Tesis: cuando las ideas están por encima de los recursos.

Hay algo en el cine argentino que me suele generar envidia: cuando no tiene muchos recursos lo suple con buenas ideas. Y en esa riqueza, que suele revertir en buenos guiones con diálogos ágiles, nacen películas pequeñas nada desdeñables. No todos los años se puede producir El secreto de sus ojos, pero cuando primero se tiene claro “qué queremos contar” es más sencillo, al menos en apariencia, dar con el “cómo lo queremos contar”.

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Hay algo que me enfada en determinadas películas españolas: cuando la idea no llega y lo intentamos suplir con medios (y si son a imagen y semejanza hollywoodiense el enfado alcanza cotas estratosféricas). ¿Por qué funciona Anacleto? Porque la película se debe a sus personajes, y todos los medios están a su disposición. ¿Por qué (no me) funciona El desconocido? Porque tras explosiones y persecuciones solo hay, salvo meritorias excepciones, personajes muy planos. Por eso Truman tocó las teclas del éxito: vemos a gente en la pantalla, no a muñecos repitiendo frases más o menos grandilocuentes. Y de adaptar a Lorca ya ni hablamos. La novia podría localizarse en Marte y seguir funcionando igual de bien.

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Un ejemplo de qué por encima del cómo es Tesis. Fue en 1996 cuando irrumpió con fuerza en el panorama cinematográfico español un joven director: Alejandro Amenábar. Con apenas 24 años lograba no solo el reconocimiento de crítica y público, sino también varios Goyas (entre los que destacaban Mejor Película y Mejor dirección novel). Tesis estaba protagonizada por Ana Torrent, ya curtida en el mundo del cine, y unos más o menos principiantes Fele Martínez y Eduardo Noriega, además de toda una serie de secundarios de lujo. La película contaba la historia de Ángela, una estudiante de doctorado que está preparando una tesis sobre la violencia audiovisual. A través de Chema, Fele Martínez, aficionado al cine gore, comienza a introducirse en la sórdida realidad que hay detrás de ese género. ¿Qué plantea Amenábar? Por un lado un entorno que nos resulta más o menos familiar: vivienda unifamiliar, comidas en las que las hermanas no dejan de tirarse puyas, ambiente universitario…En la forma, todo es aparentemente sencillo.

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Como sencilla es la vida de Ángela hasta que Figueroa, su director de tesis, muere durante el visionado de una película violenta. Ángela y Chema deciden llevarse la cinta que estaba viendo el malogrado profesor, descubriendo que se trata de una película “snuff-movie”. En escena entra Bosco, personaje interpretado por Eduardo Noriega, que encarna al guapo y misterioso personaje con el que no sabemos a qué atenernos… Hasta que sus novias y amigas comienzan a mostrar una tendencia a aparecer brutalmente asesinadas. Ha cambiado el espíritu de la película: donde antes había amenaza, ahora vemos peligro; donde había misterio, ahora hay sospecha.

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Son los mecanismos de intriga que utiliza Amenábar los que logran trasmitir la desazón inherente a la trama, y captura de tal manera al espectador, que este, como Ángela, no puede evitar mirar las imágenes entre los dedos con los que inicialmente se ha cubierto el rostro. El peligro se convierte en algo casi tangible, ya que no sólo se ve envuelta su protagonista, quien en su afán de conocer la verdad arrastra a su familia y a Chema. Es el propio espectador quien recela de todos los personajes, algo que eleva a la película por encima de un simple “averigüe quien es el asesino”. Todo basado en un planteamiento sugerente y astutos giros en una trama que resulta interesante y bien definida.

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El morbo que todo ser humano tiene sobre lo prohibido, la atracción que ejerce el mal y el dolor ajeno están aquí ejemplificados por las snuff movies, que sirven a Amenábar para establecer una crítica al gusto por el morbo de la sociedad en general y más concretamente de la televisión. Pero también lo utiliza Amenábar como un hilo conductor transparente que da coherencia a la película. Y como el morbo, la tentación del peligro, o el miedo a lo desconocido no pasan de moda, tampoco pasa de moda la película, aun cuando su estética (y sus videocámaras) evidencien el paso del tiempo. Algo parecido sucede con Se7en (David Fincher, 1995). ¿Qué más da que los policías lleven busca, o qué los ordenadores tuvieran discos duros de 256Mb, cuando la esencia de la película es atemporal?


IMMACULADA PILAR

I AM NOT PAUL AVERY

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