La importancia de las hadas

James Mathew Barrie nos enseñó que de la primera carcajada del primer niño nacieron las hadas y que por cada niño y niña había un hada. Pero también nos enseñó que cuando dejábamos de creer en ellas, cada vez que un niño decía que dejaba de creer en las hadas una de estas caía irremediablemente muerta. Y, sinceramente, habéis conseguido que no quede ni una en todo el mundo.

Es inevitable. Cada año hay una película acusada de “panfletaria”, “de filosofía barata”, “mística new age”; a menudo también relacionados con “naif”, “infantil” y“blanda”; y otras tantas veces junto a “manipuladora”, la gran estrella invitada. Y cuando acudimos a las películas así definidas vemos un cine que acude a las emociones más primarias, relacionado normalmente con las bondades del propio ser humano y que apela a un sentimiento ciertamente primitivo por parte de los espectadores, o al menos demodé, como es la fe ciega en el espíritu humano.

Son muchos los casos y demasiado anodinas las reacciones ante productos sumamente inocentes, en aquel sentido que se refiere al estado del alma sin ningún tipo de malicia. Aún es doloroso ver como un público adormecido ante años de secuelas de “Piratas del Caribe: la maldición de la Perla Negra” (Gore Verbinski, 2003) o “Transformers” (Michael Bay, 2007), permanecía impasible ante el espíritu de aventura y la capacidad de maravilla más honesta que poseía “John Carter” (Andrew Stanton, 2012). Probablemente la película llegó cuatro décadas tarde, que fuera demasiado extensa y que sus fortalezas ya habían sido explotadas en sagas de mayor éxito, véase “La Guerra de las Galaxias”, pero también debe haber parte de culpa en nuestra falta de capacidad de maravillarnos ante lo desconocido.

'Lo imposible' (2012, J.A. Bayona)

‘Lo imposible’ (2012, J.A. Bayona)

Igual de duras fueron las reacciones ante la española “Lo imposible” (Juan Antonio Bayona, 2012) que a pesar de un uso desproporcionado de la, por otra parte, inmejorable música de Fernando Velázquez; nos sumergía en un torrente de emoción, que insistía en la necesaria unión entre el espíritu de supervivencia y el vínculo familiar. En última instancia la película de J.A. Bayona devolvía al ser humano a su estado iniciático, vinculando su supervivencia con su capacidad de ser un ser social y, en definitiva, con su capacidad de amar. Es difícil creer en una supervivencia en solitario.

El ser social nos define y nos marca, así como define nuestra historia, nuestro pasado y, en definitiva, nuestro futuro. Y de ello nos hablaba la infravalorada “El atlas de las nubes” (Tom Tykwer, Andy Wachowski, Lana Wachowski, 2012), de los necesarios vínculos personales que no solo definen quienes somos sino que definen también a quienes nos rodean. Es tan cínico creer que nuestras acciones no tienen consecuencias sobre las demás como pueril puede resultar la película. También es cierto que eran seis películas en una y que el hecho de que todos los actores interpretaran hasta seis papeles era un riesgo quizá innecesario, pero no por ello menos valiente y lleno de un lirismo inabarcable.

'El atlas de las nubes' (2012, Tom Wyker, Lana Wachowski y Andy Wachowski)

‘El atlas de las nubes’ (2012, Tom Wyker, Lana Wachowski y Andy Wachowski)

Y de lirismo y magia nos rodeaba el cuento, casi milagroso, que supone “Bestias del sur salvaje” (Ben Zeitlin, 2012) cuya pequeña protagonista nos guía a través de la belleza de lo grotesco y nos descubre la fantasía de la realidad. Los ojos y las palabras de una niña nos descubren un mundo que es sucio y mágico, que es vida y muerte, que es pasión y maldad. La pequeña Hushpuppy nos descubría la violencia de un mundo temible, un mundo que violenta a los seres más inocentes incluso antes de que tengan conciencia. Un mundo que solo puede ser explicado a través de los cuentos y de una mirada crédula que nos permita ver aquello que no existe y entender aquello que no sabemos explicar.

En el año 2012 matamos a las hadas. Las hicimos desaparecer por completo. Las aniquilamos. En el 2012 la esperanza, el amor, la ilusión, la fantasía, la aventura, la fe, la pasión… se desconectaron. De alguna forma apagamos el interruptor que nos hacía reaccionar ante emociones tan positivas; de alguna forma conseguimos matar al niño que llevábamos dentro. De ahí en adelante fuimos los descreídos, perdimos en cierta manera nuestra capacidad de asombrarnos y los efectos se notan hoy en día. “Gravity” (Alfonso Cuarón,2013) con su asombroso espíritu de aventura y supervivencia; “Interstellar” (Christopher Nolan, 2014) con una declaración de amor al propio amor; o “Tomorrowland” (Brad Bird,2015) con su profunda fe e infinita esperanza en el ser humano; fueron también víctimas en parte de este síndrome que nos invade. A lo mejor, como pequeña recomendación, deberíamos aplaudir más, resucitar a todas las hadas que hemos eliminado y volver a creer la magia. Las hadas importan, no porque existan, sino por la excitante posibilidad de puedan existir.


LUIS FERNÁNDEZ FERREIRA

MY DEAR SIXSMITH…

 

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