Fantasía cromática | De ‘Lost River’ y el cine neón.

En algún momento de la trayectoria de este pequeño medio que es La Llave Azul acuñamos un término tan poco sutil como – y perdonad que peque de inmodestia – certero para englobar una creciente corriente cinematográfica con un discurso visual común que causaba en nosotros sensaciones especialmente gratificantes. El ‘cine de neón’ comprendería, si atendemos al aspecto más estrictamente técnico, aquellas películas cuya estética (visual y sonora) nos pasma y deslumbra tanto como la luz que emiten en la noche las lámparas fluorescentes del elemento que nos proporciona tan escueta denominación. Sin embargo, nuestro personal significado es más amplio: ‘cine de neón’ son todas aquellas películas que otorgan un valor especial al arte audiovisual como elemento indisoluble, incluso a veces prioritario, a la narrativa y aprovechan los medios que solo la cinematografía posee para, mediante la sobresaturación, sublimar la realidad, sus colores, sus luces, sus sombras y sus sonidos. Son, en resumidas cuentas, aquellos largometrajes cuyas imágenes palpitan, se sienten y asombran hoy día como hace ciento veinte años lo hicieron los Lumière y su ‘Llegada de un tren a la estación de La Ciotat’ o Meliés con ‘Viaje a la Luna’.

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Cuando ante el estreno de una película polémica de las características anteriores surgen comentarios negativos que acusan a la misma de vacía, insustancial, pretenciosa, ininteligible o inconexa por priorizar la experimentación, el juego y el cuidado de la imagen y el sonido frente a la narración tradicional me asalta la sensación de que se busca frenar la evidente y lógica evolución del cine como arte en un contexto, además, en el que los cambios tecnológicos asaltan, día tras día, una disciplina que – no hay que olvidarlo – se basa en la misma disposición tecnológica. La pintura, la escultura, la arquitectura, la música y la literatura han abrazado corrientes artísticas contrarias y cambiantes – efervescentes algunas y de un calado sumamente influyente otras – a lo largo de un desarrollo que se dilata miles de años en el tiempo. El cine, en cambio, parece obligado por ciertos sectores conservadores a continuar una línea severa, a permanecer en una “zona de confort” en la que se va abandonando el factor sorpresa en beneficio de la seguridad que ofrece seguir el manual de instrucciones de siempre.

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‘Lost River’ es un claro ejemplo de ‘cine de neón’; de un cine de ambición viva, arriesgada y dinámica, de traslación imposible a otra disciplina artística pero que, al mismo tiempo, conjuga de forma brillante todas y cada una de ellas. Tras ‘Lost River’ hay un director primerizo pero prometedor (y/o estrella interpretativa), Ryan Gosling, influido por sus múltiples y muy apreciables referencias; un músico que impone carácter, Johnny Jewel, y – probablemente lo más indudable – un maestro de la fotografía, Benoît Debie, con estilo e insobornable personalidad. Los tres se retroalimentan para formar un cóctel explosivo y mágico en el que se vislumbran destellos perfectamente integrados de Zeitlin, Del Toro, Refn, Lynch, Malick o Argento, ensamblados con voluntad de sinceridad. En un hipotético limbo entre la realidad y la pesadilla se encuentra el filme de Gosling, que persigue reformular la estructura artística y narrativa de los cuentos de hadas en un momento en el que, precisamente, Hollywood ansía lo mismo. Porque ‘Lost River’ es un relato fantástico de personajes arquetípicos y referencias propias de los cuentos clásicos que se esconde bajo la sugerente y bipolar apariencia de un sueño: dulce y esperanzador retrato de un héroe inesperado o desgarrador y cruel descenso a los infiernos de la realidad. Ingenuo y devastadoramente maduro: luz y oscuridad.

‘Lost River’ apuesta por un cuento de hadas dual, por un cine mutante envuelto de forma preciosista. Apuesta por un cine que tiembla, late y vibra: un cine abocado al éxito de la incomprensión.

Gosling no busca la verosimilitud de lo extrapolable a la existencia porque cuenta con la estimable coherencia de lo fantástico y así, ‘Lost River’ se impregna alegremente de un realismo mágico que le sienta estupendamente y hace valer su dualidad para crear un universo que acaba por erigirse rabioso como paradójicamente personal y, al final, conformar también un relato de aventuras, un templado thriller con trasfondo social de tremenda (y terrorífica) actualidad y un nostálgico y romántico ‘coming of age’ protagonizado por un triángulo de adolescentes espectaculares en su papel: Saoirse Ronan, Matt Smith y – apunten – Ian De Caestecker.

El relato transita por terrenos opuestos, aborda el contraste. Hay terror, tensión, amor y entre la penumbra inicialmente dominante, la voluntad de impregnar de vitalidad adolescente y esperanza una aguda y soterrada disección social.

Abordando una amplísima gama cromática, Debie dota cada plano de ‘Lost River’ de un simbolismo casi mitológico: la casa ardiendo, las imágenes antiguas que se repiten constantemente en la misma, el evocador club (¿Silencio?), las ruinas de la América profunda o el brumoso lago son imágenes poderosas, de textura onírica. Pero si los ambientes, los espacios y los vacíos son importantes, sorprende que el tándem Gosling-Debie apuesten de igual forma por dotar de gran importancia a los cuerpos humanos y a sus movimientos – en un nuevo contraste entre la sensualidad (Eva Mendes y Christina Hendricks) y la repulsión (Ben Mendelsohn) – ofreciendo al espectador más momentos sumamente estimulantes como los bailes a los que se entregan prácticamente todos los personajes en un momento u otro del filme bajo la atractiva y electrizante banda sonora de Jewel.

Gosling, Debie, Jewel y el afinado reparto conjugan lo físico con lo espacial en una película en la cual los cuerpos se funden en los colores del ambiente y las luces y las sombras conviven y se abrazan. En ‘Lost River’ el rostro y el movimiento tienen un valor expresivo único.

En su apuesta por caminar constantemente sobre la cuerda floja y abordar múltiples frentes, Gosling vacila en algún tramo pero se mantiene en pie gracias a su pasión latente que se manifiesta en cada minuto de una película mutante y encantadoramente imperfecta. De una película, vaya, valiosa y probablemente suicida que se lanza al vacío y vuela alto. Un trabajo creativo e hipnótico que invita a pensar que el cine no ha muerto, claro que no, sino que sigue creciendo.

2 Comments

  • Pablura Herrera 17 abril, 2015 at 23:51

    Se nota también la clara influencia de Nicolas Winding Refn, otro grande del “cine de neón”.
    Parece que el bueno de Gosling supo aprovechar sus compañías.
    Gran película y gran crítica, felicidades.
    Esperemos que la controversia generada termine por reposar del lado libre de mermelada y podamos seguir viendo trabajos de Gosling detrás de las cámaras.

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  • Sobre 'Una segunda madre' y la luminosa humanidad.La Llave Azul 25 junio, 2015 at 12:35

    […] entonces para divagar sobre una película tan necesaria y visualmente estimulante como era ‘Lost River’. Sin duda, el equipo de esta web y un servidor seguimos convencidos de que ese cine es el cine del […]

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