Noche en el museo: El secreto del faraón (Shawn Levy, 2014)

CRÍTICA DE LUIS FERNÁNDEZ:

1, 2, 3… ¡a Londres esta vez!

Quizá Noche en el museo no sea una de las sagas más recordadas de la historia del cine ni sus recaudaciones hayan sido extraordinarias, pero si algo no se le puede negar ha sido su honestidad con respecto a su premisa. Si bien, podemos encontrar rasgos de cansancio en la misma a lo largo de las tres películas que (al menos de momento) la conforman. Hacemos aquí un pequeño repaso a la saga acabando con el último capítulo Noche en el museo 3: El secreto del faraón.

Habla quién no disfrutó especialmente de las dos primeras ediciones de esta fórmula. Una fórmula, que como parece evidente, ofrecía unas posibilidades enormes. No deja de ser una versión musealizada de la idea de partida de Toy Story, pero no se puede negar que todos los personajes de carácter más o menos histórico que nos ofrece la paleta de exhibición de un museo son, a priori, mucho más ricos que una serie de juguetes. Dicho esto, el problema de la trilogía de Noche en el museo ha sido un problema de ejecución, al no saber sacar el partido necesario a un material de partida inmejorable. La imaginativa idea desborda a la imaginación de quién las ha hecho y las películas tienden a quedarse cortas en su desarrollo y locura.

Quizá su talón de Aquiles resida en un protagonista demasiado esquemático y baladí que apenas aporta emoción a la trama de las películas. Ben Stiller ha interpretado con corrección a un personaje que hemos visto demasiadas veces: el padre divorciado incapaz de otorgar cierta estabilidad a su hijo y que ve como su vida cambia gracias a un acontecimiento fantástico. Salirse de una descripción tan encorsetada y anodina es complicado.

Si bien, no negaremos que lo variopinto de los personajes secundarios si consigue crear momentos de verdadera comicidad y algunos de ellos dejan entrever lo que podría haber sido esta saga con un mejor guión y algo más de empeño. Es imposible no sentir un cierto cosquilleo al ver a la extraña pareja formada por Owen Wilson y Steve Coogan, un vaquero y un centurión romano tamaño maqueta unidos en sus desventuras. O algunos de los cameos que consiguen soltar la carcajada tan deseada, como el de Dick Van Dyke, un guiño mágico para los adultos en la sala.  Es en estas situaciones donde Noche en el museo alcanza sus mayores cotas, lo cual hace que el resto de las películas resulten frustrantes.

Lo dicho hasta ahora sirve para cualquiera de los tres episodios, episodios amables y ligeros que harán  las delicias de los niños. Películas familiares bastante correctas pero que podrían haber aprovechado mucho más su material de partida.

Si nos centramos en el tercer episodio los signos de cansancio se evidencian y, aún así, consigue los mayores momentos de verdadera honestidad de toda la trilogía. Como la fórmula en el mismo museo se agotaba (ya en la segunda película tenían que salir de sus muros para  expandir su universo), en esta tercera entrega la acción se traslada a Londres. Esto no es necesariamente malo, pero si suena a forzado, aunque de ello resulten ideas interesantes aunque parece que no intencionadas (el expolio llevado a cabo por las grandes potencias, la división de los grandes tesoros…).

Como sus dos predecesoras su inicio es costoso, parece que cuesta engrasar el motor, y cuando verdaderamente despega asistimos al pretendido espectáculo simplemente con una amable sonrisa y alguna carcajada solitaria (inolvidable el cameo más chocante de esta entrega, al verlo sabréis cual es).  Pero es su final el que consigue las cotas de mayor honestidad y verdadera magia y emoción  y el que, de alguna forma, redime los fallos del resto de la película. Si bien puede resultar facilón, al menos es coherente y nos acerca finalmente al personaje principal. Una nota de emoción que deja un buen regusto y una sensación de tristeza a su vez, de fin de etapa. Y esperemos que así sea. Porque es el final perfecto para una trilogía que no ha logrado explotar todo su potencial pero que si ha sabido transmitir parte de su magia. Un final que, como le sucede al protagonista, nos permite pasar página, mirar hacia atrás viendo las bondades de lo vivido y olvidando las adversidades del camino.

No se puede decir que haya nada verdaderamente malo en ninguna de las películas. Su mayor problema es resultar completamente olvidables. Son películas familiares la mar de correctas, que los niños disfrutarán enormemente y que para los adultos resultarán demasiado anodinas. Si has visto las dos anteriores, esta tercera vale la pena, porque alza el vuelo y  finalmente emociona. Si te has resistido a ellas, pues probablemente este tampoco sea el mejor momento. Su ligero encanto y humor de bajo filo desilusionarán a la mayoría, su tono amable y su logrado final emocionarán a unos pocos.

PD: ver a Robbie Williams una vez más en pantalla resulta mágico y más con su última frase. Una frase que hace honor al genio detrás de ella.

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