Cualquier tiempo pasado fue anterior

(Leer mientras suena The Times They Are A-Changin’, de Bob Dylan)

La nostalgia es un arma de doble filo, y hiere por ambos lados. La memoria es una fotografía borrosa que desvirtúa la realidad. Sobre todo es el último recurso de quien envejece, y la necesidad imperiosa de perpetuar un modo de pensar. Ese modo de pensar está indisolublemente unido a los gustos de cada persona y a querer alargar sine die la necesidad de recibir siempre lo que una vez nos hizo soñar.

El anterior párrafo, quizá equivocado pero no falso, tiene esta conclusión: no querer alargar nuestros gustos por encima del resto. No querer que a los hijos les gusten las mismas películas que a los padres.  No se debe pedir una y otra vez la repetición de una fórmula y unas formas para una sociedad en continuo cambio.  Al fin y al cabo, para gustos se hicieron los colores, y cada gusto, color, persona y pensamiento es hijo de su tiempo.

Todo esto viene ante la demostración empírica de algo que siempre había sospechado: que la nueva entrega de Star Wars iba a llevar a neófitos al cine a verla, bajo el amparo de personas que recuerdan con nostalgia lo felices que fueron cuando la vieron por primera vez. “Por primera vez” quiere decir la trilogía original. De este modo, pude comprobar que un padre llevaba a su hijo de siete, ocho, tal vez nueve años, a ver lo que el progenitor pensaba que iba a despertar en su hijo lo mismo que despertó en él hace treinta años: que su hijo iba a sentir también el despertar de la Fuerza en sus propias carnes. Craso error: ignoro si el padre salió decepcionado de la sala, lo que sí aseguro es que las reacciones del hijo hacia la película no fueron las que el padre esperaba. Mientras el padre se retorcía y expresaba gran excitación ante la última película de J. J. Abrams, el hijo se mantenía bastante al margen de las exclamaciones de aquel que le había pagado la entrada.

'La Guerra de las Galaxias' (George Lucas, 1977)

‘La Guerra de las Galaxias’ (George Lucas, 1977)

Ese hijo de ese padre que no entendía ni quién era el personaje de Max Von Sydow ni por qué Carrie Fisher era quién era ahora ni entendía los últimos cinco minutos, es el espectador actual, o tal vez, el tipo de espectador que no está acostumbrado a ese cine. Su padre, hace treinta años y en la misma situación alucinó al ver Una nueva esperanza, se estremeció con El Imperio contraataca y agradeció el cierre de El retorno del Jedi. Pero su hijo no. A su hijo le daba igual. Si yo pude verlo, su padre lo vio. Si he sido capaz de entender la reacción del hijo, espero que su padre sea lo suficientemente inteligente para considerar que a su hijo no le va a gustar la obra creada por George Lucas y ahora extendida por Disney. Por más peluches que le compre o juegos construibles de LEGO que le regale. La realidad empieza aquí, donde termina la nostalgia del que creyó que su hijo, además de heredar sus rasgos faciales y su temperamento, iba a heredar sus gustos.

Por lo tanto, mejor dejar de vivir en el pasado y querer revivir las ilusiones de cuando éramos jóvenes. El mundo cambia y así el cine. Ya se ha escrito hasta la saciedad que El despertar de la Fuerza repite las fórmulas del Episodio IV, pero es una nueva película para los nuevos tiempos y encontrará su público lejos de sus espectadores originales. Entiendo que queramos que nuestros hijos puedan ser capaces de disfrutar de las cosas que nos hicieron disfrutar, pero que a mi padre le gustara el chocolate no supone que a mí me tenga que gustar.

'Ghostbusters' (Paul Feig, 2016)

‘Ghostbusters’ (Paul Feig, 2016)

Entonces, ¿para qué insistir en las mismas películas una y otra vez? ¿Por qué pedir una nueva entrega de Los Cazafantasmas o que John McClane tenga que vivir eternamente? En este sentido, podemos dar las gracias por que haya guionistas que entiendan que los tiempos han cambiado y los cazafantasmas sean ahora Las cazafantasmas o que de una vez por todas alguien dé un golpe de la mesa y diga que Bruce Willis ha envejecido (y mal). No hay necesidad de hacer una nueva película de Indiana Jones (con o sin Harrison Ford) más que para hacer taquilla, y no se debe reclamar no dejar morir al personaje. El personaje, el universo, el cine, tiene su tiempo, y los espectadores también. Querer reformular Los Goonies en ese pseudoremake que fue Super 8, y estar veinte años pidiendo una segunda parte. Resarcir las necesidades de falsos apasionados que solo quieren carnaza con la excusa de una nueva entrega de Alien o Blade Runner. La segunda parte de Beetlejuice, la secuela de Willow. Convertir Posesión Infernal en una serie de televisión. Amenazar con hacer Top Gun 2, aún sin Tony Scott. Remakear La cosa, Poltergeist, Pesadilla en Elm Street… No querer dejar escapar los derechos de Terminator y hacer el mayor de los ridículos.

Todos querrán un nuevo Mad Max, pero la última película de George Miller es un milagro para el cine hoy en día. Y nadie puede igualar eso. Porque su director ha hecho lo que debía: ignorar al aficionado y hacer la película que él quería, pero para unos nuevos tiempos: aborreciendo a pocos, gustando a muchos y sorprendiendo a todos. ¿Y por qué? For the times they are a-changin’.


JONATHAN SEDEÑO

EL LADRÓN DE ORQUÍDEAS


 

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