Como conocí Holy Motors

Es una locura escuchar a alguien comentando la horrible frase “El Cine no me gusta”. Una de las mayores maravillas del séptimo arte es su capacidad para que haya una película que conecte contigo expresamente. El cine es tan variado que es capaz de unir todas las artes y con ello crear algo completamente único, en cualquiera de los infinitos géneros que existen. Hay ciertas películas, no las más importantes para la crítica ni para el público, que resuenan en ti. Se trata de algo completamente personal, incluso podríamos hablar de algo visceral, pero sobre todo es algo único que solo te pueden dar algunos filmes. Está es una de esas historias: la mía con Holy Motors.

El camino hacia Holy Motors

Desde que tengo uso de razón, soy aficionado al cine. A medida que he ido creciendo he intentado inculcarme con los cineastas más famosos y las películas mejor valoradas en webs como Filmaffinity. Intentaba aprender de cine por medio de nombres importantes y notas numéricas y ese fue uno de mis grandes errores: el pensar que existía un criterio general con el que valorar a cada película. El cambio en mi forma de valorar el cine, surgió cuando en el Festival de Sitges salió galardonada la última película de Léos Carax. Interesado en ese momento por los ganadores del festival, me quede prendado ante las imágenes que destilaba la película. Tuve un sentimiento que me decía que Holy Motors me iba a cambiar la vida.

En mi provincia era realmente imposible que se estrenase una película como esta, y menos subtitulada. Deseaba poderla ver, pero cuando se estreno en formatos domésticos, huía de ella. La grandeza de la imagen que producía el film en mi, era tan superior que era incapaz de encontrar el momento donde estuviese preparado para ella. Un sentimiento continuo de respeto, esa mezcla entre pasión y miedo se apoderaba de mi, sintiéndome incapaz de esperar algo determinado de ella. Y no llegaba esa valentía que me ayudaría a enfrentarme a ella. Llegarían unos años más tarde cuando comprendería lo que me ayudo esa cobardía.

Al tiempo, empecé a trabajar de redactor aquí en La Llave Azul. Gracias a ello pude ir acreditado al Festival de Cine Europeo de Sevilla, mi primer festival. El plantel de títulos para ese año era realmente excelente, con unas películas increíbles que pude disfrutar y unas muy enriquecedoras charlas con directores muy interesantes a los que pude entrevistar. Pero uno de los eventos más esperados y estimulantes del festival fue un homenaje a Léos Carax, donde se expondría toda su filmografía, entre ellas, claro está, Holy Motors con una rueda de preguntas después de acabar la obra. Decidí que debía presentarme en las ruedas de prensa de Léos Carax. Una de ellas era únicamente con periodistas, la otra con el público restante después de la sesión del filme que hoy nos ocupa. Tendría la oportunidad de poder disfrutar de la película en la gran pantalla y además conocer al director. El día llegó, se apagaron las luces y se ilumino la pantalla.

El público observaba al público dormido, el espejo del espectador. La primera escena de Holy Motors es una de las alegorías más increíbles de la historia del cine. Léos Carax se interpreta a sí mismo, abriendo una puerta que lleva a lo alto de una sala cinematográfica. Desde ahí, observa al público dormido mientras se emite una película. Animales y bebés entran en la sala y son capaces de mantenerse despiertos. La importancia de esa escena residen en como Léos expone la manera mercantilista actual en la que se consume cine, pero lo que yo no sabia en ese momento, era que principalmente, Holy Motors habla de él. El núcleo de la película es el tiempo. El cambio. La nostalgia. Refiriéndonos al cine nos damos cuenta por las similitudes representadas en el cambio de lo analógico a lo digital (curiosamente, además, está es la única película que Carax ha rodado con digital). La profesión del protagonista también puede verse como una metáfora del trabajo de un actor, de la evolución en el arte, emulando el cambio ocurrido en la interpretación, del teatro al cine, y yendo un paso más allá, ejemplificando de forma bella el eterno pensamiento que entiende la vida como un teatro. El cambio inverso de lo moderno a la antiguo siempre sabiendo valorar lo que hace especial a cada época. Carax es capaz de hablar de géneros en el cine al mismo tiempo que trata la sociedad moderna, la locura de las modas – en delgada relación a la religión – y, sobre todo, el amor.

Al terminar la película nos quedamos la sala al completo extasiada, pero sentí que inundaba el ambiente un sentimiento más negativo que positivo. La horrible necesidad de buscar una lógica o normalizar lo que se ve en una película lleva a matar a la misma, a eliminar todas las más profundas sensaciones. Los demás espectadores no buscaban el porqué ni tampoco encontrar sentimientos que en ellos permanecían dormidos. Entonces empezó la ronda de preguntas que fácilmente podría resumirse en cuestiones del estilo a: “¿Puedes explicar la película? ¿Por qué es tan vacía y pretenciosa? ¿Es homenaje o copia los elementos de otros directores?” Es increíble como después de tanto tiempo respecto a su estreno, la película sigue siendo adelantada a su tiempo. En la rueda de prensa del día siguiente, Carax comentó: “Holy Motors ha salvado mi vida, necesitaba hacerla. Antes de esa idea estaba realizando una obra llamada “La Bella y la Bestia” que trataba al señor Mierda Después de ello los periodistas se preguntaron “¿Por qué necesitaba hacerla y romper la película que tenía ya preparada?” Y ahí está la clave de Holy Motors, en ella misma.

Carax al final de Holy Motors, pone su voz a una de las limusinas. Ésta comenta el futuro de ellas como transporte y habla sobre cómo aceptar el final que les tocaba, comprendiendo que lo antiguo debía dejar paso a lo nuevo. La última palabra que se escucha de la película es su voz, dando un sentido amén. inmediatamente después nos encontramos con una foto de ella, Yekaterina Golubeva, acompañada de una dedicatoria en su memoria. Holy Motors no es únicamente una de las mejores lecturas analíticas sobre la situación actual del séptimo arte sino que es también Léos Carax abriendo su corazón por completo al espectador. Tal fue mi obsesión con la obra que busqué información sobre Yekaterina durante mucho tiempo pero la información sobre su figura es escasa y difusa: únicamente se sabe que estuvo casada con Léos y tuvo una hija con él. Su muerte es un absoluto misterio: se rumorea el suicidio o la muerte natural, pero nada es completamente seguro.

Después de valorar estos datos, volví a decidir a visionar Holy Motors, esta vez de una manera distinta. Compre la edición en bluray y fui acompañado para verla de nuevo por mi pareja, motivada por mi enfermiza obsesión con la película. Entonces, con otras ideas en la mente, vi una película completamente distinta:

Detrás de Holy Motors

La primera escena de la obra, como dije anteriormente, es toda una declaración de intenciones donde Léos Carax utiliza el poder del cine para expresar sus sentimientos. Vale la pena hacer un pequeño inciso para recordar que el propio Carax decía en entrevistas que sí pudiera hacer otra cosa distinta, lo haría sin dudarlo, pero que es absolutamente incapaz. En todos los aspectos, el papel que interpreta Carax, es él mismo. Incluso añade a su viejo perro, para afirmar que no esta interpretando a nadie sino a sí. Él, con su paso tan característico va hacia un muro y encuentra una puerta que abrirá con su dedo corazón. Léos abandona su cárcel mental para transmitir sus sentimientos a la pantalla, aunque el espectador duerma.

Es interesante la estructura argumental que posee la cinta, desarrollándose a lo largo de su metraje gracias al sistema de la limusina en Set-pieces, realizado de forma que a medida que avanzas capítulo a capítulo, aprendes más de la figura del propio director francés. En cambio, las primeras escenas parecen realizadas para chocar con el espectador medio e impedirle que llegue al final. Carax abre su corazón, pero solo se lo enseña a quién esté dispuesto a quedarse. Recordemos las primeras escenas: El banquero, La anciana, El actor de captura de movimientos y el Señor Mierda. Todas ellas funcionan perfectamente a nivel temático: El banquero trata la frialdad del negocio del cine y expone una idea sobre lo idealizada que podría haber sido la vida de Carax sí hubiera decidido buscar dinero en el cine antes que ser un director-artista. La anciana se ríe de la idea del cine reivindicativo que busca dar pena y habla sobre como el director se siente respecto a su película, vendiendo su pena. El actor de captura de movimientos trata la digitalización extrema del medio e incluso la suciedad del sexo sin amor. Finalmente, el Señor Mierda trata la anarquía del cine que muestra a la sociedad cómo es realmente y resulta, además, un valor sentimental añadido impuesto por Léos debido a que éste curioso y desgradable personaje fue una creación conjunta con su mujer, quienes planeaban dirigir juntos un filme único sobre sus desventuras. Pero suponen indudables retos para el público medio que simplemente busca entretenimiento en el cine. La película echa intencionadamente a las personas que no quieren escuchar, que no quieren ver, que no quieren imaginar.

Después vamos descifrando su psique. El protagonista, interpretado por un fantástico y camaleónico Denis Lavant, interpreta a Léos Carax. Copia su cigarro, su sombrero y su forma de caminar. Hasta adquiere el rol de padre soltero que habla con añoranza de la belleza de su madre y que sólo desea que su hija, en un futuro, sea como ella. Para aclararlo más, la hija es interpretada por la verdadera hija del director. Luego Lavant interpretando a dos gemelos expone la dualidad de su persona que no sabe si olvidar el pasado o estancarse en él. La Set-piece donde muere en la cama parece un sueño, un anhelo, creado por el propio Carax, donde él intercambia el puesto de su mujer, muriendo él en vez de ella. Incluso es capaz de ponerle a la mujer su nombre en femenino, Léa. El largometraje llega a la máxima iluminación cuando el director crea un encuentro onírico entre los dos amantes, dos personas dedicadas en cuerpo y alma a su trabajo que perdieron el tiempo juntos, tiempo que ya no pueden recuperar más allá de un melancólico y musical (re)encuentro de despedida en la inmensidad de la noche parisina. Holy Motors, bajo cualquier óptica, es Léos Carax.

Cuando terminé por segunda vez, sentí que le comprendía. La sensación de cercanía generada a partir de que él me cuenta, me transmite a distancia todo su sufrimiento que ha callado durante años. Me explicaba desde lo más profundo de su ser, sus sentimientos. Realmente, entendí que esa era la máxima expresión del cine, la que es capaz de hacerme sentir su propio dolor, totalmente ajeno y desconocido para mí. El cine es pura empatía, ponerse en los zapatos de otro para poder viajar con él. Es cuando este viaje ocurre cuando logras llegar, traspasar, a la profundidad del personaje. Carax es capaz de hablarte de nuestro mundo, de la sociedad, del cine y de sí mismo. Hay pocas películas que han conseguido conectarme tanto a sus ideas y aún menos filme hay capaces de cambiar mi visión del cine tan radicalmente, pero Carax, al enseñarme como se curo con Holy Motors, dejó una gran capa de maestría sobre su visión (y la mía) respecto a la industria y al mundo, aunque detrás de todo ello solo se encuentre un director dolido por la perdida.

La valentía de Carax con su Holy Motors es tal que es capaz de encontrar e imponer golpes de humor en su película, resultando tan valiente como para reírse de sus propias desgracias. Es capaz de hablar con claridad sobre sus ideas respecto al mundo, haciendo de la película una propia catarsis personal, un amén. Perpetúa una nueva forma de hacer cine, puramente sensorial y salido de forma directa del alma del creador. Un cine distinto, entendido como una forma de expresarse capaz de sorprender. Holy Motors es una autentica obra maestra y ha resonado en mi desde mi primer visionado. Por ello, al final del día, da igual que esta película tenga un 6 en Filmaffinity, da igual que Boyero haya salido de la sala antes de que pasará media hora… Lo importante es, tu conexión con ella. Porque una película y unos sentimientos, son demasiado fuertes e importantes como para permitir que decida sobre ellos una simple media numérica.

Un artículo de Nacho Vázquez.

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