El gran escenario | ‘El ángel exterminador’

El teatro siempre ha tenido como puntal fundamental la capacidad de mostrar de forma inequívoca sentimientos fantásticos y pensamientos oníricos, siempre a través de una simbología, tanto estética como lingüística, propia y difícilmente trasladable a otras disciplinas artísticas. El espectador teatral siempre verá esas representaciones como algo singular y propio del teatro, no extrapolable a otras artes. Luis Buñuel, el maestro del surrealismo cinematográfico, fue capaz de ceñirse a reglas puramente teatrales para mostrar toda la increíble simbología bajo una obra tan aparentemente inofensiva como intrínsecamente compleja como es El ángel exterminador.

Buñuel, caracterizado por ser un director ácrata y sin estilo definible, pero sí con un territorio propio: el surrealismo, capaz de impregnar cada una de sus historias hasta definirlas como películas únicas. En esta ocasión, el director hace uso de las técnicas teatrales más rudimentarias para mostrar al espectador una historia de personajes bajo una premisa incoherente pero estéticamente teatral.

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El ángel exterminador hace uso de una única ubicación, como si en vez de una película, el espectador estuviera contemplando una obra de teatro con un único decorado, y el desarrollo de la historia fuera inherente a las interacciones entre los personajes.

De todos modos, Buñuel emplea ese único decorado por obligatoriedad para con su historia y por ello dota de sentido teatral a todo el conjunto. Los personajes, tras una primera escena en la que cenan en un comedor pasan al salón principal para un cóctel posterior y poder conversar, momento en el que el director prescinde de ese primer decorado para introducir al espectador de lleno en el escenario principal, realizando no solo al principio, sino durante todo el metraje, continuos barridos de cámara para que el espectador sea capaz de contemplar todo el gran salón, todo el decorado principal. Además, resulta evidente que dicho salón está construido como un gran cuadro en el que los personajes se mueven en primer plano, pese a tener un fondo, delimitado por muebles, paredes y ventanales.

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La premisa por la que los personajes no pueden huir de ese gran decorado principal no exime a que el espectador no conozca lo que ocurre en el exterior, en el que Buñuel vuelve a emplear una figuración teatral en la que las personas concentradas a las afueras de la mansión se sitúan de espaldas al espectador, como si estuvieran al borde del escenario, en los límites de un gran decorado. Esa decisión del director coloca al espectador en una situación decididamente consciente de la misma: no lo incluye en su obra ni quiere verlo influido por la historia; en este caso, Buñuel desea que el espectador haga de espectador, y que entienda que su labor es la de contemplar el caos que se representa.

Los personajes, encerrados en su decorado, no son capaces de discernir el paso del tiempo, haciendo de la atemporalidad de la historia un elemento clave para su comprensión teatral, en la que el encierro en el escenario forma parte de un elemento clave en la narrativa. Ni siquiera lo sabe el espectador, pueden haber pasado horas, días, semanas, pero el interés por la historia y el in crescendo de la situación no adolecen en ningún momento.

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Luis Buñuel es consciente de las limitaciones de un único decorado pero ajusta la historia a esa particularidad. Explota las acciones de los personajes para que sean capaces de luchar contra esas cuatro paredes, contra un gran escenario cruel, para huir de un falso decorado. Buñuel, no obstante, no solo impregna de surrealismo el argumento de la historia, sino de simbología religiosa que no va más allá de la propia visión directa de imágenes unidas completamente con la situación que viven los personajes.

Por si fuera poco, es el propio Buñuel el que decide liberar la historia al final pero engaña tanto a los personajes como al espectador, repitiendo la estructura que ha mantenido durante todo el metraje, haciendo evidente que no hay mayor escenario que el que decide el propio director.

Jonathan Sedeño

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