Identidad

Advertencia: el siguiente análisis revela cuestiones relevantes en el desarrollo de la trama de ‘Maléfica’. Léase bajo la responsabilidad del lector.

¿Qué niño no ha permanecido despierto toda la noche ante la escalofriante carcajada del personaje más temido y querido de Disney? Maléfica, un trasunto del diablo tanto en apariencia como en cuanto a maldad se refiere, es y siempre será el villano más fascinante de la compañía. ¿Por qué? Simplemente porque el mal está implícito en ella de una manera que no requiere ninguna explicación. El “es mala y punto” se ha convertido en el himno personal de todos aquellos fans del personaje que en las últimas semanas se atrevieron a pisar el cine para presenciar la aproximación de Linda Woolverton, Robert Stromberg y (sobre todo) Angelina Jolie, a tan icónico ser.

Pues bien, cuál fue mi sorpresa y la de las audiencias de todo el globo al ver que Disney no solo ha decidido añadir un origen a una maldad presumiblemente innata, sino que también ha propiciado una vuelta de tuerca tan descarada como fascinante a la historia de La Bella Durmiente. Descarada y arriesgada porque con ella la compañía se ha ganado unos cuantos enemigos. Fascinante porque constituye el culmen de un proceso de cambio identitario que Disney llevaba años gestando.

La afluencia de valores conservadores en las películas del tito Walt no son ningún secreto para el mundo. El supuesto “final feliz” de todos los cuentos llevados a la pantalla por el ratón siempre ha implicado la sumisión de la mujer al hombre, siendo el famoso “beso de amor verdadero” un roce de labios entre absolutos desconocidos. “Cásate con el primero que pilles y a ser posible que tenga dinero” es el mensaje que Disney ha parecido inculcar a niñas de todo el mundo a lo largo de su historia, hecho que ha dado lugar a numerosos altercados en que la compañía ha sido acusada de misoginia y machismo (el último de ellos protagonizado por Meryl Streep en enero de este año).

Disney es muy consciente de que en los tiempos que corren es necesario un lavado de imagen pero, ¿cómo hacerlo posible en una etapa de la industria en que se ha puesto de moda rescatar los cuentos de antaño? Pues ahí es donde Maléfica toma partido.

La guionista del film, Linda Woolverton, ya escribió en el año 2010 la versión de Tim Burton de Alicia en el País de las Maravillas. Si bien en aquella película ya se dejaban entrever una serie de connotaciones feministas de las que la escritora hace gala, cualquier tipo de mensaje era desplazado a un segundo plano en detrimento de una visualidad abrumadora y flamante. Si bien en Maléfica esta preponderancia de lo visual también está presente, no puede ocultar la materia prima del guión; la sustancia en la que se basa toda la película. Una materia con la que Disney construye una insólita reivindicación sexual que, en ocasiones, es más explícita que simbólica y que constituye el colofón de ese proceso de cambio de imagen iniciado en Brave (Indomable) y perfeccionado en la más reciente Frozen: El reino de hielo. Un cambio por el que la mujer ya no es salvada por el hombre, sino vejada, y que propugna la existencia de un amor verdadero más allá de la dinámica príncipe-princesa.

La premisa de la película ya presenta de por sí una visión perturbada de esta dinámica: Stefan le corta las alas de una forma brutal a Maléfica, la mujer de la que supuestamente estaba enamorado, con el único objetivo de alzarse en el trono. Este hecho supone de una forma tanto visual como temática la violación del personaje. Una violación tan explícita que resulta escalofriante; el acto sexual forzado como origen del trauma de Maléfica que la perseguirá en sus posteriores actos. Las alas como símbolo de la pureza, de la libertad de la mujer que “puede alzarse por encima de las nubes”, cosa que le es negada por el opresor para su propio beneficio y placer. La vergüenza que siente Maléfica ante los suyos por verse ultrajada de tal manera explica su reclusión en un castillo y posterior alzamiento como “emperatriz del mal” ante todas las criaturas de su mundo, concepción que nace de un profundo temor. Y en ese preciso instante es cuando tiene lugar el bautizo de Aurora, con todo lo que ello implica.

Por entonces el personaje de Jolie se ha convertido en la Maléfica que todos conocemos, pero a partir de la maldición la película toma un giro brusco tanto en tono como en tema. Cuando en la famosa maldición la bruja otorgó el don a Aurora de “ser amada por todos cuantos la conozcan” ignoraba que esas palabras podrían aplicarse a ella misma. La relación materno-filial que se empieza a gestar entre ambas mujeres ha dado lugar a una fuerte polémica tanto entre los fans del cuento original como la audiencia más imparcial. Y es que el beso de amor que finalmente despierta a Aurora de su maldición no se lo da el príncipe (que es completamente repudiado por todas las féminas de esta historia), sino la propia Maléfica, culminándose así ese búsqueda de identidad de Disney, explícitamente demostrado no solo en el hecho de que sea una mujer la que despierta Aurora, sino también en que sea aquella que otrora deseó su muerte. Diversas teorías surgen de esta circunstancia; la más aceptada es la constitución del personaje de Fanning como aquella hija que Maléfica nunca tuvo; el pequeño “animalillo” que hubiera deseado tener con Stefan pero, al igual que sus alas y su propia feminidad, le fue arrebatado.

Pero es que en este hecho no pueden ocultarse las propias pulsiones sexuales del personaje de Jolie, que vuelve a encontrar el amor en una persona de la misma sangre que Stefan y que además resulta ser una mujer. Esto adquiere pleno sentido si se tiene en cuenta el odio de Maléfica (y de la guionista al parecer) hacia “el hombre” como tal. Un desprecio absoluto manifestado en las humillaciones a las que somete a su propio “cuervo” y más específicamente en el personaje de Stefan. Incluso el príncipe Phillip, que tanta importancia tenía en el clásico es relegado al último de los planos. No es de extrañar, por tanto, el amor que comienza a sentir hacia Aurora, hasta alcanzar un punto casi obsesivo, con todas las connotaciones que derivan de ello.

Y es en esto en lo que Disney tiene que tener cuidado, porque aunque ese proceso de cambio identitario sea algo necesario, no tiene por qué implicar la relegación de un género específico y con ella, otra parte de la audiencia potencial del film.

Pero a pesar de esto, aplaudo a Maléfica por el punto de inflexión que supone en la filmografía (e ideología) de la productora. Es un acto de valentía y madurez por parte de Disney tratar temas tan adultos y oscuros en una película disfrazada de aparente amabilidad. En esa situación traumática que en la película conduce a una irremediable venganza se encuentra uno de los problemas más sucios y acuciantes de la sociedad, por lo que es chocante ver a una productora de valores tan sumamente familiares sustituir el mensaje alegre y conservador por una llamada de atención a la posible putrefacción de las relaciones entre hombres y mujeres.

No olvidemos que Maléfica es un producto meramente veraniego (en América ha sido el blockbuster propulsor del verano) y su intención principal es que millones de familias de todo el mundo se acerquen al cine a que les cuenten la historia de la que una vez fue la mala malísima de La Bella Durmiente. Pero ojalá todos los productos comerciales tuvieran mensajes tan sutiles y certeros en cada plano, en cada efecto visual y en cada matiz de la gloriosa interpretación de la Jolie como los tiene Maléfica.

Un artículo de Miguel Alcalde.

1 Comment

Leave a Comment