Representar la tristeza

El sueño de Ellis (totalmente libre traducción de The immigrant) es una película concebida en torno a la desilusión y el abatimiento, los de Ewa, una mujer polaca cuyas esperanzas de un futuro mejor se rompen incluso antes de poner un pie en Estados Unidos. Su melancolía es dolorosa y casi físicamente palpable, desde los tonos persistentemente ocres y grises, hasta el patetismo de todos aquellos con los que se encuentra, especialmente de Bruno, un hombre sin escrúpulos que se enamora irremediablemente de ella. El director James Gray sabe de distintos tipos de tristeza, y ya nos había hablado de la cara menos amable de querer a alguien en Two lovers (2008). En El sueño de Ellis, el amor se presenta casi como un daño colateral de las acciones que son obligados a llevar a cabo los protagonistas. Gray configura una cinta con toques autobiográficos no tanto desde el punto de vista social en torno a la inmigración, sino como un drama individual de sujetos atormentados por la culpa y dominados por sus pasiones, las desbordadas y las contenidas.

La propuesta narrativa de Gray es clásica. Sin embargo, al igual que Steve McQueen en Doce años de esclavitud, recurre a un tipo de argumento que no suele salirse del empaque academicista, para, dentro de un respeto absoluto a la tradición que le precede (inevitables son las comparaciones con Coppola o Leone), adaptarlo a su estilo. Si en la película de McQueen se dejaba entrever su aproximación al cine experimental más accesible, en Gray reconocemos su habitual acercamiento a los personajes, a los que observa con compasión pero sin condescendencia. Lejos de la manipulación y de la exaltación de las adversidades, Gray, como McQueen, da prioridad a la manera de contar las cosas, apoyado en un esforzadísimo y exquisito diseño de producción, y en la sombría fotografía de Darius Khondji, que ha trabajado con nombres que van desde de Woody Allen, David Fincher, Wong Kar Wai o Danny Boyle, y con el propio Gray.

En El sueño de Ellis volvemos a encontrarnos, además, las obsesiones recurrentes del cine de Gray: la fuerza de las relaciones familiares, y la lucha por salir adelante en la vida, con la consecuente frustración que genera el progresivo desvanecimiento de las fantasías. Gray encierra a sus personajes en angustiosos espacios, reales y metafóricos, que no les permiten cumplir sus deseos ni alcanzar la ansiada libertad. En el caso que comentamos, quizás sea incluso más evidente, con la constante presencia de la Estatua, que aparece casi de modo burlesco para vulgarizar la frivolidad del sueño americano.

“If you could lick my heart, you’d taste nothing but poison”

La inmigrante a la que hace referencia el título original es Marion Cotillard, que vuelve a transfigurarse, desapareciendo la actriz y mostrando solo al personaje. Aunque esta vez sin necesidad de maquillaje ni artificios. De hecho, es en los momentos en los que su Ewa se maquilla cuando no es ella misma, sino el papel que la vida le ha obligado a representar. Y no hay nada más sincero, más alejado de los engaños y de los trucos, simbolizados en los números del mago Orlando (también estupendo Jeremy Renner), que ese austero primer plano de la confesión. Orlando generará de nuevo uno de esos tríos románticos que tanto interesan a Gray. Bruno (un visceral Joaquin Phoenix, ya habitual del director) y Orlando se enfrentarán por el amor de Ewa. Pero ninguno de los tres será capaz de dar nada desinteresadamente. Lejos de la empatía, son personajes que solo quieren salvarse, y al mismo tiempo, se desprecian a sí mismos.

El sueño de Ellis es una fría y a la vez enérgica disección de caracteres llenos de sombras, autoconscientes de sus errores, perdidos dentro de sus propios sueños, ansiosos por sobrevivir aunque todo se ponga en su contra. Y que, finalmente, deben asumir su fracaso. Una tragedia no forzada, dominada por un glacial desencanto, que supone un paso coherente en la carrera de Gray, al margen de las imposiciones de cualquier época y estilo.

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