Hollywood, ¿qué estás haciendo?

No me considero un fan acérrimo de las películas de acción, pero tampoco tiendo a desaprovechar la ocasión de contemplar las maravillosas mamarrachadas que en ocasiones nos deja el cine palomitero. La campaña publicitaria de Objetivo: Londres parecía presentarla de tal forma y, a falta de haber visto la primera entrega, ¿en qué se iba a diferenciar ésta de una de las tantísimas herederas del cine de Michael Bay que hoy en día pueblan la taquilla?

No podía imaginarme que Objetivo: Londres fuera a ser una película tan tóxica, deplorable y dañina, estrenada estratégicamente en una época especialmente conflictiva para acrecentar la ya de por sí asfixiante xenofobia que plaga Occidente. Aunque la premisa no parezca salirse del conservadurismo habitual norteamericano (todos los líderes mundiales mueren en un ataque terrorista a excepción del presidente de Estados Unidos, que inicia una carrera contrarreloj por su vida), a medida que avanza el film, el espectador presencia cómo ese patriotismo inicial acaba convirtiéndose en un auténtico “canto” a la raza blanca. Por alguna razón que se escapa a mi comprensión, la película pone al espectador de parte del personaje de Gerard Butler, que apuñala, mutila y asesina salvajemente a toda persona árabe que se cruza en su camino. Eso sí, todo esto de forma absolutamente triunfal. En un momento determinado de la película, Butler le espeta a su enemigo en plena batalla las siguientes palabras:

Vosotros los árabes lleváis toda la vida intentando destruirnos, pero dentro de un millón de años seguiremos aquí.

Mediante este statement tan radical como incierto, el director parece justificar las bestialidades que Butler perpetra únicamente a personas de diferente color de piel. Morgan Freeman se salva porque es el vicepresidente y porque es Morgan Freeman, pero cuidadito que Butler no se anda con chiquitas con aquellos que no responden a su concepción racial de lo que es una persona equilibrada y cuerda. Perlitas como “vuelve a Coño-jistán o de donde quiera que vengas” lo confirman.

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Pero lo que resulta más sangrante todavía es que inicialmente la película ofrece una motivación a los terroristas para atacar Occidente, y es que la primera secuencia del filme muestra cómo unos drones americanos bombardean la boda de la hija de uno de ellos. Un arranque así debería ofrecer un resquicio de duda con respecto a la moralidad de ambos atacantes. De hecho, uno puede pensar en un principio que una secuencia que representa a un grupo de gente indefensa y relajada siendo masacrada por los Estados Unidos podría abrir un debate ético interesante: ¿no es posible que al final no haya ni buenos ni malos sino únicamente víctimas del sistema? Objetivo: Londres responde a esto con una negativa alta y clara. La bondad o maldad de una persona únicamente depende del color de su piel.

En el creciente clima de tensión y miedo que se respira últimamente en Occidente, esta película resulta nociva; una especie de cristalización cinematográfica de las ideas que tan fervientemente Donald Trump defiende al otro lado del charco. Me da pánico que la gente joven que vaya a ver este filme quede irremediablemente influenciada por este modo de pensar rancio y anacrónico. Y es que en la única escena de la película en que aparece un chico árabe sin sed de venganza ni ansias por inmolarse, la chica que estaba sentada detrás de mí gritó, aterrorizada, pensando que aquel pobre joven iba a ponerle las cosas más difíciles a nuestro héroe. Y yo me pregunto… Hollywood, ¿qué estás haciendo?


MIGUEL ALCALDE

THIS IS ONLY HAPPENS IN THE MOVIES

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