La vida en rosa en El gran hotel Budapest

Wes Anderson siempre ha sido capaz de abarcar los temas más tristes con un optimismo y una belleza muy personal. En El Gran Hotel Budapest retrata, desde Zubrowka, una imaginada república europea, una época sombría de la Europa que se adentraba en la II Guerra Mundial. La invasión por parte de fuerzas militares, vista como una pérdida de la propia identidad, la desaparición definitiva de una forma de vivir y entender la vida, todo ello está reflejado de una forma sutil en la película. La añoranza de un tiempo mejor se intuye en ese tono ligero, impregnado de melancolía.

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Y esa añoranza, esa melancolía, la expresa Anderson mediante el uso del color rosa. Gustave H. (Ralph Fiennes) es ese “truhan y señor” que ama la vida y ama el amor, que se aferra a un mundo en vías de extinción, que se viste con los restos de la vida decadente de los demás. Ese estado de ensoñación, en el que ignora todo lo que sucede fuera del hotel, pero se siente protagonista de todo lo que sucede dentro, está teñido por todas las gamas del rosa.

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El relato en rosa.

Como si de una muñeca rusa se tratara, la película pone imágenes al libro escrito por Tom Wilkinson (al que conocemos como Autor), y en el que relata su estancia en El Gran Hotel Budapest donde conoció a Zero Mustafa; quien, a su vez, le relata sus comienzos como botones al lado de Gustave H. El libro, por supuesto es rosa. Y tras una introducción con el personaje de Wilkinson, vemos una imagen que resulta más real de la pedregosa fachada del Hotel. En la siguiente imagen que tengamos de él, cuando comience el relato de Jude Law (el Autor en su juventud) ya se habrá convertido en esa especie de pastel de merengue con sirope de fresa que nos acompañará durante casi toda la película.

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El interior del Hotel, con la habitación de Madame D (Tilda Swinton) como ejemplo, los detalles en el vestuario de los botones y mayordomos, etc., el rosa es el tono del relato, colorea el recuerdo tan querido para Mustafa, y marca los delirios de Gustave, cuyo rostro presenta un saludable pero marcado tono rosado. Además de ese mundo de ficción que se pretende crear para su propio uso y disfrute, sus sentimientos se proyectan también en ese color.
Un ejemplo de ello es el interior del ataúd de Madame D. Es cierto que la define como su más apreciada amiga, pero en ningún momento el luto se deja entrever en sus actos o en sus palabras. Gustave acepta su pérdida honrando su memoria, pero la pena no tiene cabida en su realidad. Y es en el trayecto entre el Hotel y la residencia de la finada Madame D donde asoma su fea cabeza. Lo hace en forma de ejército invasor, y es la primera escena sombría de la película.

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También los familiares de Madame D visten oscuros ropajes, y aunque podríamos achacarlo, en este caso sí, al luto, detalles como los labios pintados de negro de una de las hermanas de la fallecida, y el hecho que sus rostros sean más sombríos que los del dúo protagonista, nos ayudan a reconocer la negrura de espíritu de estos personajes, movidos por intereses mucho más mundanos.
El segundo testamento de Madame D, que beneficia a Gustave H, y que le permitiría entregarse a una vida de plena lujuria y disfrute, está escrito en papel rosa. También lo están las notas de Kovacs (Jeff Goldblum) sobre el legado Madame D. Son la llave del futuro soñado por el personaje de Fiennes, y una última voluntad que implica toda una declaración de amor.

Agatha, el nexo con la realidad.

El personaje de Agatha (Saoirse Ronan) hace las veces de nexo dentro del relato: para Zero, y para Gustave, su relación con ella es el áncora con la realidad. Para el primero porque le salva de caer en esa negación permanente en la que vive Gustave H; y para este último porque, a través de ella, recobra su libertad.

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En Agatha también hay rosa (en su camisón, en su abrigo). Es un tono más apagado, pero que la señala convenientemente como la mujer de quién se enamora Mustafa. Que trabaje como repostera en Mendl’s no pasaría de ser anecdótico, si la pastelería no fuera clave para obtener su libertad. ¿Y de qué color son las cajas de Mendl’s?
“Su mundo había desaparecido mucho antes de que él llegara.”
Esta frase la pronuncia Zero Mustafa hacia el final del relato refiriéndose a quien fuera su mentor y, precisamente, en esos momentos finales la película presenta colores menos saturados, menos rosáceos. Anderson nos señala así el final del cuento.

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El director leyó y se basó en muchos relatos de Stefan Zweig. Sin embargo, el autor vienés, viviría con un profundo pesar la expansión nazi, hasta el punto de acabar suicidándose en el año 1942. La pérdida, para él irreversible, de la cultura europea que él había conocido y su rechazo del poder militar, entre otras muchas cuestiones, están presentes en su obra. Anderson contrapone el negro y el gris con los rosas para lograr transmitir en un lenguaje visual las mismas impresiones. La despreocupación y la irrealidad, enfrentados a los intereses más oscuros y destructivos. Al final, la realidad parece reequilibrarse y admite todos los matices, pero existe una última sensación de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

IMMACULADA PILAR COLOM

2 Comments

  • belen 21 febrero, 2015 at 18:05

    Aire nuevos,cn unos articulos impresionantes….enhorabuena @inmacolom!!

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    • Imma 22 febrero, 2015 at 14:52

      Un honor que me dejen colaborar, Belén <3

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