Desde el Zinemaldia | Día 6

Cuando ya llevábamos 6 días ininterrumpidos de Zinemaldia, empezaron a perfilarse los que pueden ser los trabajos favoritos de la Sección Oficial de esta edición, de los que hablaremos enseguida. Pero antes, cabe destacar la película con la que empezó el día, Felix y Meira, recién ganadora de la mejor película canadiense en el Festival de Toronto, de Maxime Giroux. Una romántica historia, casi a la clásica, pero en la que los personajes y las situaciones no atajan por los caminos típicos. De hecho, Giroux se toma su tiempo para crear todo un universo amoroso en 105 minutos, en el que lo más importante es aquello que no se dice, lo que se queda tras los silencios y las miradas. Su ritmo lánguido puede llegar a ser algo exasperante, pero si se observa con atención, en Felix y Meira ocurren muchas más cosas de las que puedan parecer a simple vista. Es destacable también el detalle con el que el director recrea la vida cotidiana de los judíos jasídicos, más que como una crítica a su extremismo, con un interés documental. El amor, el respeto, el perdón o la decepción son solo algunos de los sentimientos por los que transita esta película, que parece que pasa de puntillas por el Festival, pero que en el último momento, quizás podría dar alguna sorpresa.

Una de las películas que mejor acogida ha recibido ha sido Eden, de la directora Mia Hansen-Løve, un repaso musical al French House de los 90 de grupos representado por grupos como Daft Punk o M83. Inspirada en la historia de su propio hermano, Hansen-Løve simboliza en la figura de un chico, que durante 20 años trabaja como disc-jockey, la falta de evolución y la inmadurez patológica de una generación muy concreta, pero aplicable igualmente a la actual e inmediatamente posterior. La realizadora se introduce con realismo en el ambiente de los clubs, asociando el mundo de los dj y la música electrónica con la noche o las drogas, como algo que va unido inevitablemente. Ya se hacía referencia muy lúcida a ello en otra de las películas de los últimos años que mejor refleja esta situación, Berlin Calling (2008), sobre el dj Paul Kalkbrenner; pero mientras la cinta alemana de Hannes Stöhr jugaba a que el espectador descifrara qué era real y qué no, Eden se decanta totalmente por la ficción, en ocasiones cayendo en alguno de los tópicos de los relatos de éxito, caída y recuperación. En cualquier caso, es una de las películas más potentes del Festival, con algunos momentos realmente emocionantes. Un trabajo que mira el paso del tiempo con desconfianza, como si las cosas no hubiesen cambiado tanto desde unos años hasta ahora.

Era inevitable que una de las películas más esperadas del Festival (algo en gran parte motivado por las reacciones positivas generadas tras los pases previos al mismo) fuera el segundo trabajo de Carlos Vermut, Magical Girl. Tras haber protagonizado uno de los debuts más arriesgados y meritorios del cine español reciente con Diamond Flash (2011), la versión más realista, retro y almodovariana de una película de superhéroes, en Magical Girl Vermut vuelve a coger un género concreto, el thriller, para darle la vuelta y retorcerlo hasta hacerlo irreconocible; algo que, de paso, también hace con todo aquello que creemos entender del cine español en general. Con solo dos películas, Vermut ya se ha creado un universo totalmente propio en el que es muy sencillo identificarle. Se le reconoce a nivel temático, con el tema de las acciones que llevamos a cabo en nuestra infancia como catalizador de nuestra vida posterior; también a nivel narrativo, con la estructura de puzzle al que le faltan piezas que el espectador es el encargado de encajar; y el formal, con la utilización de largos y milimétricos planos, austeros, centrando la atención en los personajes y los detalles. Con Magical girl, sin ser perfecta ni redonda, es obvio que Vermut está depurando y estilizando su cine (eso sí, sin perder un ápice de personalidad). Y precisamente, en sus marcas reside su belleza. Imposible de abarcar en un solo visionado, ni de reflexionarla como sería necesario en pleno apogeo de un Festival, Magical Girl es un firme paso adelante dentro de nuestro cine. Hacia dónde, solo el tiempo lo dirá.

En las casas

Sección Oficial aparte, puede que una de las películas que más impresionó (y que, por otro lado, mayor ovación recibió durante y tras su visionado) de Zabaltegi fue la inclasificable Im Keller (In the basement), del siempre polémico Ulrich Seidl. Tras su trilogía Paraíso, Seidl pasa al documental más básico, algo que, en cualquier caso, tampoco abandona nunca del todo en su cine de ficción. El director, conocido por mostrar el lado más crudo y desagradable de la vida cotidiana, lleva en Im Keller su representativo carácter voyeur al límite, introduciéndose en uno de los lugares más íntimos de cualquier persona: los sótanos de sus casas. A través de lo que encuentra en ellos, Seidl nos presenta un fresco irónico y sórdido de la sociedad austriaca. Su gusto por las microhistorias y las narraciones paralelas es aquí lo que da forma al documental. Por supuesto, Seidl selecciona a los personajes más excesivos, no tanto para reírse de ellos, sino para poner al límite la resistencia del espectador. El magistral montaje de Christoph Brunner juega con los tiempos, los sonidos y las imágenes con un malabarismo milimétrico. En Im Keller está todo planeado, las cosas no ocurren de forma espontánea, el director sabe perfectamente donde colocar la cámara para potenciar lo más grotesco del discurso de los personajes. Nos encontramos de nuevo con el Seidl más provocativo, perturbador, pero también el más lúcido; provocará el rechazo de muchos, pero, si se entra en su juego, estamos ante una película de lo más retorcidamente disfrutable.

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