Vigalondo en la cocina

Nacho Vigalondo es como Ferrán Adriá. Y hay dos diferencias fundamentales que reduciré a uno. Mi madre sabe quién es Ferrán Adriá pero nunca ha comido ninguno de sus platos; y mi madre nunca ha oído hablar de Nacho Vigalondo pero ha visto alguna de sus películas. Quiero decir con esto que no siempre la fama y la calidad van unidas, o no al menos el reconocimiento exigido a dicha calidad.

La forma de contar historias de Nacho Vigalondo, que es al fin y al cabo el sello de calidad de cualquier artesano (el modo en el que hace las cosas y a las que presta atención), es el nexo fundamental con el cocinero catalán. Ferrán Adriá nos deja asombrados porque utiliza las sensaciones más básicas (el olfato, el gusto) para recalar en la Historia de la Cocina, mejorando, implementando, analizando, evolucionando el noble arte de cocinar. Nacho Vigalondo, por su parte, coge el lenguaje cinematográfico para hacer un más-difícil-todavía, mejorando ese lenguaje a base de cambiarlo totalmente, enfocando nuestra atención hacia las relaciones humanas. Es tal vez la antítesis de un Michael Haneke que aparta la cámara de lo que deberíamos ver: Nacho Vigalondo centra su objetivo en lo que no se ve y en lo más importante de los actos de las personas: los motivos.

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Extraterrestre sigue la estela de la cocina deconstruída de Ferrán Adriá: es cine deconstruído. Es la imperante necesidad de Vigalondo de contar la historia dentro de la historia, centrarse en el cómo más que en el qué, porque al fin y al cabo, son las personas las que mueven el mundo, y sus motivaciones las que definen sus actos. Ciencia ficción elevada a la máxima potencia, con el drama inherente de sus personajes. Porque las personas, en este caso centrados en cuatro personajes muy bien definidos, no dejan que la envidia ni el orgullo interfieran en sus objetivos, y prefieren abrazar el mayor de los egoísmos antes que caer en un profundo ridículo.

El gran público, tomado como masa, acostumbra a engullir cual pato hambriento lo más rápido que puede, y no toma en consideración la artesanía reflejada en obras de mayor excelencia. La masa deglute fast-food en McDonalds no ya porque sea barato, sino porque comer, el acto de alimentarse, les parece un simple trámite. Podríamos considerar una vertiente cinematográfica cual fast-movie, que no repara en las necesidades sensoriales del espectador, y solo le ofrece una película de corte igual a otras veinte solo para que el espectador sacie su necesidad de ver una película: aquí, ahora, ya, que no le haga pensar en un porqué este artesano me cuenta esta historia, por qué a este cocinero le ha tomado tres horas prepararme esta sopa que me tomo en diez minutos.

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En un entorno cinematográfico, Nacho Vigalondo siempre ha ido más allá y ha eliminado el encorsetamiento de las limitaciones del género: ha hecho un gender bender lingüístico. Extraterrestre tiene un guión sencillo y directo pero a la vez tiene muchas lecturas, nada ocurre porque sí y posee más fuerza que cualquier efecto especial, persecución o explosión extraterrestre. Una película no es solo lo que ocurre, sino el vehículo en el que lo hace, y en cualquier película (repito: CUALQUIERA), el modo en el que la historia avanza, el algoritmo por el que la historia tiene planteamiento, desarrollo y desenlace es sus personajes. Y si sus personajes no tienen fuerza, si sus personajes no poseen la carga necesaria para hacer creíble unos actos, si sus personajes no son capaces de contar una historia al margen de la principal, entonces, ¿qué queda?

Mucho se debe atribuir al modo de hacer cine de Nacho Vigalondo. A ser capaz de ir a contracorriente y no dar a la masa lo que exige, sino regalar al espectador, al individuo, la historia que necesita. Vigalondo es capaz de hablar de viajes en el tiempo sin necesidad de atrasar relojes, es capaz de mantener el suspense mostrando en todo momento el devenir de los acontecimientos, es capaz de hablar de un ataque terrorista en un musical, de hablar de enamorarse en un apocalipsis alienígeno. El marco que utiliza el director cántabro para sus historias es el lienzo de otras, películas que se “enmarcan” dentro de un género para hablar de una historia de género. Gareth Edwards o Colin Trevorrow son directores absorbidos por una máquina que hace cine por lotes, pero cuyas primeras obras tienen mucho en común con el cine de Vigalondo, con la frase “Godzilla no sale mucho”, “no sabía que hubieran viajado”, etc.

Probablemente, Nacho Vigalondo sea un genio en vida como lo es Ferrán Adriá. El cocinero ha revolucionado la cocina, y lo llaman nouvelle cuisine. Vigalondo reconoce todas las costuras de un guión, y revoluciona y reimagina el modo de contar la trama, de cocinarla a fuego lento, de llevarla a ebullición. Extraterrestre pone de manifiesto un guión perfecto en el que el cómo  está por encima del qué, y en el que el contexto no es la trama, sino sus personajes. El director utiliza a sus personajes y no su entorno para hacer avanzar la historia: una historia tan grande como el fin del mundo conocido.

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un artículo de JONATHAN SEDEÑO

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