Política, cine: un matrimonio con inconveniencias (III y último): el papel de la mujer

En lo relacionado con la política, el papel de la mujer en el cine suele encajar en dos papeles típicos: el de la primera dama, con un recorrido que va desde la “abnegada esposa” a la “fría esposa calculadora que en realidad maneja los hilos”; también muy socorrido en cualquier trama política el papel de la amante que se convierte en un problema de estado. Dejemos claro desde el principio que el problema para el Estado, de haberlo, es la incontinencia de su gobernante. Pero, más allá de los estereotipos, hay películas (y series) que deciden ir más allá. De manera que, o bien ponen su foco en la mujer con carrera política propia; o bien logran crear unas primeras damas que son personajes ambiguos, carismáticos o incluso aborrecibles, pero siempre con una dimensión mucho más amplia que el arquetipo tantas veces repetidos.

Uno de los ejemplos más recientes lo encontramos en Claire Underwood, encarnada por Robin Wright en la serie “House of cards” (2013). Si en ocasiones el resultado de la suma de factores es mayor que los propios factores, no nos cabe ninguna duda que la terrible brillantez de Claire aporta más que marido. Una mujer inteligente que carece de aquello que podría hacer caer el castillo de naipes sobre el que ha forjado su imperio: escrúpulos. Pero si algo tiene este personaje es que no es una malvada de manual, una arpía recalcitrante con poco que ofrecer. Si alguien es dueña de la baraja en “House of cards”, esa es Claire. También en televisión tenemos a Téa Leoni como la Secretaria de Estado que trata de cuadrar su círculo vital familiar con el profesional en “Madam Secretary” (2014).

'Madame Secretary' (2014)

‘Madame Secretary’ (2014)

En cuanto a la pantalla grande, centrémonos en un largometraje que, pese a sus defectos, plantea con claridad los problemas de una mujer que llega al más al alto nivel de la política (extrapolable, por supuesto, a cualquier ámbito y profesión). En “Candidata al poder” (Rod Lurie, 2000), Joan Allen da vida a una senadora que es designada para sustituir al recientemente fallecido vicepresidente de los Estados Unidos. Una elección personal del presidente que no gusta ni a demócratas ni a republicanos. La animadversión que genera el nombramiento, toma forma en el personaje de Gary Oldman, Sheldon Runyon, un congresista conservador que centra todos sus esfuerzos en que la senadora Hanson no llegue a ser investida vicepresidente. En la película, Oldman interpreta a un tiburón silencioso que se mueve en las aguas más oscuras de la política, al acecho de sus víctimas. Cree olisquear sangre en el pasado de Hanson: una vida sexual definida como “poco convencional”. Y, aunque es posible que al muy conservador, y muy convencional, Runyon (un rancio de tomo y lomo) todo lo que fuera más allá de la postura del misionero le resultara “poco convencional”, lo cierto es que no hay mejor manera de desprestigiar a un político que desacreditar su conducta privada, sexual normalmente, y convertirla en un asunto público, después en un escándalo, y de ahí a a dejar que su carrera muera irremediablemente. Puede que esta pieza de ficción, que se parece sospechosamente a historias que vemos a menudo en la prensa, se nos antoje algo que “solo pasa en América, porque son unos puritanos”. Nada más lejos de la realidad: el electorado en general afea más una conducta privada diferente, que el saqueo de las arcas públicas. Curioso.

'Candidata al poder' (2000)

‘Candidata al poder’ (Rod Lurie, 2000)

Pero volviendo a la película, no puede decirse que la táctica utilizada por Runyon para quitar políticamente de en medio a Hanson sea diferente por el hecho de que se trata de una mujer. Lo peligroso, lo que da miedo, es que se le intenta aplicar ese correctivo casi exclusivamente por ser mujer, y por defender la capacidad de decisión de la mujer. Se cuestiona su vida privada, no por un escándalo del presente, sino por su conducta en la adolescencia y en su época universitaria, extendiendo una sombra desde esos días despreocupados a su carrera política actual. Cuando aún no ha arreciado la tormenta, pero está ya se anuncia en el horizonte político de Hanson, esta afirma que “si yo fuera un hombre, a nadie le importaría cuantas parejas sexuales hubiera tenido en la facultad. Y si eso no es relevante para un hombre, tampoco lo es para una mujer.” A partir de ese momento, Runyon y el comité que ha de confirmar su nombramiento, le intentarán dejar muy claro cuan equivocada está. Ella, firme en su postura de no pasar al ataque, de evitar que colisionen la esfera privada y la pública de su vida, logrará prevalecer. Por supuesto, la ingenuidad del guion facilita un final feliz. Un final en el que la verdad y los principios se imponen a las mentidas de los políticos, a los manejos de los medios de comunicación.

¿Es todo esto extensible a nuestra realidad? Sí. ¿Existen dobles raseros a la hora de evaluar profesionalmente a las personas dependiendo de su sexo? Sí, sin duda. ¿Se afean conductas a las mujeres que se aplauden a los hombres? Juzgad por vosotros mismos. ¿Se solucionan este, y otros muchos problemas, dependiendo de la papeleta que introducimos en una urna? No inmediatamente, pero sí es un principio, y por eso somos todos responsables.

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IMMACULADA PILAR COLOM

I AM NOT PAUL AVERY

 

 

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