En campaña todo vale

Siempre se tiende a personalizar los males de la sociedad. A concentrar en un solo foco las atenciones de cualquier masa. A centralizar los odios de todo tipo de personas. Por eso, es fácil considerar que las malas decisiones de un grupo provienen de una sola mente, que las medidas difíciles de un gobierno tienen su origen en una sola persona, y que las promesas hacia un electorado han nacido de la boca de un solo personaje. Al fin y al cabo, la política no proviene de un solo instructor, la ideología no se origina en una única fuente. Pero hay que facilitar las cosas y focalizar los odios y las bondades hacia una sola persona, que permanezca impasible ante las críticas y flexible ante los halagos, había que crear la figura del candidato.

En plena campaña electoral, se puede comprobar que cada uno de los candidatos representa los ideales de su partido, y que son capaces de defender a capa y espada su programa. Se empeñan en debatir con oídos sordos y en ser entrevistados con las mismas preguntas directas e indirectas una y otra vez. Son, en definitiva, el escudo perfecto a los verdaderos intereses de cualquier político (y grupo político): alcanzar el poder.

'Los idus de marzo' (George Clooney, 2011)

‘Los idus de marzo’ (George Clooney, 2011)

Una figura tan sólida en su presencia como frágil en sus decisiones es la idea de candidato que representó George Clooney en Los idus de marzo. Un candidato tan guapo y apuesto, tan seguro de sí mismo y con tantas posibilidades de futuro, que obviamente guardaba demasiada basura debajo de la alfombra. La idolatría queda representada por el personaje de Ryan Gosling, que comienza idealizando a su candidato para ir comprendiendo que toda la fachada de su discurso está sostenida por secretos y mentiras. Los idus de marzo, pese a algún pasaje demasiado amarillista y un punto extremo, es al fin y al cabo, el retrato puro de cualquier campaña electoral: las dimisiones a mitad de carrera, los pactos postelectorales que en realidad son pactos previamente convenidos, la cantidad de bocas que hay que callar para que toda la verdad no cambie el camino del voto… y el marketing. Eso que ahora resulta omnipresente con el estreno de El despertar de la fuerza pero que en política es tanto o más importante que las propias palabras del candidato.

Porque si nos atenemos a lo que diga o deje de decir el candidato, el mensaje es siempre el mismo: el otro es peor. Mis promesas son éstas y tengo estos principios, aunque no dude que los cambiaré ante cualquier atisbo de inestabilidad política, económica o social. Por ello, Jeremy Larner fue capaz de ganar el Oscar de mejor guión original por ser capaz de parir una obra endiabladamente moderna para la época y atemporal para cualquier futuro que ha de venir. El candidato, la película dirigida por Michael Ritchie, fue única en su especie al ser capaz de representar a un candidato decididamente pragmático que basaba su campaña en decir la verdad y en no adornarla y que fue un caramelo interpretativo para la figura de Robert Redford. Un candidato que es absorbido por el propio sistema a base de pelear por cambiarlo, una figura tan atractiva para el electorado como incómoda para el orden establecido. La figura del candidato presidencial nunca ha sido tan bien representada como en este caso, pasando del idealismo al desengaño como lo hace cualquier candidato y lo hace, a posteriori, cualquier votante.

'El candidato' (Michael Ritchie, 1972)

‘El candidato’ (Michael Ritchie, 1972)

Pero las campañas también dan lugar a elementos sórdidos, excentricidades o  sinsentidos claramente manipulables. Un desliz se convierte en algo milimétricamente medido, un exabrupto se disfraza de honestidad, un ladrón es alguien generoso, un idealista es un ingenuo, un realista es un pesimista, un contrincante es un enemigo a muerte. Jay Roach, director nacido en la comedia (la saga Austin Powers, la saga Los padres de ella) ha sido capaz de demostrar su pulso en el cine con tintes políticos. Expuso la controversia de los votos de la elección de Bush hijo contra Al Gore en El recuento, para después ser capaz de dirigir dos películas con una misma temática pero con temas totalmente opuestos. Con The Campaign extremó con todo descacharrante las luchas de poder entre dos candidatos ridículos (como todos acaban por serlo) bajo promesas y situaciones absurdas, pero bajo un halo de realidad: Will Ferrell y Zach Galifianakis representan la verdadera esencia de las luchas políticas, la incoherencia de sus propuestas o las soluciones inocuas en debates sordos.

'The Campaign' (Jay Roach, 2012)

‘The Campaign’ (Jay Roach, 2012)

En una segunda aproximación a una carrera política fue capaz de ir más allá para analizar la figura política más absurda, incoherente, ilógica y descacharrante que ha dado el mundo en los últimos años: Sarah Palin. En Game Change, una grandiosa Julianne Moore fue capaz de interpretar a una figura política increíble en el significado más amplio de la palabra: una candidata a vicepresidenta que fue capaz de polarizar y a la vez concentrar el voto de los indecisos en una carrera electoral perdida de antemano, y eclipsar al candidato al presidente a EEUU (un John McCain derrotado, un genial Ed Harris).

Cualquier acto y cualquier mitin demuestra que en campaña todo vale. Cualquier propuesta, cualquier insulto, cualquier debate. Lo importante es conseguir el voto y la figura del candidato debe ser aquella que menos odios genere, menos críticas levante y más papeletas meta en la urna. La campaña electoral genera una sobreinformación a cualquier votante y es esencial que el candidato sea aquel que despierte mayor simpatía. Desde el drama o desde la comedia, al final la política supera a la ficción.

'Game Change' (Jay Roach, 2012)

‘Game Change’ (Jay Roach, 2012)


JONATHAN SEDEÑO

EL LADRÓN DE ORQUÍDEAS

 

 

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