Promete que no me olvidarás

Bajo la misma estrella adaptación de la novela del mismo nombre de  John Green nos acerca a la historia de dos adolescentes que deben lidiar con una complicada enfermedad. Tema complejo pues es carne de cañón para aquellos que sentados en su asiento con una lágrima a punto de caer lanzarán la palabra “manipuladora”, culpando así a la obra de sus propios sentimientos.

Sí, cáncer, saquémonos cuanto antes esta losa que parece pesar sobre cualquier película, tv movie o serie que trate sobre el tema. Se pueden hacer buenas películas sobre enfermos terminales y se hacen. Esta es una de esas ocasiones. Más allá de eso, Hazel Grace Lancaster (Shailene Woodley) es una adolescente, con todas las preocupaciones típicas de cualquier adolescente y con los problemas propias de una adolescente; salvo que debe afrontar todo eso a la vez que su enfermedad. Un punto a favor de la película es que no lo tapa ni intenta suavizar la situación de sus protagonistas. Tienen cáncer, pasa, y puede retratarse.

En este sentido, la película nos presenta un relato poco original sobre cómo afrontar las adversidades y cómo aparece una persona, en este caso Gus Waters (Ansel Elgort), que nos descubre que sigue habiendo oportunidades y grandes momentos por vivir. La historia no es original, este no es su punto fuerte, al menos en la adaptación cinematográfica, pues cuenta con unos secundarios bastante mal dibujados y con el personaje “bisagra” (Gus), es decir, aquel que provoca el cambio en la protagonista, mucho más simple y con menos recorrido de lo que se podría esperar. La vuelta de tuerca y originalidad buscada por la película no se consigue. Eso sí, podremos sacar los siempre bienvenidos mensajes esperanzadores y una, al menos, apasionada historia de amor.

Hemos dicho que era una buena película y hasta ahora solo hemos destacado aquello negativo, pero ahora comentaremos aquello que compensa tanto esos personajes secundarios, como el ritmo flojo en su primera hora y el escaso impacto visual; tiene un personaje principal inmenso, Hazel Grace, interpretado por una aún más grande Shailene Woodley. Esta actriz decide echarse todo el peso de la película y elevarla. La historia se tachará de manipuladora, pero lo que hace Shailene es verdad. No hay duda en sus ojos, hay una interpretación descarnada, valiente y desvergonzada. Una interpretación que se eleva precisamente cuando se alcanzan las mayores cotas dramáticas dentro del relato que, sorprendentemente, es donde la película mejor se maneja, construyendo preciosos momentos íntimos donde las lágrimas de Hazel/Shailene dejan desarmado al espectador, momentos donde Ansel/Gus, a pesar de las limitaciones de su personaje, realiza también un trabajo digno de alabar.

No es esta una película que se preste a grandes análisis sobre su forma y su contenido, pues no los necesita. La dirección es plana y mecánica, poco lúcida, y la elección de la BSO, por mucho que guste a quién escribe estas líneas, no deja de ser una serie de elecciones bastante obviar dirigidas a subrayar el contenido de la película. Pero hay películas que es necesario verlas por una interpretación y este es uno de esos casos.

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