¡Quiero vivir en una película de Noah Baumbach!

Cuando me senté a escribir esta nueva columna pensé que, tras haberme dedicado al repaso del tratamiento que el cine ha dado a la política y a la poca pasión que transmite la necesaria “Sufragistas”, había llegado el momento de relajar un poco y revisar otro tipo de películas o temáticas. Sin una idea muy clara, hice lo que suelo cuando no tengo una idea clara: buscar inspiración en las estanterías de mi humilde colección doméstica. Así llegué, de nuevo, a “Frances Ha”. Revisar esta película es como visitar a una vieja y buena amiga: te deja cierta sensación de melancolía, y su dosis de humor es suficiente para animarte las tardes de invierno. Hay algo en el personaje de Frances, en su atolondramiento e espontaneidad, que hace que resulte muy cercana, que creamos ver parte de nosotros mismos en la pantalla. Tanto que, por un momento, olvidamos que nunca seremos Greta Gerwig. Con esa sensación, vino la revelación: ¡yo quiero vivir en una película de Noah Baumbach!

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No todos sus personajes nos caen simpáticos, no todos son modelos de comportamientos, muchos hasta pueden llegar a ser unos miserables. Pero el amor de Noah hacia ellos hace que no podamos despreciarlos, porque siempre tienen alguna cualidad que los hace redimibles. Aunque en ocasiones resulte prácticamente imposible. Podría vivir muy tranquila sin cruzarme con un Bernard Berkman (Una historia de Brooklyn, 2005), en toda mi vida, aunque no puedo dejar de envidiar su librería. Él, como el Malcolm a quien da vida Jack Black en “Margot y la boda” (2007), tratan de sepultar sus miserias bajo montañas de libros o una pretendida vida cultural o pseudo-artística, respectivamente. Y en ocasiones, al sentarse frente al ordenador con un té (detalle bohemio y encantador), una tiene la sensación que mediante la escritura juega a ocultar su propia mediocridad, que espera quede difuminada entre referencias y algún lugar común. Los comportamientos deleznables de algunos personajes de Baumbach no son justificables, pero sus miedos nos resultan tan familiares como psicóticos.

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El año pasado, el director estrenó dos películas: “Mientras seamos jóvenes” y “Mistress America”. En la primera, los diques secos creativos de Ben Stiller parecen suceder en momentos en los que la desidia se va colando en su matrimonio con Naomi Watts. De nuevo, las crisis artísticas van de la mano de las crisis personales. Aquí no hay artistas atormentados, que sacrifican la vida familiar por el arte, porque los personajes de Baumbach no son genios incomprendidos, sino que son personas con imaginación y aptitudes, pero que como quienes se dedican a trabajos “de oficina”, necesitan equilibrio en los distintos ámbitos de su vida. Y eso, sin duda, hace que el sentimiento de identificación se afiance. El encuentro de la pareja protagonista con la que forman Adam Driver y Amanda Seyfried, es un detonante vital: la pareja más joven tiene frescura, algo que les gustaría volver a tener en su vida; admiran el trabajo de Stiller y Watts, algo que definitivamente les acaricia el ego; y, por último, les obliga a replantearse sus prioridades y sus relaciones amistosas. ¿Soy quien digo ser? ¿O soy una versión amable y falsa de quién me gustaría ser? Todos, como los personajes de las películas, nos planteamos en alguna ocasión estas preguntas.

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Hay algo que me llama especialmente la atención (cuestión de edad, probablemente), y es el nivel de desubicación de la pareja Stiller/Watts. Esa sensación que en ocasiones se tiene de que a tu alrededor todo el mundo tiene una vida más organizada, incluso plena, mientras la tuya parece encallada en alguna dimensión desconocida. El director deja que sus personajes sientan esto, para a continuación enseñarnos que todos vivimos esos momentos, y que la diferencia suele estar en la capacidad de encararlos y superarlos. Pero no confundir al director con un psicólogo metido a director. La magia de sus películas suele estar en la falta de moralina y de discurso. Y “Mistress America” es quizás el ejemplo más brillante de esto, aunque estemos obnubilados por sus protagonistas durante buena parte del metraje.

Pero volvamos a “Frances Ha” y a que nunca seremos Greta Herwig (ni conoceremos a Adam Driver, desgraciadamente). A ella no le da miedo adaptar sus sueños a la realidad. Lo amargo, al fin y al cabo, no es que no se cumplan. Es no haberlo intentado. Mi sueño, el de vivir en una película de Baumbach, no se cumplirá… Pero puedo apreciar a sus personajes eternamente.


IMMACULADA PILAR

I AM NOT PAUL AVERY


 

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