El amor es complicado.

Desde 2009, casi cualquier película romántica que tenga como protagonista a un encantador perdedor enamorado de una chica imposible nos remite a (500) días juntos, la excepcional revisión indie del género de Marc Webb. Ahora llega, dispuesta a ser su firme sucesora, Amigos de más, protagonizada por un Daniel Radcliffe ya completamente liberado del encasillamiento de Harry Potter, y Zoe Kazan, protagonista y guionista de otra de las representaciones más agridulces de la relaciones de pareja, Ruby Sparks (2012), de Jonathan Dayton y Valerie Faris. El director Michael Dowse lleva a la pantalla la obra de teatro canadiense Toothpaste and Cigarretes, de T.J. Dawe y Mike Rinaldi, en la que se reflexiona sobre la eterna cuestión de la (im)posible amistad entre hombres y mujeres, entrando siempre en juego la atracción. Chantry, la protagonista, pone las cartas sobre la mesa enseguida: tiene novio, pero eso no le tiene por qué impedir ser amiga de Wallace, el chico al que acaba de enamorar sin saberlo. ¿O sí?

Hay una diferencia fundamental entre Amigos de más y las películas anteriormente mencionadas: lejos de dar un punto de vista desidealizado, se trata de una fábula sobre los vínculos que se establecen entre hombres y mujeres. La película gira en torno, por y para el amor, y los personajes no tienen vidas más allá de las relaciones que mantienen; si van bien, todo se encarrila, y si van mal, por supuesto, entran en crisis existencial. Sorprende a estas alturas una exposición tan deprimente para uno mismo como patética a ojos de los demás de cualquier actividad o decisión que se haga solo, como echando por la borda la posibilidad de la independencia como modo alternativo de vida.

La película se articula a través de elocuentes encuentros de los personajes, con conversaciones algo irritantes, pero que no llegan a resultar nunca del todo artificiales. No es tanto un conjunto heterogéneo como una colección de momentos más o menos conseguidos, que alcanza sus mejores niveles cuando se acerca con realismo a los deseos y las frustraciones de un amor no correspondido, o que no puede corresponderse. Es gracias la intimidad de estas situaciones que se consigue cierta magia, como en la escena del cine viendo La princesa prometida (1987). Pero esta sinceridad tan atractiva contrasta con gags cómicos muy forzados y básicos (como la malograda cena), personajes tópicos como el amigo algo falto de luces del protagonista, o viajes imposibles propios de los productos románticos menos inspirados.

Sin embargo, los problemas en general quedan bastante solventados por el encanto y la compenetración de la pareja protagonista. Daniel Radcliffe toma el relevo de Joseph Gordon-Levitt a la perfección, y encandila con su Wallace, mientras que Zoe Kazan vuelve a convertirse en el inalcanzable objeto de deseo. La espontaneidad que despiertan no se puede aplicar así a los secundarios, alarmantemente mal desarrollados y representados, especialmente el novio de Kazan interpretado por Rafe Spall, sin ningún tipo de profundidad, como para forzar en el espectador la querencia por el futuro enlace de los protagonistas. Si hubiera la posibilidad de que el novio nos cayera bien, el cuento de hadas sobre el que se construye la historia se vendría abajo.

Amigos de más es un tipo de comedia romántica enmarcada en los parámetros del cine indie, pero con un fondo manido de una vertiente del género ya ampliamente superada. Una película en la que los conflictos personales no se superan, sino que se solapan, pareciéndose mucho más a cualquiera de las partes de Bridget Jones que a la cinta de Webb, o a la de Dayton y Faris. Todo lo bueno, nos cuenta, le llega al que insiste y sabe esperar. Una conclusión esperanzadora o embaucadora, depende la visión más o menos cínica del mundo que uno tenga.

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