El mundo es para los vivos

Todos están muertos comienza con un chico, Pancho, que nos presenta a su madre, Lupe, una antigua estrella de la movida musical española, ahora venida a menos, que sufre agorafobia y no es capaz de establecer una relación normal con ninguna persona. El origen de todos sus males parece ser una muerte que no es capaz de superar. Por eso su madre, mexicana firmemente creyente en la santería, recurre a una solución radical. La ópera prima de Beatriz Sanchís se puede entender como un cuento en el que se difuminan las fronteras entre la vida y la muerte, que llega a la manida conclusión de que hay que aprovechar y disfrutar del tiempo que tenemos, porque nunca sabemos cuando se va acabar.

La película, sin embargo, lejos de esa celebración de la vida que propone, parece tan congelada en el tiempo como su protagonista. Mira con nostalgia hacia las décadas de los 80 y 90, pero no acaba de encontrar su lugar ni su género: a veces es una comedia, a veces un drama, a veces un musical, a veces una historia de amor… No encontramos tanto del mundo del videoarte y el videoclip del que proviene Beatriz Sanchís (más allá de su temática musical) como de una marcada estética indie. Esto se aprecia en el ámbito sonoro, con música original de Akrobats, que ya habían participado en los cortos de Sanchís, y adaptan su estilo de Big Band folk hacia temas más pop, como en el visual: la directora recoge distintos aspectos de un género ya muy establecido y lo lleva a su terreno de forma bastante irregular.

La narración, que toma como referencia las historias de evolución y superación personales más prototípicas del cine americano, avanza de manera forzada y muy poco naturalista, conducida de forma plana por sus protagonistas. Elena Anaya (premio en el Festival de Málaga a la mejor actriz, ex aequo con Natalia Tena por 10000 km), que personifica en su figura el carácter efímero del éxito, no acaba de matizar un personaje cuya expresión asustadiza, convincente al principio, va cayendo en una caricatura apática según avanza la trama. Mientras, el adolescente Christian Bernal, narrador principal, carece de la fuerza suficiente para cargar con el peso de la historia. Algo similar le ocurre a Nahuel Pérez Biscayart, cuyo permanente aspecto de desubicación parece deberse a que no sabe muy bien qué hacer con su personaje más que a las insólitas circunstancias en las que aparece el mismo. De este modo, los más destacable del reparto son Angélica Aragón, y, sobre todo, Patrick Criado, el único que demuestra algo de verosimilitud ante los acontecimientos que tienen lugar, y que deja patente que su revelación en La gran familia española (2013) no fue algo transitorio.

Todos están muertos es una película estrafalaria y desfasada, con tintes surrealistas pero en esencia humanista, que adolece de falta de tono definido, y acaba siendo mucho menos arriesgada de lo que plantea. Quiere tocar muchos temas, sin acabar de redondear ninguno, quedándose al final con el más convencional de todos. Aunque quizás pueda contentar a aquellos melancólicos de la época que refleja.

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