Sobre ‘Una Segunda Madre’ y la luminosa humanidad.

En la anterior entrega de este pequeño cuaderno de bitácoras que se erige como una especie de islote editorial entre las publicaciones periódicas de La Llave Azul, reafirmamos la necesidad de que el autodenominado “cine de neón” perviviese como uno de los pilares fundamentales del séptimo arte y aprovechamos entonces para divagar sobre una película tan necesaria y visualmente estimulante como era ‘Lost River’. Sin duda, el equipo de esta web y un servidor seguimos convencidos de que ese cine es el cine del que queremos (y según nosotros, debemos) hablar pero hay otro conjunto de largometrajes que también nos resultan extraordinariamente estimulantes: el cine que sirve como reflejo de nuestra actualidad, como catalizador de un mundo en constante cambio. Y dentro de esa ambición, la realidad cinematográfica (y cotidiana) se puede afrontar de dos maneras, siempre con claridad pero o bien apostando por planteamientos fríos, tajantes y oscuros (Haneke es uno de sus actuales máximos exponentes) o por disecciones sinceras en clave de luminosa humanidad. ‘Una segunda madre’, premio del público en la última Berlinale, pertenece a este segundo subgrupo: emociona y rompe al espectador con la ternura de quien sabe contar con delicadeza y entereza las problemáticas más terroríficamente arraigadas de nuestra sociedad.

Anna Muylaert rompe en ‘Una segunda madre’ con la creciente tendencia del cine latinoamericano hacia la violencia social, brusca y seca y apuesta por crear un relato positivo que, sin embargo, no renuncia a llevar a cabo una certera, cruda y profunda crítica hacia el cinismo con el que la sociedad brasileña (no con exclusividad) afronta la diferencia de clases. No obstante, la ambición de Muylaert no se limita al terreno narrativo sino que afortunadamente no es difícil desentrañar un uso acertado de los recursos y metáforas visuales que convierten el film en una muy atractiva joya. El que iba a ser su título inicialmente – ‘La puerta de la cocina’ – responde precisamente a una de esas muestras de sensibilidad de las que hace gala la Muylaert realizadora; durante la mayor parte de los 110 minutos de metraje observamos como la cámara se esfuerza por dejar claro las distancias entre el personaje de Val – que interpreta con un músculo, tanto cómico como dramático, maravilloso y emotivo Regina Casé – y la familia para la que trabaja. Distancias que solo se rompen en los momentos que comparte con Fabinho, el hijo de dicha familia (con el que guarda la, probablemente, única relación totalmente sincera y afectuosa de la cinta), además de en un revelador momento hacia el final del largometraje brasileño que emociona desde una austeridad formal y narrativa sorprendente.

Precisamente son las relaciones y todos los sentimientos humanos que las rodean, el verdadero centro sobre el que pivota el conflicto de esta ‘Una segunda madre’: la tesis que respalda que la familia no se puede elegir pero que siempre va a estar ahí se enfrenta a cuestiones tan poderosas como la ausencia, la supervivencia y el sacrificio estableciéndose así un intercambio de papeles en el que los lazos materno-filiales más puros no corresponden estrictamente a los de sangre. Y desde un punto de vista emocional pero objetivo que sigue, aún de forma externa, la perspectiva de la protagonista se nos plantean una serie de debates éticos sin conclusión cerrada que abordan desde el conflicto generacional previo y necesario a la modernización de toda una nación hasta el significado de ser, y tener, madre con las consecuencias que eso implica. ¿Es Val más madre de Jéssica, su hija biológica de la que ha vivido separada casi toda su vida, por haberla concebido o de Fabinho, con el que de verdad ha permanecido?

‘Una segunda madre’ tiene vocación de pequeño gran éxito pues sabe combinar con tino la captación sentimental del gran público con la exitosa búsqueda del buen gusto. Su fórmula es la de un ‘crowd-pleaser’ refinado y reposado, con un poso agridulce que acaba por erigir el film de Muylaert como una sorpresa, no solo agradable y fresca para las tardes de este verano de superproducciones, sino también realmente trascendente y, pese a algún giro dramático forzado, sincera.

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