Birdman (Alejandro González-Iñárritu, 2014)

CRÍTICA DE ALFREDO MARTÍNEZ:

Como la leyenda del Fénix

Son varios las páginas que han sido dedicadas a reflexionar sobre el propósito último del artista. Existe cierta visión bastante compartida que afirma que el arte es una forma que tiene su creador de conjurar sus propios fantasmas. Personalmente, no creo que esto suceda en la gran mayoría de los casos.

No obstante, el protagonista de Birdman, Riggan Thomson, actor que claramente ha vivido tiempos mejores, sí parece utilizar el arte con fines terapéuticos: su último proyecto, una adaptación teatral del cuento de Raymond Carver. De qué hablamos cuando hablamos de amor aún en ensayos, es, en última instancia, un intento de dar un giro corrector a su desviada carrera y, como averiguaremos a medida que vayamos conociendo a su personaje, su manera de intentar reconciliarse con sus seres queridos y, por ende, consigo mismo.

La última película de Alejandro González Iñárritu cuenta las peripecias que atraviesa esta vieja gloria para intentar escapar de su sambenito de actor sin talento que encarnó al enésimo superhéroe plano de Hollywood, Birdman, convirtiéndose en un dramaturgo capaz de crear algo auténtico, algo cargado de verdadero significado: arte, porque, quizá, el arte sea la máxima expresión de uno mismo. ¿Y quién mejor para dar vida a este actor que después de un gran éxito (Birdman) cayó en la desgracia a menos que un actor que después de un gran éxito (Batman) cayó en la desgracia? Michael Keaton ha nacido para interpretar un papel con el que probablemente se identifique demasiado y su extraordinario trabajo le ha proporcionado esa redención y relanzamiento que precisamente busca su personaje.

Riggan es un ser completamente perdido: su trayectoria profesional claramente tomó el rumbo equivocado y su vida personal es la historia de una derrota. Puede que ya no haya vuelta de hoja para él: la redención se antoja una tarea hercúlea. La obra que prepara posiblemente sea su última oportunidad de cambiar las cosas, y él es consciente de ello. Es por ello por lo que Birdman se siente casi como un ultimátum. La ruina asoma por todas partes y se palpa el desasosiego en una puesta en escena que oprime al espectador aspirándole el alma.

En un alarde de auténtico maestro, Iñárritu, traslada la tensión y el caos del protagonista al público componiendo la película prácticamente a través de un único plano secuencia (en realidad son varios sutilmente enlazados como ya hiciera Hitchcock, el maestro de maestros, en La Soga) de dificilísima ejecución y digno de ser estudiado, que desde ya es parte de la Historia del Cine. Por si esto no fuera suficiente, la mayor parte de la película se desarrolla en espacios cerrados y reducidos mientras suena machaconamente (pero por favor que no pare) una pieza de jazz que parece no tener fin ni tampoco principio a ritmo del baterista Antonio Sánchez. El espectador es arrastrado sin remedio por la espiral autodestructiva del protagonista, entrando de lleno en su mente y sin poder distinguir entre la realidad y las ensoñaciones de una película de esquinado lirismo y realismo mágico.

Birdman es un auténtico tour de forcé de un hombre en busca de significado y redención (¿resurrección?), aunque ésta llegue mediante la ficción (o no,) que a su vez redime (y resucita) las estancadas carreras de su actor principal y su director.

Arte con fines terapéuticos, arte que habla del propio artista, arte que ahuyenta a los demonios de éste, arte que se mezcla con la vida difuminando sus fronteras… Véanlo como quieran, pero, en cualquier caso, Birdman es arte, arte que salpica a su público con sangre metafórica y real.

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