Nuestros problemas con los remakes

En los últimos días la comunidad cinéfila (si es que entre tanta heterogeneidad de individuos existe un colectivo que se pueda englobar bajo este concepto), se ha visto sacudida por una noticia. Tal agitación hallaba su causa en que, al parecer, “Memento”, la reputada película de Christopher Nolan, iba a ser objeto de un remake. Escribo “al parecer”, porque tras una mínima investigación se puede ver que dicho remake no es más que un posible proyecto aún en fases muy tempranas de gestación: para nada se trata de algo cierto y cerrado. La capacidad de la gente para alarmarse y extender a la velocidad de la pólvora noticias distorsionadas utilizando las redes sociales como si de un teléfono escacharrado se tratase es cada vez más preocupante, y daría para derramar ríos de tinta. No trata, sin embargo, esta columna de este mal cada vez más frecuente en nuestros tiempos.

Se acabe produciendo o no, el posible remake de “Memento” ha sido causa de un gran rechazo entre la mayoría de sus fans. No creo que sea éste un caso particular por tratarse dicha película de una obra de culto, filmada además por un director con amplias filas de defensores acérrimos de su filmografía. No, el desdén a los remakes es un tema que viene de lejos y en varios casos, se trate de la película que se trate. Ahora bien, ¿qué es lo que provoca este desprecio?

Se puede afirmar con tranquilidad que hay remakes que rayan a gran nivel, muchos se convierten también en clásicos u obra de culto, y algunos incluso superan a sus originales. Hay tanto ejemplos antiguos como ejemplos recientes: “Por un puñado de dólares”, “Déjame entrar”, “La mosca”, “Harakiri”, “La invasión de los ultracuerpos”… Hay grandes remakes para dar y tomar. Hay hasta remakes que se han elevado con el Oscar a la Mejor película, como es el caso de “The Departed” (“Infiltrados”). Maldita sea, si hasta Christopher Nolan tiene en su haber un remake: “Insomnio”.

'Fargo' (Joel y Etan Coen, 1996)

‘Fargo’ (Joel y Etan Coen, 1996)

Los remakes también pueden introducir matices más o menos notables con respecto a sus originales que ofrecen nuevas lecturas en éstos o descubren aspectos que antes no éramos capaces de ver. En los mejores casos se establecen puentes bidireccionales que enriquecen ambas películas fomentando el dialogo entre ellas en una relación simbiótica de la que las dos salen beneficiadas. Esto mismo proceso ha llegado a dar el salto entre distintos medios audiovisuales, siendo el caso más notable ahora mismo el de la película “Fargo” y la serie homónima de FX, pese a no tratarse de un remake en sentido estricto, sino más bien en una obra inspirada en la joya de los hermanos Coen. Mientras uno ve la serie con gran gozo, más valora a su vez la película de la que emana.

Por último, en el peor de los casos posibles, un mal remake nuca desvirtúa a su original, sino que lo hace brillar con más fuerza, dando cuenta de su singularidad, de la dificultad de su gesta.

El odio hacia los remakes no tiene nada que ver con la calidad de los mismos. Más bien es un odio que hunde sus raíces en el miedo, el miedo a que cojan lo que es nuestro y se nos escape de las manos. Porque, a veces, nuestro amor por el cine nos ciega y se torna en toxico. Creemos tener un vínculo especial con ciertas películas, un vínculo que solo tenemos nosotros y nadie más: “Tú en realidad no entiendes lo que quiere decir la obra” o “Te gusta la película pero por motivos equivocados” son frases que, lamentablemente, escuchamos demasiado a menudo.

Las películas, más allá de sus realizadores, no son de nadie. Y, me aventuraría a decir que, una vez terminadas, se escapan hasta de sus propios autores. Como si cobrasen vida propia.


ALFREDO MARTÍNEZ

MEDITACIONES EN UNA EMERGENCIA

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