Ave César

En su magistral texto Informe para una academia, Franz Kafka (“outsider” por excelencia) plasma de forma brutalmente cruenta y certera el proceso de conversión de simio a humano. La captura y tortura suponen el primero de los pasos; el dolor y la extorsión física son los instrumentos de aprendizaje más efectivos. Una vez metido en vereda y convenientemente atado con la correa de turno, el simio deberá aprender los comportamientos humanos más básicos y supuestamente esenciales. Me refiero, por supuesto, a beber cerveza de una botella. Solo algo tan importante como ese acto podrá ser el punto de inflexión de la conversión; punto que derivará en las primeras palabras del simio. A partir de la cerveza ya no habrá vuelta atrás para nuestro monito; su “simiedad” –así como su libertad– serán dejadas a un lado porque así lo habrán querido los humanos. Porque ellos tomaron la decisión de deshacerse de esa cualidad para constituir su sociedad y, en un patético y egoísta intento de actuar como dioses, se propondrán arrebatársela a aquellos que desearían ser, pero no son. Esa “simiedad” implica libertad, conocimiento, inteligencia. Y el ser humano siempre se ha caracterizado por su estupidez.

Es inevitable remitir a este texto después de ver El Amanecer del Planeta de los Simios (incluso en la propia película hay una reproducción del “momento cerveza” bastante escalofriante), porque en realidad toda la premisa de esta franquicia iniciada hace ya 46 años es una consecuencia directa de lo que a principios del siglo XX planteó Kafka: la inversión de la situación a raíz de ese aprendizaje de los comportamientos humanos. Los humanos serían los verdaderos animales y la convivencia entre ambos, inviable. Rupert Wyatt buscó un comienzo a esta pérdida del control humano de la Tierra en El Origen del Planeta de los Simios, en la que un virus creado por un laboratorio resultaba ser mortal para los hombres pero muy beneficioso para los simios con los que experimentaban: la “estupidez” ya mentada como motivo principal de la auto-aniquilación humana.

El Amanecer del Planeta de los Simios tiene lugar diez años después de los acontecimientos acaecidos en la primera parte. El virus ha acabado con la mayor parte de la población y los pocos supervivientes se enfrentan al agotamiento de los recursos energéticos. Cuando este problema les lleva a acudir a una presa de agua situada en los bosques donde los simios están constituyendo su propia sociedad, comienza a plantearse una posible cooperación entre ambos por el bien y la paz comunes.

Sin embargo, no es la paz lo que se deriva de esta colaboración, sino una inevitable guerra por la supervivencia de una de las razas. Pero el conflicto surge en el momento en que se plantea la siguiente pregunta: ¿cuál de las dos razas debería perdurar? César, el simio líder y una especie de trasunto del militar romano de mismo nombre (si bien más justo, dicho sea de paso) lo tiene claro en un principio. La maldad no tiene cabida en los simios, sino en la mayoría de los seres humanos. “Simio no mata a simio”. En un momento concreto del film, esta determinación se ve alterada bruscamente cuando la maldad comienza a surgir precisamente del corazón del grupo simio en lugar del humano. César es traicionado de una forma que deja ver la clara alusión de la película a la Historia de la República Romana tardía, incluso con su propio “¿tú también, Brutus?”. La traición derivada de la maldad que a su vez deriva del descontento ante una autocracia parcial. La traición como chispa incendiaria de la situación catárquica que se desencadenará posteriormente y que definirá la imposibilidad de un pacto entre razas. La película maneja conceptos profundos y relevantes, y no se queda en la superficie a la hora de explorarlos.

Hablamos de sentimientos y acciones esencialmente humanas, que comienzan a verse aplicadas progresivamente a los simios para sorpresa de su líder. Todo el film gira en torno a la idea de que por mucho que ambas razas intenten diferenciarse, simios y humanos no son tan distintos. Por suerte, las similitudes no acaban en las pulsiones dañinas y oscuras; la principal semejanza entre el Malcolm (el protagonista humano) y César es la paternidad, siendo la relación padre-hijo –ya comenzada con el personaje de James Franco en la primera entrega- una de las fuentes más poderosas de emoción que derrocha el film.

Pero dejemos la parte analítica a un lado, de momento. La calidad de El Amanecer del Planeta de los Simios no solo se sustenta en interpretaciones, símiles, símbolos o metáforas. Tampoco encuentra su única razón de ser en sus más que espectaculares efectos visuales. El hecho más sorprendente que eleva la película de Matt Reeves a otro nivel es la infinita resonancia emocional de un blockbuster que prácticamente no tiene diálogos. Y es que al comunicarse a través de un sistema de señas, los sentimientos de los simios solo se representan ante el espectador a través de sus rasgos faciales. Y es ahí donde Andy Serkis vuelve a destacar de manera absolutamente extraordinaria. Apenas emitiendo varios gruñidos, su interpretación tiene más matices que la suma de todos los humanos que pueblan la película; una mirada o un único gesto pueden servirle a Serkis para conmover las entrañas del espectador o aterrorizarlo sin piedad. Así pues, la brillantez del film reside en su naturaleza exclusivamente sentimental; su capacidad para jugar con una serie de emociones, plasmarlas en la pantalla de manera totalmente anti-convencional, originando así la bien merecida reflexión de sus videntes.

En esta línea, las decisiones estéticas tampoco son asunto baladí. La trama se desenvuelve en un entorno opresivo, deprimente, casi crepuscular; una atmósfera que propicia el desencadenamiento de todo ese conjunto de emociones que conducirá a una situación apocalíptica. Si la mayor parte del film constituye tal “crepúsculo” de emociones, el final será el amanecer ya citado en el título; el comienzo del planeta de los simios, el renacer de su raza como consecuencia de la muerte de su “simiedad” a la que ha conducido la experimentación de sentimientos meramente humanos.

El Amanecer del Planeta de los Simios es una película reflexiva, una especie de calma dentro de la propia tormenta. No destaca por sus espectaculares batallas ni por su exquisita visualidad. Destaca por su inteligencia, su apabullante credibilidad dentro de su carácter insólito; permanece en la retina del espectador por la habilidad del director Matt Reeves para volver a llevar a la pantalla una historia ya sabida y hacerla infinitamente más interesante e identificable. No olvidemos que se trata de una película de transición preparatoria para la que promete ser el culmen de la franquicia simiesca. Es por ello que en términos comparativos se podría establecer un símil entre la que, en mi opinión, es la secuela de las secuelas y el film de Reeves: El Caballero Oscuro también podría observarse desde una perspectiva transitoria, si bien su profundización en temas absolutamente aplicables a la putrefacción social vigente y su maestría actoral dicen otra cosa totalmente distinta.

Es bueno pensar que probablemente una película concebida por la productora como un exclusivo saca-monedas sea uno de los mejores films de lo que llevamos de año. Y es que una declaración así levanta las esperanzas del escepticismo común hacia nuestro querido Hollywood y su bonita tendencia a anteponer el mercado a la calidad.

En el plano final de El Amanecer del Planeta de los Simios, la muchedumbre simiesca se arrodilla ante un César renacido de la traición y cada vez más semejante a aquellos contra los que lucha; la prolongación de lo que habría sido el liderazgo del militar romano de haber sobrevivido a su asesinato. Renacimiento, amanecer, sabiduría, venganza, desconfianza y sobre todo cada vez más humanidad. Ave César.

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