La película de la selva

No deja de ser curioso que este sábado día 23 sea el día del libro (como cada año, ese triste aunque necesario recordatorio de que la literatura, la lectura y/o leer no son extraños entes que solo unos pocos disfrutan), y que la película número uno de la taquilla española y también mundial sea una película basada en una película basada en un libro de título que no deja de ser curioso. Un libro que es en realidad una recopilación de cuentos, pero que al fin y al cabo tiene un título bastante reiterativo pero tan aceptado que no será quien esto escribe el que discuta las genialidades de Rudyard Kipling.

En 1967, Walt Disney tuvo su estreno póstumo con la ya libre adaptación de los cuentos de Kipling, y popularizó la obra de Kipling infantilizándola y musicalizándola: el objetivo de cualquier trabajo del maestro Disney, pero también los ideales y planes económicos un tanto abyectos del creador del ratón Mickey. Si algo era Walt Disney era un creador de necesidades o al menos, un vendedor de entretenimiento que sobrepasaba cualquier derecho de autor adoptando a la esencia Disney cualquier obra o argumento capaz de pasar por su tamiz. Walt Disney fue un trasunto de Steve Jobs (al revés, obviamente), pero el creador de Apple adoptó de su mentor industrial la apisonadora que suponía un gran carisma pero una tremenda máquina de hacer dinero tras él.

'El libro de la selva' (Jon Favreau, 2016)

‘El libro de la selva’ (Jon Favreau, 2016)

Si algo no va a hacer el cine (o al menos, Hollywood) va a ser manchar la memoria de uno de los pilares del cine infantil y de entretenimiento. Pero más fácil que imaginar que el cadáver de Walt Disney esta criogenizado bajo la atracción de Piratas del Caribe en el DisneyWorld de Orlando, es creer que Disney asimiló como propias las creaciones de otros autores. Hay que leer muy bien entre líneas para entender la actitud del personaje de P.L. Travers que interpreta Emma Thompson en Al encuentro de Mr. Banks, y como Tom Hanks debe inventarse unos matices para no caer en lo que es obvio que el señor Disney quería conseguir y al final, históricamente demostrado, consiguió. Mary Poppins, la película, no se parece a Mary Poppins, el libro. Hay unos niños, hay unos padres, hay una niñera muy particular que se llama Mary Poppins… pero no queda ni rastro de la literatura de la señora Travers.

Para nada se debe confundir esta actitud con la manida frase de “me gustó más el libro”, cuando las actitudes megalomaníacas del señor Disney mataban el libro pero pagaban por mantener el título. Peter Pan contaba la historia del niño que no quería crecer pero tuvo que llegar Steven Spielberg con Hook para entender realmente la dimensión de la historia. La Alicia en el País de las Maravillas que plasmó Lewis Carroll fue un método divertido para el escritor de poder introducir en un libro pretendidamente infantil ideas y métodos absolutamente adultos. ¿Qué había quedado de ello cuando llegaron a los cines? Un entretenimiento simple, argumentos desmoralizados, venta de entradas y compra de merchandising.

'Al encuentro de Mr. Banks' (John Lee Hancock, 2013)

‘Al encuentro de Mr. Banks’ (John Lee Hancock, 2013)

Así que ahora, cuando en diciembre se cumplan cincuenta años del fallecimiento del fundador de The Walt Disney Company, a los herederos de la gestión artística de la compañía no se les ha ocurrido mejor idea de un tiempo a esta parte, que coger los ya deteriorados y desvirtuados guiones de los que partían las películas animadas estrenadas con Disney en vida, y reconvertirlos en nuevos entretenimientos simples, visualmente apabullantes pero que olvidan desde su concepción la obra original. Las escenas finales de Al encuentro de Mr. Banks engañaban al espectador al creer que Travers también había sido convencida por Disney, pero no, había sido obligada, engullida por el único estímulo de conocer la historia de Poppins. Ahora nos encontramos ante películas que convencen al espectador de que lo que está viendo es totalmente nuevo cuando no lo es, y hay que inclinarse ante Disney al conseguir hacer creer eso en el espectador.

El sinsentido que supone volver a contar la historia de Cenicienta, aunque esté Kenneth Branagh tras la cámara y Cate Blanchett delante, contratar a Angelina Jolie para contar una increíble historia sobre los orígenes de la mala de La bella durmiente, o convertir la historia de Alicia en el País de las Maravillas en el gran show del sombrerero Johnny Depp con la ayuda de su escudero Tim Burton, no hacen más que evidenciar no ya la falta de ideas, sino la propia endogamia artística del estudio. El último ejemplo es el trabajo de Jon Favreau readaptando la adaptación de 1967 y subrayando el ejemplo de que la copia de la copia es aún peor aún que el original.

El libro de la selva de Jon Favreau no es una mala película, es muy divertida y visualmente apabullante, pero no deja de ser una versión disenyana de lo que Kipling alumbró. Es un mérito enorme que Favreau sea capaz de componer buenos planos y hacer creíble que humanos y animales interactúen. Pero cincuenta años después, Disney lo ha vuelto a hacer: no es El libro de la selva de Rudyard Kipling, es La película de la selva de Walter Elias Disney.


JONATHAN SEDEÑO

EL LADRÓN DE ORQUÍDEAS.

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