Pretérito imperfecto

Si hay un tema predilecto del cine alemán de los últimos 15 años, ese es el de la división entre la RDA y la RFA. Desde Sonnenallee (1999) de Leander Haussmann, hasta West (2013) de Christian Schwochow, se han analizado los dos sistemas y las consecuencias de la caída del Muro de Berlín desde múltiples puntos de vista, de la comedia y la ostalgie a la denuncia y el drama más profundo. Son películas que además, en general, aúnan el gusto de público con el de la crítica y los premios y festivales, como es el caso de Dos vidas, que llega a los cines españoles después de haber sido una de las finalistas a la mejor película de no habla inglesa en los últimos Oscar, aunque finalmente se quedó fuera del quinteto nominado.

Quizás el éxito de Dos vidas radica en que, desde una aparente sencillez funcional, analiza algunas cuestiones pocas veces tratadas en el cine. Su complejo guion enlaza de forma eficaz la organización Lebensborn, creada por Heinrich Himmler para expandir la raza aria por toda Europa durante a Alemania nazi, su actuación directa en Noruega, los juicios que tuvieron lugar después de la guerra por el Tribunal de Estrasburgo contra sus responsables, y la implicación de la Stasi en el futuro de los “hijos de la guerra”, a los que reclutaban como espías. En este contexto encontramos a Katrine, una mujer que de pequeña fue separada de su madre, con la que se reencontraría años más tarde, y que a pesar de que ha formado una familia feliz, vive permanentemente amenazada por su vida anterior.

El realizador Georg Maas, especializado en documentales, en colaboración con la importante directora de fotografía Judith Kaufmann, que aquí es además la ayudante de dirección y co-guionista, cuenta la historia a través de un presente que es pasado (principios de los 90), interrumpido por flashbacks que actúan como recuerdos, deliberadamente enturbiados para dar la sensación de imágenes de los años 60-70. Gracias al montaje, ganador del Premio del Cine Alemán, la información se va entregando de manera dosificada, para potenciar la intriga de la historia.

Pero, más allá del thriller político, Dos vidas es un intenso drama familiar, otro de los géneros predilectos del último cine alemán, que recuerda en su frialdad visual (nórdica) a Gnade (2012) de Matthias Glasner. Los tonos oscuros y grisáceos son un reflejo de la tragedia por la que pasan los personajes. Y, por otro lado, su entramado de mentiras y aflicciones domésticas nunca resueltas la emparenta con otras cintas como la también estrenada este año ¿Qué nos queda? (2012) de Hans-Christian Schmid. Esto no quiere decir que la película de Maas no tenga entidad propia como trabajo independiente, sino que forma parte de una corriente que analiza la disgregación y metamorfosis del modelo familiar tradicional, de la que toma su esencia.

Puede que el principal problema de Dos vidas sea su maniqueo retrato de la Stasi, que la aleja definitivamente del que parece ser uno de sus grandes referentes, La vida de los otros (2006) de Florian Henckel Von Donnersmarck. Si en aquella, la representación del típico agente de la policía secreta se transformaba en una figura empática y ambigua, en Dos vidas faltan matices. Los personajes son muy planos, a excepción de la protagonista, bastante más definida, e interpretada de forma soberbia por Juliane Köhler. Entre los actores que secundan a Köhler, destaca la presencia de la mítica actriz sueca Liv Ullmann como la madre de Katrine.

Dos vidas se anuncia como un potente trabajo de suspense, pero es este el aspecto en el que resulta más esquemática y menos atrayente. Donde realmente tiene su punto fuerte es en la historia individual de una mujer que representa la necesidad humana de sentirse parte de un conjunto, y que transita entre el desarraigo y la soledad. La película plantea dilemas morales en torno a los parentescos sobre los que merece la pena pararse a reflexionar, con una moraleja que deja poco lugar a la duda: es imposible enderezar una vida llena de secretos.

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