Esto no es una película | ‘Dogville’

La traición de las imágenes (1928–1929) es una serie de cuadros de René Magritte. De ellos, uno de los más famosos nos muestra una pipa, y bajo ella la inscripción “Ceci n’est pas une pipe” (esto no es una pipa). El autor, que recibió muchas críticas por tamaña osadía, se defendía explicando que su cuadro mostraba la representación de una pipa, no una pipa en sí. ¿Acaso puede el observador de la obra llenar la pipa y fumarla? Obviamente, no.

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Lars Von Trier, en Dogville, juega con esta idea y lo hace desde una doble vertiente. Por un lado, nos hace plantearnos si aquello que vemos en la pantalla es un objeto o se trata de su representación. Supongamos que una de las actrices sostiene una taza. Para ella, esa taza es el objeto, pero para el espectador ¿es una taza o su representación? Si hacemos caso a Magritte, deberíamos contestar que se trata su representación (no podemos llenarla de líquido y beberlo). Pero Von Trier decide que, si el espectador está ante una representación, ¿por qué no llevarlo al extremo y que también el actor se mueva entre representaciones? ¿Para qué construir una ciudad si con su representación, como si de un plano, se tratara es más que suficiente?

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Von Trier sabe que si dibuja sobre un suelo de pizarra el contorno de un perro, el espectador situará al animal en la escena. Es la representación de una representación. Y esa es la segunda vertiente. Podemos suponer, sin temor a equivocarnos, que cuando el director danés utiliza este planteamiento visual no lo hace únicamente como un capricho. Juega con pocos recursos, pero son los que necesita, y lo hace de una forma precisa. Como en una obra de teatro.

Porque el teatro es representación. Si viendo a un actor sobre un escenario somos capaces de viajar en el tiempo, de asistir a bailes en cortes imperiales o de disfrutar de un soleado día al aire libre, ¿por qué no mover Dogville a una especie de espacio teatral? Porque Dogville no es teatro en el cine, es utilizar la narrativa teatral para la gran pantalla. En ese escenario, entran y salen personajes de plano, pero lo hacen sin telón.

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La representación del espacio

El prólogo de la película, con su acercamiento cenital a la ciudad de Dogville (Colorado) ya nos prepara para lo que vamos a vivir. Con escasos objetos y en un espacio cerrado recrea calles, caminos, objetos y hasta seres vivos. Los actores abren puertas y ventanas imaginarias, pasean por calles delimitadas por marcas de tiza. Pero vemos coches y camiones entrar en escena; vemos manzanas, cadenas de hierro y figuritas de porcelana.

DogvillePhoto:  Framegrab

A medida que avanza la película nos vamos dando cuenta de hasta qué punto Von Trier exprime la idea de la representación. Porque la tiza es su aliada en la definición del espacio, pero éste lo va completando el director danés con objetos sencillos y comunes. A través de algo tan simplemente bello como es una manzana, Von Trier representa la traición; las figuritas de porcelana son armas de castigo, y representan dolor. Como en el teatro, vemos mucho más de lo que realmente hay en pantalla.

Los actores: interpretación y representación

Cuando en el teatro se sube el telón, los actores pasan a ser los protagonistas principales de la acción. Dialogan, interpretan. Entonces, imaginemos un escenario en el que se cruzan y relacionan Paul Bettany, Lauren Bacall, Stellan Skarsgård, James Caan, Ben Gazzara, Jean-Marc Barr, Patricia Clarkson, Jeremy Davies, Philip Baker Hall o Zeljko Ivanek (entre otros). Nombres de altura para un gran reto: interpretar a seres bondadosos (buenos vecinos, transigentes y dispuestos a ayudar), que lucen ese hermoso espíritu como una sutil capa de pintura. Ese grupo acoge a una dulce Nicole Kidman, frágil y perseguida.

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Los brazos abiertos y buenas intenciones se transforman en una especie de prisión y en todo tipo de maltrato. Los actores interpretan a personajes que representan lo peor del ser humano: el abuso del poder, y la sumisión al maltrato, como los más evidentes. Pero, sobre todo, representan la mentira. Los vecinos de Dogville esconden su mezquindad bajo ínfulas de filósofos, de abnegadas madres de familia, de jóvenes con buenas intenciones. Su mentira va borrando todo la ingenuidad que hay en Grace (Nicole Kidman), hasta convertirla en un ser sometido, a base de violaciones, traiciones y humillaciones. Caras sonrientes de día, crueles bajo el amparo de la noche. Cuando la luz va disminuyendo en el escenario que ha creado Von Trier, más claramente vemos a los personajes que lo pisan.

Grace

En el acto final, Grace se enfrenta a su debilidad y los que, en realidad, son más débiles que ella. Grace ya no es la joven temerosa que huía, acepta su bagaje, y se rebela. En ese momento, se unen la Grace interpretada y la representada. Un ser fuerte, de buen corazón, pero que no admite la mentira y excusa de aquellos que dicen querer ayudarla. Esta reacción de Grace se escenifica como en el teatro, sin efectos especiales (aparentes).

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Con el fundido negro del final, Von Trier baja el telón, pero deja interrogantes sobre las acciones de Grace. En este caso, el final de la película representa el final de una huida y, a su vez, el inicio de una nueva vida, sobre la que asume el control y las consecuencias. Al final nos queda la duda: ¿era todo teatro? ¿Era solo cine?

Immaculada Pilar

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