Las dos caras de la corrección.

Un asesinato. Un estafador. Un guía turístico. Una mujer. Son los elementos con los que juega Las dos caras de enero para construir un thriller, poco apasionado, en tierras griegas. La primera película Hossein Amini muestra los peligros de la corrección, no hay nada malo en su ópera prima pero tampoco hay nada excitante.

Jano, dios de la mitología romana, que se caracterizaba por tener dos rostros que miraban en direcciones opuestas y que era considerado el dios de las puertas, así como de los comienzos y los finales. De su nombre deriva el mes de enero, la bisagra entre cada año que nos sucede. El título de la película que nos ocupa no es casual, aunque los motivos de su elección (en la película, no hablamos de la obra en la que se basa) nos sean más o menos ajenos. La opción obvia es ver a los protagonistas como las dos caras de la misma moneda, dos estafadores, en diferente escala, que se ganan la vida a través del engaño. Poco más nos permite vislumbrar el correcto, pero con poco poso, guión de la obra.

No hay nada fuera de lugar. Nada está mal en esta película. Y, por ello, es más difícil tratarla y hay una mayor sensación de oportunidad perdida. Todos los elementos están bien manejados, pero nunca llegan a explotar. Las interpretaciones son correctas, destacando Viggo Mortensen y Oscar Isaac por razones obvias de peso, con una Kirsten Dunst más bien desaprovechada (lejos de la magnífica interpretación de Melancolía). Este triángulo, que si bien consigue momentos tensos e incómodos, resulta algo insulso como el film en general.

La dirección es más que correcta. Una fotografía adecuada, llena de los colores cálidos de Grecia, que contrasta con la oscuridad de la historia. Un guión sin demasiadas florituras, directo. Y, de alguna manera, todo lo que está bien no encaja, y la historia sucede sin que nos importe mucho (el drama personal de los protagonistas nos es ajeno) y sin que nos maraville en exceso. Los acontecimientos se sienten pequeños ante la poderosa presencia de los paisajes de Atenas y Creta, cuya historia empequeñece a la de nuestros protagonistas.

A quién hay que alabar una vez más es a Alberto Iglesias, que compone una BSO monumental, que desplaza en muchos momentos a lo que sucede en pantalla y que pone los vellos de punta en ocasiones. Es una ópera prima correcta, incluso recomendable, pero que falla en la pasión y en explotar la química de sus protagonistas. No sé si el problema está en el material de base, pero bien podría serlo, aunque también es problema de sus realizadores no haber sabido corregido la falta de fuerza en una historia que se siente desaprovechada.

Un artículo de Luis Fernández.

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