Cuando todo cambia

Supongo que hay momentos en la vida en la que todo, o al menos una parte importante de ella, cambia. Digo supongo porque resultaría redicho e incluso pedante que intentase hablar aquí de cosas sobre las que aún no tengo la suficiente perspectiva. O quizás sí. Lo que tengo claro es que, muchas veces, es el cine el que te acaba por dotar de cierta perspectiva, aunque sea por medio de la comparación (y la idealización, todo sea dicho) de experiencias ajenas.

Creo que la adolescencia es uno de esos momentos decisivos. Lo creo porque así lo dicen y, un poco, porque así lo siento mientras estoy inmerso en ella. El cine también lo cree, no hace falta redundar en esa idea, y lo plasma a menudo en pantalla con esos coming of age que, no puedo engañar a nadie, me encantan. Sin embargo tengo la sensación de que esas historias de autodescubrimiento y maduración no hablan si no de la construcción de una mirada propia. De empezar, de verdad, a ver. Y ya, desde la observación, comenzar a comprender, a vivir y por supuesto también a sentir.

Esta historia, lo sé, se ha contado muchas veces – quizás algunos penséis que demasiadas – pero lo cierto es que los ángulos y enfoques desde los que afrontar un proceso así son inabarcables. Sin embargo, creo que nadie ha hablado tan bien de las inseguridades y miedos del inicio de la pubertad, del sentirte solo aun cuando “físicamente” no lo estás, como Spike Jonze en la maestra Dónde viven los monstruos, un cuento mucho más trascendente de lo que algunos logran ver. Y en esa línea, la reciente Evolution de Lucile Hadzihalilovic también proponía una reflexión fantástica sobre la primera toma de conciencia de lo efímero, de la muerte. El Lost River de Ryan Gosling funcionaba no solo por su hipnótico uso del color, el sonido y, en resumen, los estímulos y recursos audiovisuales sino también por construir un relato sincero sobre la presión que supone tomar el relevo de la generación anterior, aceptar que los roles padres/hijos acaban por invertirse en un momento dado, indeterminado. Estas tres películas son poderosas en su observación, precisamente, porque parecen ensimismadas buscando otros propósitos, tiñendo sus objetivos de neón y ficción, ajenas a una realidad de la que, sin embargo, hablan con un conocimiento abrumador.

'A escondidas' (2014, Mikel Rueda)

‘A escondidas’ (2014, Mikel Rueda)

Cuando se habla de adolescencia rápidamente uno se remite de forma más o menos directa al despertar sexual porque definitivamente, en esto de aprender a ver tu mundo, no es cuestión banal. Del cine reciente, me gusta especialmente como habla de esto A escondidas de Mikel Rueda, sin necesidad de mostrar apenas ningún contacto físico, pero calando hondo con una narración sugerente y un entorno cercano, empático, a lo que constribuyen sus dos interpretaciones protagonistas. Indudablemente grabado en la mente se te queda el despertar que narra La vida de Adéle, ese apasionado y majestuoso viaje donde casi puedes sentir el sudor, las lágrimas, las taquicardias. Y aunque no se circunscribe al ámbito sexual, mi mente tiende a asociar en esta categoría Los 400 golpes, icono de la nouvelle vague de François Truffaut y absoluta obra maestra bicolor, porque quizás la ebullición hormonal en este sentido no exija tener un/a partenaire.

Luego también me gustan las visiones que afrontan la adolescencia desde la inocencia, empañándose de cierta nostalgia por el presente y no por el pasado. Super 8 de J.J. Abrams es deliciosa y sincera, además de profundamente cinéfila y metarreferencial, y el cine basado en superventas adolescentes como Las ventajas de ser un marginado de Stephen Chbosky o Ciudades de papel de Jake Schreier esconde bajo su envoltorio de impoluto idealismo juvenil e historias de amor imposible, un sentimiento amargo y confuso que es totalmente plausible. Solo hay que rascar un poco en la superficie para saber que ambas hablan de la adolescencia como la montaña rusa que es – con sus subidas incomprensibles y sus incomprensibles bajadas – pero empaquetada en un formato de noventa minutos. La última en unirse al grupo ha sido la extraordinaria Yo, él y Raquel, donde el cine y la amistad vuelven a intervenir de forma decisiva.

'Los 400 golpes' (1959, François Truffaut)

‘Los 400 golpes’ (1959, François Truffaut)

La lista, como dije, se puede extender indefinidamente: El viaje de Chihiro probablemente sea el coming of age más triste de los mencionados, a pesar de ser también el que más conscientemente se separa de la realidad terrenal. Tanto Mommy de Dolan como Spring Breakers de Korine, cada una en su terreno, funcionan como explosivos que aturden, desconciertan y aterrorizan con sus miradas desbocadas, físicas y rotundamente pasionales de lo que es crecer, retener y dejar (o huir, como en el filme de Truffaut antes mencionado), y (re)encontrarse. No obstante, habría que delimitar qué significa coming of age en estos terrenos: ¿acaso en Her, el personaje de Theodore no descubre el amor, el sexo e incluso un mundo nuevo con la inocencia, la inseguridad y la excitación de un adolescente?

Y hay más: la naturalidad que fluye en Boyhood, la artificialidad buscada y ensamblada a la perfección de God help the girl, la templanza y emoción adulta de la animada Cómo entrenar a tu dragón 2 o, y me es inevitable mencionarlo, el estallido de alegría naïf que supone para toda una generación un producto de composición tan facilona pero eficaz como es la saga High School Musical. Al final, de entre todas esas visiones, no podemos decir que ninguna sea más cierta que otra. La adolescencia acaba siendo todo eso: aprender a mirar por ti solo, sin verdades absolutas.


JESÚS CHOYA ZATARAÍN

THE PAPERBOY

 

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