Desde el Zinemaldia | Día 7

El pasado sábado finalizó el Festival de San Sebastián, que desde La llave azul hemos estado siguiendo atentamente día a día, pero no queríamos dejar de comentar, a modo de recomendación (o no), algunas películas que vimos en las última jornadas. Acabábamos nuestro recorrido a la Sección Oficial a competición de forma agridulce, con la película Tigers, de Danis Tanovic, que trata un tema fundamental, pero falla en sus formas. Parece que, desde que ganara el Oscar con En tierra de nadie (2001), la presencia del cine siempre socialmente comprometido de Tanovic en cualquier evento cinematográfico importante es obligatoria. Sin embargo, habría que analizar si ello se debe a motivos humanitarios (en San Sebastián ha recibido el Premio de la Asociación de Donantes de Sangre de Gipuzkoa a la solidaridad) más que a puramente cinematográficos. Tigers comienza como un ejercicio de metacine (muy desaprovechado), en el que unos productores quieren hacer una película sobre un hombre pakistaní que empieza a trabajar en una gran empresa para ganarse una vida mejor, hasta que descubre que el producto que vende está matando a niños. Cuestión delicada donde los haya, la película no deja de ser un nuevo drama que nos muestra la tragedia de un hombre que se atreve a enfrentare a un gigante del comercio. Lo que quizás hubiese funcionado como un efectivo documental (material había para ello), se decanta por un trabajo de patrones más estadounidenses que europeos. Sin intención de restarle méritos a la película de Tanovic, el resultado de Tigers es confuso, quiere contar mucho en poco tiempo, y además, hacerlo desde la ficción (manipulada y manipuladora), lo cual le resta fuerza a la historia real que existe detrás.

Fuera de concurso de la Sección oficial se presentaba Murieron por encima de sus posibilidades, del polémico ganador en 2011 de la Concha de Oro por Los pasos dobles Isaki Lacuesta. El director aborda el tema de la crisis para desvirtuarlo de forma grotesca y enfocarlo desde el humor surrealista: un grupo de inadaptados, encerrados en un manicomio, deciden escaparse y tomarse la justicia por su mano para lograr un reparto equitativo de la riqueza mundial. Como si en un homenaje en versión cañí a La naranja mecánica (1971) se tratara, Lacuesta presenta un argumento supuestamente militante y revolucionario en el que, sin embargo, no acaba de dejar clara su postura ideológica. Una extraña miscelánea plagada de esperpénticos personajes, encarnados por un buen número de importantes actores del panorama español actual, que se dedican a reírse de sí mismos (poco más pueden hacer). Murieron por encima de sus posibilidades en es una película esquizofrénica, e irritante la mayor parte del tiempo, pero puede merecer la pena aunque solo sea por ver a su espléndido reparto coral, y algún punto logrado en un conjunto que no se puede tomar en serio (tampoco lo pretende), solo verse como una broma de gusto cuestionable.

Países bajo diferentes miradas

En un momento como en el que nos encontramos, en el que Boyhood marca una nueva forma de concebir el paso del tiempo en el cine, no podemos dejar de fijarnos en una película como Hijos de Caín, la ópera prima del húngaro Marcell Gerö, que se presentó en el Festival en la sección Nuevos directores. Gerö accede a las grabaciones de las confesiones de tres jóvenes condenados por distintos crímenes. Treinta años después, el director nos muestra a los protagonistas, ya convertidos en hombres, y cómo aquellos actos condicionaron sus vidas, a la vez que da una visión general de la situación del país, antes y ahora. Gerö enfrenta sus declaraciones del pasado con lo que piensan en la actualidad, dejando que se rellene así la elipsis de tres décadas que hay entre unas grabaciones y otras. El director mantiene una distancia moral, no trata de juzgar, sino de observar desde el respeto; pero, al mismo tiempo, se introduce en los momentos más íntimos que mantienen con sus hijos o sus parejas. En este sentido, no acaba de quedar claro cuánto hay de espontáneo en la película, y cuánto de reconstrucción. Es cuando hablan directamente y en solitario a la cámara, o cuando consigue muestras naturales de dolor, cuando la película alcanza las cotas del extraordinario estudio humanista y social que aspira a ser, pero que solo consigue a medias.

Terminábamos el Festival de forma potente pasando por Horizontes latinos con Matar a un hombre, de Alejandro Fernández Almendras, una de las películas más angustiosas que se han podido ver en los últimos tiempos, tanto por el tema que trata como por su forma de hacerlo. Fernández Almendras, otro director habitual en San Sebastián, que con su último trabajo ganó el Gran Premio del Jurado en World Cinema de Sundance, nos habla del acoso que sufre una familia por parte de un delincuente, hasta que el padre decide tomar una drástica decisión. Como comentábamos en Hijos de Caín, una historia individual sirve aquí también para analizar la situación en la que se encuentra la sociedad chilena. Con un ritmo que funciona como si de una bomba de relojería se tratara, Fernández Almendras crea la tensión a través de sofocantes planos fijos, así como en los planos secuencia en los que aplica con maestría con el fuera de campo. Un ejemplo de trabajo minimalista que aprovecha al máximo sus recursos, y juega a incomodar al espectador con maestría.

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