Escribe. Lee. Vive.

“But, oh, my love, don´t forget me when I let the water take me” era uno de los versos finales de la canción que Florence and the machine escribió inspirándose en el suicidio de Virginia Woolf, un canto dolorido sobre la mente atormentada. El agua se llevó a Virginia Woolf pero su genio se quedó con nosotros. Un 28 de marzo de 1941 Virginia decidió desaparecer, al día siguiente fue encontrado su cuerpo. El último gran gesto de rebeldía porque en sus propias palabras “no hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”

Brillante autora que supo renovar la literatura moderna apelando al monólogo interior, al constante flujo de pensamientos de sus personajes, antes que a la acción. Desaparecida la acción, sólo nos queda la palabra.  Sobre todo, la palabra interior, inconmensurable, intangible, rebelde, libre. Virginia construyó en La señora Dalloway un mundo interior complejo e inabarcable, un torrente de pensamiento en las 17 horas de vida de una mujer, una mujer que decidió comprar flores por si misma. Michael Cunningham, ganador del Premio Pulitzer bebe de la autora, la asimila, para construir Las horas, una obra sobre tres vidas, sobre tres mujeres, en un sólo día.

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Es innegable que la literatura corre por las venas de la obra de Michael Cunningham y, en consecuencia, por la majestuosa película de Stephen Daldry. Es su sangre, la alimente y le da vida. Porque Virginia Woolf (Nicole Kidman) escribe La señora Dalloway, Laura Brown (Julianne Moore) la lee, y Clarissa Vaughan (Meryl Streep) es la señora Dalloway. Las horas bebe del estilo de Virgina Woolf para retratar a tres mujeres complejas y poderosas. Tres mundos interiores conectados de alguna manera, pero no de forma evidente, sino en su esencia. Al final, los destinos de estas tres mujeres son completamente diferentes, incluso su forma de ver la vida lo es. Virginia se suicida, Laura lo intenta pero es incapaz y Clarissa ve horrorizada como su amigo Richard se suicida ante sus ojos.

Tres historias que comienzan con un desayuno, que desarrollan la celebración del algún tipo de fiesta (la visita de la hermana de Virginia, el cumpleaños del marido de Laura y la fiesta de Clarissa en honor de Richard) y acaban sumidas en la más profunda de las tristezas. Virginia, Laura y Clarissa, tres mujeres atrapadas, por una enfermedad, por una vida que no siente suya y por un amor (devoción) que no le es correspondido, respectivamente. Aunque para Virginia y Laura el final del día es liberador, una se deja llevar por el agua, la otra decide abandonar a su familia una vez de a luz. Clarissa es la única incapaz de tomar las riendas de su vida, porque su vida la ha atrapado, en un amor de verano que no le dio la oportunidad y en una relación longeva pero desgastada. Atrapada como la propia señora Dalloway, incapaz de obtener a su ser amado, atrapada en su vida que se le hace pequeña, una mujer que parece indestructible en su día a día y que se hunde por dentro.

1923/1941. En el primero de los años Virginia Woolf escribe una de sus mejores novelas, La señora Dalloway, y en el segundo pone fin a su vida. A pesar de su enfermedad mental, o gracias a ella, Virginia fue siempre una mujer irredenta, incombustible, viva. Dedicó su vida a las letras y formó parte del interesantísimo grupo de Bloomsbury, de carácter interdisciplinar. Una mente brillante acosada por una enfermedad mental que la lleva a cometer dos intentos de suicidio previos a este año y un marido, Leonard, que vive con el miedo a un tercer intento. Una mente brillante acosada por la muerte, o por la idea de la misma. Ella misma confiesa que decidir sobre su muertes, es decir, sobre su vida, es una de las últimas decisiones lúcidas de las que se puede hacer responsable.

1951. Laura Brown aparenta ser la imagen perfecta de una mujer americana de los suburbios en los felices años 50. “Felizmente” casada y con un hijo, y a la espera de otro. La familia perfecta, en el barrio perfecto, con sus vecinos perfectos y su casa perfecta. Pero su familia no es perfecta, porque no la siente suya; sus vecinos no son perfectos pues ella está enferma y eso le impide tener hijos (y un beso fugaz nos deja atisbar que Laura, posiblemente, fuera más feliz con el amor de una mujer); y su casa no es perfecta simplemente por eso, porque es una casa, pero no es su hogar. ¿Depresión? Tal vez. Cuando llega al límite Laura decide suicidarse, su hijo, Richard, nota algo, quizá lo presiente, sabe que su madre no es feliz. Una habitación de hotel, La señora Dalloway y un río; la corriente quiere llevársela pero ella se aferra. No es fácil morir. Recoge a su hijo, da la fiesta íntima para su marido, decide abandonarlos en cuanto de a luz. Ella es el “monstruo” de Richard, pero Richard no es capaz de entenderla.

2001. Clarissa Vaughan compra flores para la fiesta de su amigo Richard, hijo de Laura Brown. Clarissa lucha cada día por su amigo y ex amante. Clarissa mantiene a duras penas su propia relación, y la relación con su hija. Richard le consume, pero también es su salvavidas. Es lo que hacemos todos. nos mantenemos vivos para los demás. Clarissa abre ventanas, prepara jarrones, le obliga a vivir y se olvida de su propia vida. Un día que dedica a Richard, es su día. Richard decide liberarla, ha sido suficiente para ambos. Richard, el gran escritor que utilizó su vida para su obra, decide que es suficiente. Una Clarissa que prefiere comprar flores y celebrar, rellenar el silencio, que enfrentar que Richard no puede seguir o que, a lo mejor, esa no es la vida que ella se había imaginado.

Mucho se ha hablado de la relación de los tres personajes con la muerte y el amor; así como sobre la bisexualidad de Virginia, la frustración de Laura y la relación lesbiana de Clarissa. Pero, al final, esos aspectos que forman parte de un conjunto mucho mayor. Stephen Daldry consigue trasladar a la gran pantalla ese universo, un mismo día en la vida de tres mujeres que bien podrían ser coetáneas. Un montaje que fluye de una escena a otra, que atraviesa puertas y conecta épocas. Una música de Philip Glass omnipresente que unifica y ambienta. Y un guión que permite el juego de tres épocas y que lejos de amilanarse se enfrenta a su original con dignidad (alguna de las frases más memorables no se encuentra en el libro original).

Toda la vida de tres mujeres en un solo día. Un sólo día. Y en ese día, toda su vida.

Una se suicida, otra lo intenta, otra vive.

Una ama, otra escapa, otra sueña.

Una escribe, otra lee, otra vive.

Las tres luchan.

LUIS FERNÁNDEZ.

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