#ElMejorDocu | Parte I

Comenzamos nuestro repaso especial al panorama cinematográfico documental reciente con las elecciones de tres de nuestros redactores. Muy pronto, nueva entrega.

Tiempo de espera.

Elena (Petra Costa, 2012) por Sofia Pérez

Elena, soñé contigo esa noche.

Tu eras suave, andabas por la calles de Nueva York con una blusa de seda. Busco acercarme, tocarte, sentir tu olor. Pero al mirar, tú estás sobre un muro, enroscada en una maraña de cables eléctricos. Miro nuevamente, y veo que soy yo sobre el muro. Sacudo los cables, buscando electrocutarme, y caigo del muro tan alto…

y muero.

La poética del documental es todo un arte. En un género (si se quiere denominar así) en el que las convenciones son cada vez más libres, y las fronteras entre lo real, lo literal y lo ficcionado se han difuminado casi por completo, la creatividad no tiene más límites que los que el propio autor quiera poner. En este sentido Elena, película brasileña de 2012, resulta excepcional, pues a través de elementos propios del documental más elemental (está narrada en gran parte a través de videos caseros reales), se decanta por la búsqueda del lirismo a través, en primer lugar, del cuidado montaje; y en segundo, de la sensibilidad con la que la directora, Petra Costa, se introduce en un tema delicado como es la depresión. Elena se podría explicar como la traducción a imágenes de un estado de ánimo.

La directora busca el recuerdo de su hermana mayor, Elena, entre las calles y las gentes del lugar más deslumbrante y a la vez más inhóspito que pueda haber, la ciudad de Nueva York. Allí, cuando solo tenía 7 años, Petra perdió a la persona que era la guía de su vida, y nunca ha logrado desprenderse de esa sensación de abandono que la ausencia de su hermana le dejó. Desde entonces, quiere y a la vez teme ser como ella, y por tanto, sufrir su mismo destino: una actriz que, al no ver cumplidos sus sueños de éxito, se hunde en el dolor hasta las consecuencias más drásticas. Es evidente que Petra tiene una visión idealizada de su hermana, a la que encuentra un paralelismo con Ofelia, el personaje femenino trágico por excelencia. Asistimos así a un viaje onírico en el que se juntan realidad, pensamientos y evocaciones con una iconografía romántica y una estética manierista. A través de la figura intermediaria de la madre (aquejada del mismo trastorno que Elena), se establece un insólito diálogo entre las dos hermanas, una intimidad en la que el espectador se introduce con pudor y fascinación al mismo tiempo.

Elena es la captura del instante, del momento de transición entre el nacimiento del dolor de la pérdida y su cura. Un ejercicio que podríamos calificar de terapéutico; deslavazado, fragmentado, algo caótico, y poco nítido… como son los recuerdos. Y al mismo tiempo, es un homenaje familiar desde el interior. Petra se reencarna en Elena, hasta el punto de casi no poder diferenciarse la una de la otra. Pero, gracias a esta película, logra aprender a convivir con sus demonios. Es a través del arte que Petra Costa recrea una historia de muerte, para poder dar paso a su vida.


El documental empático.

Capturing the Friedmans (Andrew Jarecki, 2003) por Jonathan Sedeño

Andrew Jarecki explora los valores del documental al enfrentar al espectador a la vida de los Friedman, una familia que saltó a la fama –inesperadamente- por las acusaciones de pederastia a dos de sus miembros. Éste podría ser un documental biográfico más si solo se limitara a contar los hechos desde una perspectiva más acusatoria o más indulgente.

Pero la mayor baza de la que parte esta obra es la afición de la familia a los vídeos caseros, grabando escenas familiares cotidianas con el único propósito de plasmar en vídeo cualquier recuerdo común. En esos vídeos, que conforman el grueso del documental junto a varias entrevistas en la actualidad, muestran una familia totalmente dividida en dos bandos: por un lado, el padre y sus tres hijos varones; y por otro lado, un bando solitario en el que se encuentra la madre, Elaine.

De este modo, la película se adentra en las acusaciones de pedofilia hacia el padre, Arnold, y el hijo menor, Jesse. Pero no se posiciona, aumentando aún más la valentía de un punto de vista arriesgado que decide criticar el sistema judicial americano, desde los jueces a los abogados defensores de los acusados (gloriosos personajes dignos de una historia de ficción), pasando por los métodos policiales que llevaron a tales acusaciones, acabando por los medios de comunicación que terminaron por sepultar la parte creíble de cualquier defensa.

No es un documental empático, pero sí consciente de las cartas que juega. Conoce que los personajes que puede llegar a “defender” son bastante misteriosos, pese a ser muy conocidos en su lugar de origen. Adivina, a la par que el espectador, que no es oro todo lo que reluce, y que hay en secretos hasta en las mejores familias.

Es francamente remarcable que el documental también se nutra de entrevistas directas con la madre de la familia y dos de sus hijos, David y Jesse (tras salir de prisión). Y que de esas entrevistas lo único que trascienda sea no la defensa de la inocencia del padre, sino la mayor de las dudas ante esas acusaciones, que no niegan la existencia de indicios, pero que rebaten la tenencia de pruebas.

¿En qué punto de la vida del documental nos deja Capturing the Friedmans? En el mejor de todos, ante una obra única (y bien reconocida) sobre el trabajo de su director, que realiza una labor de montaje sobresaliente donde la atención no decae nunca en sus cien minutos de duración. Esta película es una pieza perfecta para dos cosas: asomarse a la vida de los documentales, y asomarse a la vida de una familia tan perfecta que obviamente estaba podrida por dentro.


Persiguiendo al fantasma.

Searching for Sugar Man (Malik Benjelloul, 2012) por Miguel A.

El documental es un género arriesgado y puede no ser plato de gusto del sector más “mainstream” de la audiencia, acostumbrado a la mera presentación en pantalla de hechos ficticios estructurados de forma aristotélica. Raras son las ocasiones en las que un documental llega con facilidad, interés y éxito a la generalidad espectatorial, pero siempre hay excepciones que confirman la regla.

Searching for Sugar Man apareció en el año 2012 como una apuesta nada convencional que se coló en los corazones de miles de espectadores. Se valió para ello de una fórmula diferente, extraordinaria y más próxima al relato de un cuento de fantasmas que a la del puro documental, frío, desnudo, carente de alma.

¿Cuáles son por tanto las claves del éxito de Searching for Sugar Man? ¿Por qué está considerada por muchos como una de las mejores incursiones en el género habidas y por haber?

Para empezar, la estructura narrativa del film se basa en un misterio absolutamente detectivesco casi propio de una novela de Patricia Highsmith. La premisa se presenta de forma difuminada y oscura, por lo que tenemos desde un primer momento una invitación a que el espectador adivine, suponga y descubra hechos junto a los documentalistas que investigan la “desaparición” de Rodríguez. Se le da así pie a que tome parte activa, a que nunca pierda el interés y permanezca expectante ante cualquier giro de los acontecimientos.

En segundo lugar, Searching for Sugar Man es, por encima de todo, la historia de un fantasma. Un espíritu que vaga literalmente a través de la línea entre realidad y ficción. Incluso una vez resuelto el “misterio” y encontrado cierto patrón en su inexplicable fracaso, la obscuridad que rodea a Sixto Rodríguez sigue siendo tal, que es imposible no caer fascinado ante su figura. Los realizadores son muy conscientes del carácter espectral de Rodríguez, potenciándolo hasta el punto de originar una necesidad en el vidente: atraparlo. La misma necesidad primaria e instintiva que se tiene de atrapar el humo, el agua; de abarcar el infinito aun siendo conscientes de la imposibilidad de ello. El espectador siente veneración por una figura que no puede alcanzar, limitándose ávidamente a seguir la bruma que va dejando a su paso.

Tampoco hay que olvidar que la de Rodríguez es una historia increíblemente extraordinaria, y pese a ello, verídica. Conmovedora e inmensamente impactante, ensalza la importancia de la vida en la modestia, la música y la justicia que finalmente parece sobreponerse a los obstáculos. Tan inspiradora como enternecedora, la historia de “el hombre de azúcar” es, como cabría esperar, tan dulce como las canciones que la acompañan, repletas de melancolía, espíritu reivindicativo y esperanza de tiempos mejores. Esperanza que, como muestra el final del documental, fue bien recompensada.

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