Eternos adolescentes.

Crepúsculo fue un autentico golpe al género vampírico, su idea sobre una bella relación era tan turbia como oscura. Esa visión horrenda generó un movimiento magnífico que potenció la creatividad de los artistas que buscaban la reivindicación de la criatura de la noche. La popularidad de la saga generó un debate entre los intelectuales por encontrar la definición exacta de vampiro. Los cineastas utilizaron a la criatura para generar obras realmente interesantes como Déjame entrar, con su perversa historia de amor entre un niño y una vampira; Thirst, derrumbando la religión o Byzantium que construía una metáfora sobre el patriarcado. La utilización de la figura del vampiro para llegar a la transmisión de un determinado mensaje me parece mucho más interesante que el propio monstruo, pero también la deconstrucción del personaje clásico en este tipo de subgéneros me fascina. Con ello, Jim Jarmusch, un artista basado en un tratamiento sosegado de las situaciones mundanas, entra en escena. El propio director tiene como base la creación de mundos interiores en las mentes de los personajes, sin mediar mucho dialogo, únicamente mediante la imagen. Jarmusch decide ahora, en su última obra, aventurarse en el mundo vampírico para crear una de las obras más completas sobre su figura.

El director norteamericano se recrea en los silencios entre los personajes para construirlos, característica del artista que lejos de empeorarse, se mejora. La calidad de su estilo crece por cada película, al igual que su gusto musical. Se puede pensar en el impedimento que puede ser para el público el tono con el que se trata la historia, que el carácter apagado de la obra echara a los espectadores menos sensibles capaces de catalogar un filme tan rico como éste como “la nada”. Pero no es la primera vez que Jim Jarmusch genera una obra a partir de dicha “nada”, es una de sus marcas de la casa, y, siendo franco, es uno de los mejores autores realizándolas actualmente. Su impresionante apartado visual resonará en las personas dispuestas a vivir el viaje emocional de los protagonistas, retratado en escenas donde los personajes se miran, la música suena y la belleza se dispara con sublime sutileza. Los fans de los vampiros más sangrientos y explícitamente terroríficos deberán huir ante Solo los amantes sobreviven, pues la cinta trata la figura del monstruo con la sensibilidad de una persona que comprende la representación actual del vampiro tanto como la clásica- gótica.

Jarmusch abraza las dos ideas de la criatura en sus protagonistas. Un soberbio Tom Hiddleston interpreta a Adam, un vampiro anclado en las ideas más actuales sobre la caracterización de la criatura. Podríamos tratarlo como la réplica satírica y bohemia del Edward Cullen de Crepúsculo. El propio guión es consciente de lo ridículo del personaje, tanto que, a lo largo de su desarrollo, este sufrirá una depresión basada en problemas dignos de un adolescente. Desde su intento de mantenerse como un artista underground, hasta la tristeza que le causa la existencia vacua de los “zombis” (Nombre que utilizan los vampiros para denominar a los humanos). La propia parodia causa que el personaje resulte entrañable y carismático, por supuesto, la interpretación de un magnifico Tom Hiddleston también ayuda. No deja de ser una interesante visión sobre cómo hasta un ser infinito, que ha vivido siglos, no ha madurado y se ha anclado en una eterna adolescencia. Culpando de sus problemas a personas ajenas a él, y necesitando constantemente la ayuda de ella.

En la otra cara de la moneda se encuentra Tilda Swinton, interpretando a Eva, que representa la figura clásica de vampira. Un ente libre sin ataduras, que disfruta su inmortalidad sin cuestionarla, aprovechando cada momento. Es madura y responsable, capaz de ayudar a su compañero a sobrellevar y superar sus numerosas depresiones. La alegría y la tristeza se unen en una pareja vampírica que tontea con múltiples metáforas: desde las ideas del protagonista, que se autodenomina Fausto, o las claras referencias bíblicas. Pero la aparición de Ava, hermana de Eva, da un nuevo significado, Jarmusch trata la idea del futuro y las nuevas generaciones vampíricas basándose en las anteriores. La generación pop enfrentándose a las versiones obsoletas y “snobs” que son la actual y la clásica. Todo ello en un desolado territorio, el Detroit como escenario de un tiempo que fue y no volvió, una perfecta visión del abandono y del declive de una ciudad y sus seres.

La búsqueda de la identidad es el eje de la película. La propia idea de la inmortalidad, del amor o la compresión de ti mismo, es algo que engloba a los personajes. Una especie de road-movie metafísica rodada con la exquisitez suficiente como para maravillar únicamente con su imagen. La profundidad de los protagonistas y la búsqueda de la identidad, ya no de unos personajes, si no de un género. Hace a Jarmusch un autentico genio creando a un ser de la noche, que a pesar de su inmortalidad, subyacen los problemas comunes de esos seres a los que llama “zombies”. El director consigue dar vida a criaturas que no la tienen, y no solamente eso, si no crea un amor entre ellos más allá de lo terrenal. Un alegato a la vida e incluso a la muerte. Una obra magnífica y una de las mejores películas que podemos tener en cartelera actualmente.

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