El enemigo cotidiano.

El título Mi otro yo va más allá de la simple ilustración de la última película de Isabel Coixet, en la que Fay, una chica con problemas familiares, empieza a notar una presencia constante que le persigue. Mi otro yo también podría hacer referencia al sorprendente (no necesariamente en categoría positiva) giro en la trayectoria de la directora hacia el thriller sobrenatural. Con una carrera de altibajos, con la que se ha ganado casi el mismo número de seguidores que de detractores, es indudable que hasta ahora Coixet seguía un estilo argumental común en sus trabajos, caracterizados por su fuerte componente emocional. Poco o nada encontramos de ellos en su adaptación de la novela de terror adolescente de Cathy MacPhail, de la cual parte Coixet para flirtear con un género en el que no se esfuerza por encajar.

Sin embargo, en lo que a estética se refiere, Coixet, al contrario que directores como Juan Carlos Fresnadillo, Rodrigo Cortés o Jorge Dorado, que de manera más o menos efectiva se ajustaban a las convenciones que requiere el género (fundamentalmente estadounidense), sí que pretende adaptar el mismo a su personalidad, imprimiéndole a la película algo que podríamos denominar como suspense poético. El resultado, en cualquier caso, no deja de ser igualmente impersonal, y peor, desconcertante en el mal sentido. El ritmo repetitivo de la realización de Coixet, dominada por la cámara lenta y los primeros planos, hacen que la narración acabe cayendo en lo anodino. Incluso la carencia de sustos fáciles (ni siquiera la utilización de la banda sonora es especialmente descriptiva), la cual por un lado se agradece, por otro deja en evidencia su falta de pretensiones a la hora de crear tensión.

El componente psicológico, que recuerda a la recientemente estrenada Enemy, de Denis Villeneuve, queda anulado por una ambientación marcadamente fantasmagórica. Más que un relato juvenil (no digamos ya adulto), la simpleza del planteamiento parece sacada de la serie infantil Pesadillas, de R.L. Stine. La historia se podría reducir a un cortometraje de 10 minutos. El resto del tiempo consiste en recrearse en imágenes de transición. Todo lo que rodea al trauma de Fay da la impresión de ser accesorio, desde la enfermedad del padre hasta la obra de teatro que van a representar en el instituto. El uso de un poderoso y ambiguo personaje como Lady Macbeth resulta arbitrario, no llega a haber un paralelismo real con la protagonista, ni se convierte en una obsesión enfermiza, como ocurría en Cisne negro de Darren Aronofsky (2010).

La complejidad en torno al tema de la identidad en la cinta de Aronofsky o en la anteriormente mencionada de Villeneuve, queda en Mi otro yo apenas esbozada. Podemos entrever alguna referencia sobre la culpa y las consecuencias de los propios actos, que se podrían relacionar con la obra de Shakespeare, pero nada que configure la historia de la manera en la que lo hacía El lago de los cisnes de Tchaikovsky en Cisne negro. Aquí, Macbeth es tan solo un elemento episódico más, sin el cual la película podría funcionar igualmente. El sentimiento de apatía con respecto a todo lo que sucede se traslada también al desaprovechado reparto, donde nombres como Rhys Ifans, Claire Forlani, Jonathan Rhys Meyers, Geraldine Chaplin (cuyo cameo en coproducciones españolas de género ya es imprescindible) y Sophie Turner a la cabeza, se limitan a no caer en lo grotesco.

Al margen de lo fallido de la propuesta que plantea, Mi otro yo deja en evidencia, quizás como ninguna otra película antes, que dos versiones de una persona no pueden coexistir en el mismo mundo; una anula a la otra cuando se encuentran. Un yo distinto (y malvado, si se quiere) de Isabel Coixet ha conseguido salir a la superficie, para hacerle mostrar otra cara de sí misma que en una película de encargo y transición, hecha con cierto gusto, pero sin la más mínima intención de causar ningún tipo de interés.

1 Comment

  • Elena 1 julio, 2014 at 09:23

    Totalmente de acuerdo contigo, Sofía. A mi me aburrió muchísimo la película. La verdad es que fui al cine con esperanza (aunque las producciones de Coixet no me gustan nada). Pensé: “Vamos a darle una oportunidad”. Pésima idea, tiré 8 euros de mi bolsillo.

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