Llorar es de maricones.

No lo dudes, Imma. Desgraciadamente, tienes razón. Nos falta educación, y mucha inteligencia, emocional, tal y como decías creer en tu estupendo Caleidoscopio de hace unas semanas.

Ayer Xavier Dolan se alzaba, con tan solo veintisiete años, con lo que viene a ser la medalla de plata del Festival de Cannes (el Gran Premio del Jurado) por la polarizante Juste le fin du monde, su sexta película. Si el filme trajo consigo la esperada polémica entre la crítica desplazada a la Costa Azul francesa, su segunda subida al escenario del Teatro Lumierè para recoger galardón dejó al descubierto las vergüenzas de una sociedad – la nuestra – cavernícola en clave sentimental.

La propia Imma, compañera de esta bitácora que cubrió el certamen para los amigos de Videodromo, nos retransmitía en directo un espectáculo bochornoso que, por tristeza, trasciende la ficción para entrar en el territorio de la podredumbre humana. Ella, junto a otros informadores que seguían el anuncio del palmarés cannoise desde la Sala de Prensa del certamen, nos transmitían no solo los más o menos cuestionables (quizás hasta razonables) abucheos de gran parte de la prensa, disgustada ante un reparto nada concorde a sus preferencias, sino también las risas y burlas ante el discurso de un Dolan visiblemente emocionado.

Unas burlas que deberían empujarnos a replantearnos la sociedad idílica y libre de cadenas en la que muchos aseguran que vivimos: aquella en la que los triunfos de un joven escuecen a bastantes y en la que las lágrimas de emoción son objeto de corrillos y risas que solo intentan fortalecer los estigmas sobre los que se sostiene la frágil masculinidad de gran parte de la población, perpetuando la causa de algunos de los grandes problemas sociales con los que convivimos en la actualidad. Los mismos corrillos, en distinto contexto, que los de aquellos que chismorrean y bromean desde una convicción arraigada de que no hacen daño a nadie, sobre la sexualidad del otro. Comentarios que no solo se revelan una profunda, extendida y tremendamente obsoleta catetada sino que contribuyen a que el ser humano quede anclado en traumas propios del pasado, en asociaciones dañinas. Y es que, realmente, estos hechos solo refundan bajo apariencia chistosa la idea de que llorar es signo inequívoco de debilidad o de exhibicionismo impropio, por supuesto, del estándar de macho estoico todopoderoso, ideas que se transmiten entre generaciones. Piensen ustedes cómo debe sentirse un niño señalado por sus compañeros por llorar en público por X o Y motivo. Piensen ustedes como esto, posteriormente, puede tener continuidad (y en una crecida agresividad) en edades posteriores.

Y quizás todo el problema se resuma en una amenaza. La amenaza a la mencionada frágil masculinidad que supone el encontrarse un triunfador, joven, gay lo suficientemente valiente para mostrar sus emociones con sinceridad y transparencia. Otro triunfo para Dolan, y una tarea que atemoriza a todos aquellos que cuestionan sus lágrimas amparados en la retranca y el cinismo de alguien que, supuestamente, es ajeno a todo esto. Quizás es que la amenaza esté presente también en su cine: uno igualmente pasional y enérgico, sin miedo a pasarse de intensidad y con las agallas para desnudarse sentimentalmente. Quizás es que no estén preparados para ver a un adolescente cantar ‘Vivo per lei’ a su madre porque, seguro, no están preparados para asumir que ellos mismos existen en un mundo cambiante, en el que por suerte cada vez hay menos gente con miedo y más con energía para acabar con los prejuicios que son origen directo de lacras como la homofobia o la violencia de género.

Señalar la emoción en términos negativos solo subraya problemas deprimentes. Las lágrimas de Dolan no solo son un gesto de valentía, espontaneidad y generosidad, sino también un acto de guerra bellísimo: la guerra contra el hermetismo y la perpetuación de modelos de conducta repugnantes en pleno 2.016.

Sí, Imma, nos falta mucha educación e inteligencia emocional si queremos evolucionar y dejar atrás, totalmente, la Edad Media. Que nadie diga que la lucha no es necesaria y que el cine siga ahí para hacernos reir y llorar. Llorar con ganas y sin miedo, aunque otros intenten burlarse. Solo así comenzarán a cambiar las tornas.

En otro ámbito completamente distinto, pocos minutos antes del palmarés de Cannes, observé como – en un campo de fútbol con casi 20.000 personas – , unos niños de no más de 8 años insultaban entre risas al árbitro al grito de “gilipollas” y “maricón”. ¿Los padres? A pocos metros jaleando de igual forma, por supuesto, sin reprimir para nada a sus hijos. Otro ámbito, otra situación, la misma realidad problemática.


JESÚS CHOYA ZATARAÍN

THE PAPERBOY

1 Comment

  • Chicax 20 agosto, 2016 at 14:00

    Bueno, yo soy mujer pero aun así me encantan los hombres que lloran. No creo que en absoluto sean menos masculinos como dicen algunas personas, simplemente pienso que aceptan sus emociones y lo cierto es que me parece algo bastante sexy. De hecho ver llorar a un hombre nos gusta a la mayoría de mujeres, hace a los hombres mas humanos y menos hombres de las cavernas jijiji

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