Memoria y maldad

Voy a empezar con una opinión: es muy probable que The Childhood of a Leader sea la película más interesante de este Atlantida Film Fest. La complejidad ya no solo técnica sino también emocional de la ópera prima de Brady Corbet resulta impropia de un director inexperimentado. Y sin embargo la película rebosa inteligencia y terror. Con cada plano, cada frase o incluso a través del manejo de la cámara, Corbet se abre paso hacia las entrañas del espectador, apelando a sus miedos más primarios, fulminándolo de una manera directa e implacable. ¿Cómo? Curiosamente, revisitando una vez más “el gran trauma”.

Si toda mente está sujeta al trauma, la noción de “memoria colectiva” entendida como el conjunto de mementos compartidos por un grupo o sociedad implica necesariamente la existencia del trauma a una escala infinitamente mayor. De hecho, existe un momento específico en la Historia de la humanidad que, por su singularidad, ha dejado una cicatriz permanente en la memoria colectiva mundial: el Holocausto. Estudiado y revisado hasta la saciedad, parece existir una necesidad de entender el “porqué” de semejantes atrocidades para así poder superarlas. En este proceso de comprensión, el cine no se ha quedado atrás: hoy en día se siguen produciendo filmes centrados en el ascenso e instauración del nazismo (siendo El Hijo de Saul quizás el ejemplo más reciente). Sin embargo, ante una exploración cada vez más formulaica, Corbet plantea una alternativa en la que Alemania no es el foco del mal.

Basada en un relato de Sartre, la película se articula en torno a la exploración de la infancia de un futuro líder fascista que, contrariamente a lo esperado, resulta ser americano. Corbet se sirve de esta idea para imaginar una realidad paralela en la que Hitler es hijo de uno de los cabecillas de la delegación americana en la negociación entre alemanes y aliados tras las I Guerra Mundial. La película presenta así una especie de generalización del mal que pone punto y final a una representación del Holocausto basada en dedos acusatorios. El mal es inherente a la naturaleza del ser humano: no entiende de naciones y puede provenir de los lugares más inesperados.

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No sorprende por tanto que, en un momento determinado del filme, cuando se le pregunta al niño por su nacionalidad, él se describa a sí mismo como “ciudadano del mundo”. Corbet pone en manos de todos el origen del gran trauma, en ocasiones de manera tremendamente explícita, haciendo que la mirada del espectador coincida con la del niño. Esta igualación de puntos de vista da lugar a una inevitable identificación que potencia la atmósfera pesadillesca de la película: uno no puede evitar preguntarse, ¿y si soy yo parte del problema? El cuestionamiento de la bondad del ser humano es una constante a lo largo del filme.

Esta visión ciertamente catastrofista de la naturaleza humana se potencia con la presencia de secundarios que, como el pequeño, muestran su verdadera cara a medida que el filme avanza. Al igual que Haneke en La cinta blanca y Caché respectivamente, Corbet hace visible lo reprimido, utilizando la cámara para alcanzar la interioridad de sus personajes, haciendo aflorar así sus impulsos más oscuros. Del patriarca sin escrúpulos que no tolera ver cuestionada su autoridad a la madre que odia a su hijo simplemente por haber nacido, pasando por la criada que jura dedicar sus días a destruir esa familia. Todos ellos son piezas en el puzzle del “gran trauma”, y Corbet pone un especial énfasis en destacar su multiculturalidad: cada uno de los personajes viene de una parte distinta del mundo y, sin embargo, todos están contribuyendo a la creación de un “mal mayor”.

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Con todo esto, el director no parece estar exculpando a los causantes del Holocausto, sino más bien produciendo un comentario existencialista sobre el ser humano en general. A esta idea se une la opulencia orquestal de la banda sonora así como una atmosféricamente fotografiada casa en decadencia por la que los personajes deambulan fantasmagóricamente a medida que lo salvaje se va adueñando poco a poco de ellos. Ese in crescendo de casi dos horas de duración concluye en una apabullante secuencia final: la culminación del proceso de infamia del protagonista, la representación última y definitiva de la histeria totalitaria.

The Childhood of a Leader no es una película inusual en su capacidad para incomodar al espectador mediante interpelaciones directas que buscan cuestionar nuestra moralidad (Lars Von Trier o Haneke son expertos en esto). Sin embargo, sí resulta extremadamente interesante como documento exploratorio acerca de la condición humana. Si Hannah Arendt (a la que Corbet dedica un agradecimiento final) acuñaba en 1963 la expresión “banalidad del mal”, The Childhood of a Leader parece introducir una nueva noción que bien podría actuar como complemento a la anterior: la universalización del mal.


MIGUEL ALCALDE

ESPECIAL ATLÁNTIDA FILM FEST 2016


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