Desde el Zinemaldia | Día 4

La cuarta jornada de la Sección Oficial del Festival de San Sebastián dejó un buen sabor de boca con tres películas muy interesantes, cada una a su manera. Comenzamos con Phoenix, el nuevo trabajo de Christian Petzold, uno de los directores más importantes del cine alemán actual, por considerarse uno de los fundadores de la llamada Escuela de Berlín, movimiento práctico y teórico, muy general, iniciado por algunos de los alumnos de la Deutsche Film- und Fernsehakademie (Academia de Cine y televisión) en la última década del siglo XX. Sin embargo, su habitual acercamiento a temas contemporáneos desde un punto de vista entre realista y metafísico, en Phoenix, como ya se empezó a vislumbrar en su anterior película, Bárbara (2012), se transforma en academicismo depurado, potenciado por el cambio temporal de sus historias, que ahora exploran el pasado de su país. Con un guion co-escrito, como algunos otros de su filmografía, con el recientemente fallecido director experimental Harun Farocki, Petzold afronta con valentía un relato difícilmente verosímil, trágico y profundamente dramático, que arranca de forma espléndida, pero cuyo nivel baja considerablemente en su segunda parte, cuando la película da un giro hacia el intimismo teatral. Petzold, sin embargo, se guarda un as en la manga para con una emocionante resolución a base de miradas (algo parecido a lo que hacía también en Bárbara) que difícilmente deja indiferente. Phoenix supone además la sexta colaboración de Petzold con la camaleónica actriz Nina Hoss, sublime en un papel en el que debe ser dos mujeres, y al mismo tiempo, una sola. Una película de personajes que sirve como muestra de las consecuencias que el nazismo trajo al país una vez que finalizó el régimen. Petzold, por tanto, está cambiando de estilo, pero sigue tratando temas universales aplicables a cualquier época.

Continuamos con la representación asiática de la Sección Oficial, que en esta edición se trata de una cinta surcoreana, Haemoo, el debut en la dirección de Shim Sung-bo, guionista de Memories of Murder (2003), la película que lanzó a la fama a Bong Joon-ho. En este caso, realizador y escritor invierten sus roles, y es Bong quien ejerce de guionista junto a Shim. Y su mano se nota constantemente, con el mismo tono trágico-cómico que le ha hecho famoso, para contarnos la odisea de los tripulantes de un barco pesquero, que verán alterada su tranquila y monótona existencia por las decisiones de su capitán. La película se divide en dos partes, una primera para poner en situación, y la segunda, de la que conviene saber lo mínimo posible, pero que da un giro asombroso hacia un thriller claustrofóbico que no da tregua. Shim dirige con el pulso de un director experimentado (magníficas escenas en la niebla), haciendo equilibrismos entre lo sórdido, lo dramático, y la capacidad que poseen los coreanos para reírse de ellos mismos. Si no fuera por un epílogo forzado, podríamos decir que estamos ante una de las películas más redondas que hemos visto en el Festival.

Acabamos el repaso del día en la Sección Oficial con Loreak, la cual, tras su visionado, se confirma como la gran sorpresa, no solo por ser la primera película en euskera que participa en la competición, sino, además, por ser la cinta más sensible del Festival hasta el momento. Sin embargo, los directores Jon Garaño y Jose Mari Goenaga ya son viejos conocidos en el Zinemira (el apartado que dedica el festival al cine vasco), por el que han pasado con diversos trabajos, como su película 80 egunean (2010), en el que ya mostraban su interés y su capacidad para contar no solo historias de mujeres, sino hacerlo desde un punto de vista femenino. Loreak es una película que entrelaza de nuevo la vida de distintas mujeres a través de, como su mismo título indica, de unos misteriosos ramos de flores. La hermosa ejecución, solo empañada por alguna sobrexplicación innecesaria, da contundencia a una historia entre sencilla e inusual, (por contradictorio que parezca) en la que se habla, con delicadeza, de temas tan convencionales y cercanos como el amor, la falta del mismo, la familia o la pérdida. Loreak es, por méritos propios, una pequeña joya que no debería pasar desapercibida.

Comedias tibias y dramas fríos

Paralelamente a la Sección Oficial, la primera película que desde La llave azul tuvimos oportunidad de ver en la sección Zabaltegi, destinada a los trabajos más arriesgados y diferentes, fue Negociador, el tercer trabajo de Borja Cobeaga, quien, tanto en su faceta de director como de guionista, ha dado un soplo de aire fresco a la comedia española. Y ahora vuelve para tratar un tema tan poco habitual dentro del género como es el terrorismo (aunque el mismo Cobeaga ya insinuaba algo de manera más desenfadada en su guion para 8 apellidos vascos). En la película, se recrean de forma totalmente libre y personal las negociaciones para tratado de paz entre el Gobierno español y ETA que tuvieron lugar en 2005, expuestas como si fueran una especie de sainete. Cobeaga conecta así con una dinámica de reírse primero de uno mismo antes que de los demás, que, como hemos señalado antes, en el cine coreano está muy arraigada, pero de lo que no hay tanta costumbre en España. Cobeaga nunca ha sido un director especialmente diestro, sus películas tienen una realización televisiva que se sostiene con inteligentes guiones. Pero si precisamente lo que flojea es el guion, el conjunto no funciona. Negociador es una película atrevida, pero que solo destaca por momentos más o menos conseguidos. Una sucesión de sketches que en el momento de su visionado resulta divertida, pero que no aguanta demasiado tiempo en la memoria del espectador.

Pusimos punto y final al día con otra de las Perlas que parecían imprescindibles del Festival: La desaparición de Eleanor Rigby, de Ned Benson, que se estrenaba como director con dos películas que reflejan la evolución y ruptura de una relación de pareja desde los dos puntos de vista, igualmente desmitificadores. Para su estreno comercial, estas dos versiones se unieron en un solo filme, cuyo resultado, sin haber visto el díptico del que procede, es sesgado, y con evidentes lagunas en su desarrollo. Para empezar, los pilares de la película, que deberían ser sus protagonistas, Jessica Chastain y James McAvoy, se resienten porque él queda en un plano más secundario, siempre bajo la percepción de ella, que toma mucha más importancia. De este modo, lo que pretendía ser un caleidoscópico y universal estudio de sentimientos se queda en un reflejo parcial e individual. Además, el hecho de no querer caer en el sentimentalismo barato (algo loable por otro lado), precipita la película hacia el lado de la frialdad. Los personajes levantan tal barrera ante sus sentimientos (solo superada en algunos momentos del final), que imposibilitan al espectador la empatía con ellos. La desaparición de Eleanor Rigby aplaza además su final con discursos arbitrarios, cuya única función es potenciar el lucimiento de secundarios como Ciarán Hinds, Viola Davis o William Hurt. No hay que dejar de reconocer las valiosas intenciones de una película como ésta, pero, sin embargo, la conclusión es ciertamente decepcionante.

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