¿A qué suena el Oscar?

Analizamos las cinco contendientes a relevar a Steven Price (Gravity) en el Oscar a mejor partitura original. ¿El año del siempre eficiente Desplat? ¿El retorno de Hans Zimmer? ¿o el reconocimiento a dos semidesconocidos como Jóhannsson y Yehrson?

Interstellar (Hans Zimmer)

Como toda la buena ciencia ficción, Interstellar utiliza lo fantástico para hablar sobre lo humano. Pese a su tendencia a la espectacularidad, podría afirmarse que Nolan está más interesado en el intimismo que en la épica, o, quizá, en la mezcla perfecta de ambas. Lo mismo se puede decir de su extraordinaria banda sonora. En la inmensidad del espacio interestelar solo escuchamos las minimalistas composiciones de Hans Zimmer (aquí en un tono muy diferente a lo que nos tenía acostumbrados últimamente) casi en contradicción con la grandilocuencia de las imágenes. Con unas sencillas pero pasmosamente bellas melodías, la música de Interstellar se revela como la clave para descifrar la película: el increíble viaje a través del espacio-tiempo del protagonista es solo una mera excusa para llegar a su corazón.

ALFREDO MARTÍNEZ

The Imitation Game (Alexandre Desplat)

El prolífico Alexandre Desplat este año ha logrado lo que tantos años ha merecido: una doble nominación al Oscar (por esta Descifrando Enigma y por El Gran Hotel Budapest). Descifrando Enigma es el Desplat más clásico, que se acerca a la historia y a sus personajes alternando las melodías de piano, más intimistas, con las que retrata la personalidad obsesiva de Alan Turing (“Alan”, “Alone with numbers”) y orquestaciones con las que transmite la tensión de un entorno en guerra (“The imitation game”, “Decryptig”). Estamos ante un Desplat evocador, solemne o nervioso, según lo requiera la narración de la película, a la que se adapta de una forma conmovedora y muy expresiva.

IMMACULADA PILAR

El gran hotel Budapest (Alexandre Desplat)

No es habitual que el nombre de un compositor tenga peso en un film, si bien su labor es una de las más importantes en la elaboración del mismo. Su trabajo suele ser escasamente reconocido por los espectadores o relegado inmediatamente a un segundo o tercer plano en beneficio de la inmediata visualidad del medio cinematográfico.
Sin embargo, en la construcción de la atmósfera que rodea una película la música tiene un componente vital. En el buen trabajo de un compositor reside la potencial inmersión del espectador en el mundo que la película está intentando crear. Por lo que, si me permitís esta opinión personal, su importancia iguala la calidad interpretativa y narrativa.
Alexandre Desplat, probablemente el compositor más prolífico hoy en día, se ha ganado un hueco en la industria por méritos propios. Sus composiciones agradables y melódicas normalmente coronadas por la calidez del piano parecen ser la excepción a la regla que he expuesto en el primer párrafo. La audiencia ha conseguido conectar con Desplat de una manera inusual (casi equiparable a la relación espectador-compositor que la Historia del cine ha permitido que se establezca con John Williams). Si bien mi pasión por la armoniosa sensibilidad de Desplat apenas me permite ser objetivo, su trabajo para “El Gran Hotel Budapest” supone un cambio radical en su estilo que merece ser analizado.
Una película tan estilizada y kitsch como “El Gran Hotel Budapest”, en la que su fuerza visual va desde la peculiaridad del frame hasta el uso del color requiere de una composición lo suficientemente bizarra y poderosa para llamar la atención por encima de lo que el ojo puede ver. El trabajo de Desplat está repleto de referencias al estilo musical barroco sin por ello renunciar a la inclusión de un componente de identidad cultural -con obvias alusiones a la música popular de Europa del Este-. Por otro lado, un ritmo acelerado y el constante uso de instrumentos de percusión proporciona a la composición un carácter contemporáneo que sorprende en contraste con su más puro clasicismo.
Quizás lo más chocante –y brillante– sea la constante variación de estilos ya no solo dentro del propio álbum, sino de cada track. Desde el coro masculino, palmadas y ritardandos-accelerandos de “No Safe-House” y “Traditional Arrangement: Moonshine” -inmediatamente reminiscentes del himno popular comunista “Katyusha”- hasta el dinamismo e incesante continuidad de “A Prayer for Madame D.” o “The New Lobby Boy” y su carácter bachiano proporcionado por el uso del clave. Predominan los vals y existe un enorme interés en el uso de las cuerdas y la percusión como voces principales en la prolongación auditiva de los sentimientos de unos personajes acechados por la ansiedad y la histeria. Las voces corales masculinas y el uso del órgano suponen un contrapunto en piezas como “Canto at Gabelmeister’s Peak”, en la que el estilo gregoriano también se hace hueco por unos instantes en esta deliciosa locura musical de una hora de duración.
En el incesante desfile de estilos que la música de “El Gran Hotel Budapest” supone, Desplat introduce ciertas piezas melancólicas y pausadas que inmediatamente suponen un contraste con el frenesí por el que la práctica totalidad de la composición se caracteriza. Estas piezas llaman a la calma y parecen parar por unos instantes la incesante “carrera” que es la película de Wes Anderson. “Third Class Carriage” es uno de los ejemplos más claros en el que Desplat niega por unos instantes la opulencia del mundo que se ha estado construyendo.
Pero son pocas las “islas” en medio de este océano de delirio y divertimento. La partitura de Desplat es rica en matices, siendo el oyente casi capaz de saborearla o tocarla. En toda su complejidad activa más de un sentido y aporta a las imágenes que acompaña un carácter jolgórico y una frescura difícilmente equiparable a cualquiera de las otras partituras nominadas.
Siendo su doble nominación una buena señal en lo que a posibilidades respecta, Desplat debería ganar su primer Oscar por “El Gran Hotel Budapest”, difícil y deliciosa, brillante e inusual.

MIGUEL A.

La teoría del Todo (Jóhann Jóhannsson)

Deliciosa y delicada. Así es la obra de este autor islandés que muy pocos trabajos a realizado en la meca del cine, aunque el año pasado ya daba un paso importante al crear una música angustiosa para el portentoso thriller Prisioneros. Funciona de forma magistral tanto dentro como fuera de la película. Le aporta un empaque emocional calmado y sereno pero efectivo. Sus acordes tremendamente melódicos suaves y dulces recuerdan al movimiento de los planetas y las estrellas, inspiran a creer en un mundo mayor del que percibimos. Su gran proeza es que, como la película, tiene más capas de las que en una primera escucha se presuponen. Así como el guión de la película habla del tiempo, de la fortaleza o del amor, la banda sonora nos remite a estos mismo temas, construyendo una pequeña sinfonía que acaricia el oído del espectador, mía y guía, emociona y contextualiza. Piezas como “A game of croquet”, “The Origins of time” o “Forces of atraction” bien valen un Oscar y no sería extraño que se alzara con el mismo. Con permiso de Desplat y Zimmer, el suyo es uno de los mejores trabajos del año y el que mejor funciona fuera de la película. Simplemente hermosa.

LUIS FERNÁNDEZ

Mr.Turner (Gary Yehrson)

El concepto de género influye directamente en la música que se va a utilizar en una película. Mr. Turner es una biografía, y por tanto, podría englobarse dentro de una corriente industrial que condicionaría su banda sonora, sin permitirle demasiadas licencias ni experimentaciones. Sin embargo, pocos trabajos tan artesanales como el de Mike Leight nos hemos encontrado esta temporada, y en su condición atípica, goza de una libertad inesperada en todos sus aspectos. Esto incluye la música de Gary Yehrson, que había trabajado con Leight en Topsy-Turvy, Happy, un cuento sobre la felicidad y Another year, compuesta casi básicamente por dos temas cortos orquestados de distintas formas: el principal, el del duelo, constante, que persigue al protagonista incansablemente, y su leitmotiv, a veces se mezclándose entre ellos de forma muy tensional. Yehrson se manifiesta como discípulo de Arnold Schönberg con el uso de las cuerdas y vientos atonales, creando una composición atmosférica muy expresiva, de un cromatismo impresionista. Una banda sonora muy coherente para ilustrar la vida de un pintor que rompió cánones, que se reveló contra la tradición anterior, y en una película que quiere liberarse de las convenciones del biopic.

SOFIA PÉREZ

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