La grande bellezza

Han pasado ya casi cuatro años desde que escribí mi primer texto cinematográfico medianamente serio, allá en un rincón de la blogosfera hoy en día desterrado al olvido. Ahora, mientras doy comienzo a este nuevo e ilusionante proyecto en forma de columna, me siento obligado a recordar mis orígenes. “¿Sabe por qué como raíces? Porque las raíces son importantes” le decía Santa Sor María a Jep Gambardella en “La Gran Belleza”.

Lo cierto es que me está costando dar forma a esta primera publicación. Al igual que Jep ando falto de inspiración. A veces el cine y todo ese gigantesco microcosmos que lo rodea (a ambos lados de la pantalla) se puede ver envuelto un poco a la frivolidad de la alta sociedad romana retratada en la película de Sorrentino. Críticos con complejo de portero de discoteca que rechazan todas las películas que se pongan por su camino para autoafirmarse, blogueros enfrascados en absurdas peleas en la red social de turno para ver quien mea más lejos, trailers de “Star Wars” que despiertan más interés entre el público que la filmografía completa de Paul Thomas Anderson…

A veces se nos pude olvidar por qué estábamos aquí en un primer momento. Estábamos aquí por la belleza.

'La gran belleza' (2013, Paolo Sorrentino)

‘La gran belleza’ (2013, Paolo Sorrentino)

Sumergidos en la vorágine de la cinefilia a veces nos dejamos arrastrar por la corriente y lo olvidamos. Uno casi ve películas como Homer toma rosquillas: ni siquiera come como un cerdo, engulle como un pato. Ver cine se torna por momentos hasta en competición. El afán de consumo propio de la sociedad moderna ha llegado al Séptimo Arte. Se ven películas sin discreción, de seguido, sin tiempo para paladear cada obra. Y olvidamos por qué lo hacíamos.

A veces, cuanto más miras, menos ves. A veces conviene detenerse unos días, unas semanas o unos meses. Tomar aire, recargar las pilas, darse un respiro, hacerse a la mar… Sólo por el puro goce de volver a las salas tiempo después. Volver a al viejo ritual con una mirada renovada, más inocente, ajena a todas las interferencias de alrededor. Volverse a sentir como un niño frente a dios. Acomodarse y recordar el tacto de la butaca, disfrutar del conocido olor a palomitas, y enfrentarse a la película dejando a un lado las distracciones externas que a veces suponen los teasers, los trailers e incluso las críticas. Como un completo desconocido. Apartar el ruido. La película como una unidad con vida propia: no hay nada antes, ni nada después. El cine es una cosa bonita, feliz y agradable ¿Por qué no habríamos de vivirla con intensidad?

Quizá de algo así iba “La Gran Belleza”. Por tanto, que esta columna de comienzo. En el fondo, es sólo un truco. Sì, è solo un trucco.


ALFREDO MARTÍNEZ

MEDITACIONES EN UNA EMERGENCIA

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