Tessa era mi hogar

Podría elegir veinte películas diferentes pero creo que, en este momento de mi vida, es la adaptación de la novela de John le Carré la que mejor representa tanto mi deriva profesional como mi pasión por el cine. Una magnífica película en la que Ralph Fiennes y Rachel Weisz, guiados por un soberbio Fernando Meirelles, nos regalan una historia tan dolorosa como romántica.

Ya no tengo hogar Tim, Tessa era mi hogar.

Recuerdo perfectamente el momento del visionado. 16 años. Como desde que tengo uso de memoria me acerco al videoclub, mi etapa de películas gore y de terror había quedado atrás, el drama más o menos comprometido era mi nueva asignatura. El jardinero fiel aparece ante mí. Pocos meses antes había visto a Rachel Weisz ganar un Oscar por su interpretación en esta película. Debía saldar mi deuda. Como cada vez que acudía al videoclub, yo elegí una película, mi madre otra; compramos gominolas y nos dirigimos a casa. No pude comer. Desde el principio, la historia de Tessa y Justin hizo que se me encogiera el corazón y se me cerrara el estómago.

Es un relato duro, sobre la corrupción, sobre la crueldad, sobre la globalización, sobre la maldad, sobre la codicia, sobre la homosexualidad, sobre los experimentos médicos, sobre la pobreza, sobre la condición humana… pero también sobre el amor, sobre el amor más grande que se pueda sentir. Es un drama social, un thriller, un drama romántico, cine negro… lo es todo, y en todo triunfa. África aparece retratada de una forma descarnada, con todos sus claroscuros. Los paisajes más bellos sirven como telón de fondo de las escenas más cruentas; mientras que la más sucia de las calles da paso a la esperanza. Un continente lleno de contradicciones magníficamente reflejadas en esta película.

Ver dos personajes tan complejos, con tantos matices, tan contradictorios… fue un placer. Ver como Ralph y Rachel construían una historia con tanta pasión y cariño simplemente un lujo. Aún conservo el recuerdo de cómo me habían impactado las escenas más íntimas de esta película, me parecían lo más bello que había visto nunca. Y lo sigue siendo. Pocas veces podemos observar tanta química entre dos actores, ver miradas tan sinceras, ver deseo y pasión, que con apenas un par de escenas demos el salto al vacío con ellos y nos enamoremos.

Son muchas las virtudes de esta obra que mereció sin duda un mayor reconocimiento. Fernando Meirelles, criticado por haberle otorgado una factura visual caduca, en mi opinión da al film un aire atemporal, que le ha permitido no envejecer ni un ápice en 10 años. Un director que otorga un ritmo perfecto, acompañado de un gran trabajo de guión por supuesto. A destacar también la magnífica BSO creada por el español Alberto Iglesias. Pero, sin duda, vuelvo a resaltar, su mayor virtud reside en todo el plantel de actores, desde los que tienen una sola frase, hasta los gigantes Ralph Fiennes y Rachel Weisz.

A lo largo de los años, finalmente, siempre me he quedado con uno de los mejores finales jamás filmados. Esa escena que acabó por romperme el corazón, destrozarlo en mil pedazos y pisotearlos, para volver a reconstruirlo, con sus cicatrices y aprendiendo de ellas. Un final lleno de dolor, de verdad, pero sobre todo de amor. Ese amor que todos esperamos sentir. Un tramo final que te arrolla para una película inolvidable.

Muchas veces hay un detalle, un libro, un viaje, una película… que marcará tu futuro de la forma más inesperada posible. En mi caso es esta. Estar estudiando un Master en RRII y Estudios Africanos no es casualidad. No era la primera película sobre África que veía, pero si la primera en la que se mostraba el África más descorazonadora, no aquella de postal de Memorias de África. Ver esta obra, y posteriormente sumergirme en la novela de John le Carré, me hizo querer entender más de cerca los porqués de África, o al menos intentarlo.

No, no ha habido asesinatos en África. Solo lamentables muertes y de esas muertes obtenemos los beneficios de la civilización. Beneficios que obtenemos fácilmente porque esas vidas se compraron muy baratas.

Un artículo de Luis Fernández.

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