar muchos elementos interesantes y en un balance lo positivo supera con creces a lo negativo. Pero Terence Davies destruye todo lo construido en su relato en cierto momento, donde abraza al melodrama más cercano al cine de Susanne Bier. Donde los personajes cambian de personalidad entre escena y escena, donde el tono general se pierde y parece conectar con una autoparodia intencionada. Ampliando todos los fallos que podíamos ver en su primera parte, siendo una verdadera lástima el potencial perdido en una historia tan interesante.

Matriarcado cronenbergiano

(Evolution, L. Hadzihalilovic – S.O. a competición)

Ciertas críticas a Evolution hablan de su entrada en Sección Oficial como algo negativo, cómo si las secciones oficiales de un festival solo pudieran ser ocupada por películas con una narrativa lineal o convencional, y las más experimentales como esta debieran ser relegadas a otras secciones como Zabaltegi. Y yo no puedo estar más feliz de encontrarme un film tan rompedor como el rodado por Lucile Hadzihalilovic. La directora aprovecha el lenguaje cinematográfico para explayar un mundo onírico fascinante, conteniendo planos de una belleza tanto narrativa como puramente visual. Planteando un tono cercano al de Upstream Color (Pero marcando las distancias) en su tratamiento científico-fantástico, donde une conceptos como un sistema basado en un matriarcado, nuevas formas de reproducción y niños eternamente infantes, todo con un tratamiento que se asemeja al body-horror creado por Cronenberg. En su discurso captamos una cierta respuesta crítica al feminismo concebido como proyecto de una estructura matriarcal, planteando una oposición al patriarcado cometiendo algunos de los errores que realizaron los hombres, además de algunos nuevos inventados por las mujeres de este mundo. Pero más allá de lo correcto o errónea que sean sus mensajes y sus temas, la directora sabe plantear en una atmosfera asfixiante un micro-universo terrorífico y fascinante. Donde todavía quedan grabadas algunas imágenes increíblemente desgarradoras con un poder narrativo apabullante. Es por ello que no es tanto si el mensaje conecta conmigo como es la forma en la que plantea sus inquietudes, en un coming-of-age de género lynchiano muy marcado por una nueva ola de cine de autor que no se debe perder nadie para acabar impresionado por una imaginería sobrecogedora.

Más rancio que una gala de año nuevo

(Mi gran noche, A. de la Iglesia – S.O. fuera de competición)

Qué difícil es ser fan de Alex de la Iglesia. Película tras película su apartado técnico mejoraba y mejoraba pero sus habilidades contando historias disminuían. Cuesta ver al director de El día de la bestia en Mi Gran Noche, pero más complicado es ver a un director competente detrás de la cámara. Increíble como un director tan veterano comete fallos tan básicos como saltos de eje, planos vacíos para llenar hueco en montaje, perdida absoluta de situación física de los personajes en escena, perdida absoluta de los tempos de los chistes… Fallos que un estudiante de cine se avergonzaría si viera en su trabajo final. Pero tratando el mensaje, es interesante De la Iglesia porque siempre en sus películas trata sus miedos, pero aquí, lo único que siente es asco y cinismo ante un mundo que no termina de comprender.

Si Birdman tenía prejuicios sobre el mundo del espectáculo, el director de Los crímenes de Oxford y Messi critica el cinismo de la televisión con un cinismo mayor. Sin ninguna medida, sin nada de respeto o comprensión. Arremete contra la idea que representa todos estos conceptos, mientras sigue siendo absolutamente machista (En Las brujas por lo menos lo admitía abiertamente) y clasista (Los personajes de las “canis”) pretende criticar a gente que, casualmente, coincidirían mucho con sus ideas. Y a pesar de tener una premisa tan rica, la desaprovecha con un guion que no termina de situar en un espacio lógico, pudiendo comprobarse en la planificación de planos tan bochornosa. Pero Raphael se revela como una potencia máxima, si los actores están en piloto automático (Da la sensación que el rodaje de Mi Gran Noche fue como el narrado en la misma), él nos muestra a uno de los mejores villanos del cine de Alex de la Iglesia, apoteósico y casi justifica el conjunto. Pero además de algún chiste puntual (Carlos Areces no falla), ni gracia, da la sensación que los chistes ya han envejecido como los de una gala de algún año nuevo pasado.

La guerra ideológica del narcotráfico

(Sicario, D.Villeneuve – Perlas)

Villeneuve lo vuelve a hacer con una película que supera el marcado apartado fotográfico de Prisioneros para evolucionar su lenguaje. Ya en su comienzo, plantea una introducción tanto de tono como de personajes, comprendiendo al personaje de Emily Blunt y su viaje emocional a lo largo del film de una manera magistral, además de, comprender la situación de la guerra contra el narcotráfico y las repercusiones finales de la misma. Porque a pesar de ser un thriller “al uso” en su tratamiento estructural, siendo ya grande solamente en ese apartado, es una película sobre personajes y las repercusiones de los mismos, mencionado la evolución de la protagonista que perfecciona algunas ideas que vimos ya planteadas en Zero Dark Thirty. Aunque a diferencia de la mencionada, Sicario es un golpe sobre en la mesa en lo que respecta al thriller más puro, abrazando elementos del género con unas escenas de tensión rodadas con un pulso impecable.

En Sicario vemos la acción enmarcada, reflejada o alejada, como si por medio de la imagen nos planteara la guerra contra el narcotráfico y la perspectiva de los EEUU con ella. Volviéndolo un problema únicamente mejicano, pero interesándose en el momento en el que podrían entrar en su país. El film no tiene miedo a mostrar las contradicciones de sus personajes y su corrupta moralidad, cómo el personaje interpretado por Josh Brolin antes de contratar a Blunt le pregunta por su situación sentimental y si tiene hijos, marcando la vigencia de un constante paternalismo ante la protagonista, siendo la más profesional del equipo y, probablemente, el tipo de agente que requería una operación como esta. O cuando descubrimos los motivos reales por los que el personaje de Benicio del Toro se une a la operación. La batalla contra el narcotráfico es una guerra ideológica de personas que no luchan por los motivos correctos pero se enfrentan al mismo con una perspectiva casi colonialista, pero expectantes de que ese problema no entre por sus fronteras. Villeneuve une todos esos conceptos para crear uno de los thrillers más impecables de los últimos años.


Corresponsal en San Sebastián,

NACHO VÁZQUEZ LUNA

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